
Por: Dr. Obispo. Ynocencio Vargas Encarnación
Autor del libro el cristianismo vs el Feminismo Radical
En los últimos años, las expresiones violencia de género y violencia intrafamiliar han adquirido una presencia importante en el debate social. Con frecuencia se utilizan como si fueran sinónimos, pero conceptualmente no significan exactamente lo mismo. Comprender sus diferencias es fundamental para identificar adecuadamente las situaciones de violencia, prevenirlas y ofrecer respuestas responsables a quienes las experimentan.
Desde una perspectiva cristiana, esta conversación adquiere una dimensión todavía más profunda. La violencia no debe analizarse únicamente como un problema jurídico o social, sino también como una realidad que afecta la dignidad humana, las relaciones familiares y el propósito de Dios para la convivencia.
La Biblia comienza presentando al ser humano como criatura de Dios: “Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27). Esta afirmación establece una base fundamental: toda persona posee dignidad y valor. Por tanto, ninguna relación familiar, matrimonial o social debe convertirse en un espacio donde se justifique el abuso, la humillación o el maltrato.
La violencia de género hace referencia a la violencia relacionada con el género, particularmente cuando existen patrones de desigualdad, discriminación o relaciones de poder vinculadas con las expectativas sociales sobre hombres y mujeres.
Puede manifestarse mediante violencia física, psicológica, sexual, económica, patrimonial, amenazas, control, intimidación, acoso y otras conductas. Su análisis no está limitado al hogar: dependiendo del contexto, puede producirse en relaciones de pareja, lugares de trabajo, instituciones educativas, espacios públicos y otros ámbitos.
La violencia intrafamiliar, en cambio, pone el énfasis en la relación familiar o de convivencia entre las personas involucradas. Puede presentarse entre esposos, parejas, padres e hijos, hermanos, familiares o personas que comparten un hogar, según las definiciones establecidas por cada legislación.
Una mujer puede ser víctima de violencia de género dentro de su matrimonio y, al mismo tiempo, estar experimentando violencia intrafamiliar. Pero también puede existir violencia intrafamiliar que no necesariamente pueda clasificarse, solamente con los datos disponibles, como violencia de género.
Por ejemplo, un hijo que agrede físicamente a su padre por un conflicto relacionado con una herencia está protagonizando una situación que puede constituir violencia intrafamiliar. Sin embargo, sería necesario contar con información adicional para determinar si existe una dimensión específica relacionada con el género.
De igual manera, una persona puede experimentar violencia relacionada con el género fuera de su familia. En una frase resume la diferencia: No toda violencia intrafamiliar es violencia de género, y no toda violencia de género ocurre dentro de la familia.
Existe, sin embargo, una zona donde ambas realidades pueden coincidir.
Imaginemos una relación matrimonial en la que uno de los miembros controla constantemente el dinero, impide que el otro trabaje, limita sus relaciones sociales, utiliza amenazas, humillaciones y finalmente recurre a la violencia física.
Estamos ante una situación que puede presentar simultáneamente una dimensión intrafamiliar y una dimensión relacionada con el género.
El elemento familiar está determinado por la relación entre las personas. La dimensión de género requiere analizar las circunstancias, los patrones de poder y las ideas o expectativas relacionadas con el género que puedan estar presentes.
Esta distinción es importante porque evita dos errores. El primero consiste en reducir toda violencia contra una mujer a un problema familiar sin analizar otros factores relevantes. El segundo consiste en etiquetar automáticamente cualquier conflicto familiar como violencia de género sin estudiar las circunstancias concretas. La responsabilidad social y pastoral exige escuchar antes de concluir.
La violencia no siempre deja heridas visibles. Uno de los grandes desafíos para identificar la violencia consiste en reconocer que no siempre produce una lesión física. Una persona puede vivir durante años bajo amenazas, humillaciones, aislamiento, control económico o manipulación emocional sin que quienes la rodean perciban lo que realmente está sucediendo.
Existe, por tanto, una diferencia entre conflicto y violencia. En una familia pueden existir desacuerdos, discusiones y momentos de tensión. Las diferencias no significan automáticamente que exista violencia.
El problema aparece cuando determinadas conductas buscan intimidar, controlar, someter, dañar o destruir al otro.
Una discusión entre dos personas puede terminar en un desacuerdo. Una relación marcada por amenazas, miedo y control permanente requiere una evaluación diferente. Esta distinción es particularmente importante para quienes trabajan en consejería pastoral.
El consejero no debe minimizar una situación simplemente porque “todos los matrimonios tienen problemas”. Tampoco debe interpretar automáticamente cualquier conflicto como abuso. Se necesita escuchar la historia completa.
La perspectiva bíblica: dignidad antes que dominación. La Biblia presenta al hombre y a la mujer como seres creados a imagen de Dios. Génesis 1:27 afirma: “Varón y hembra los creó”. La dignidad humana precede a cualquier posición social. Esto tiene profundas implicaciones para la familia cristiana.
La autoridad no puede convertirse en una autorización para maltratar.
El liderazgo no puede convertirse en dominación. La disciplina no puede convertirse en humillación. el matrimonio no puede utilizarse como justificación para la violencia. El modelo cristiano de autoridad encuentra una expresión poderosa en las palabras de Pablo: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.”
Efesios 5:25 El modelo presentado es Cristo.
Cristo no utilizó su autoridad para destruir a quienes estaban bajo su cuidado. Su liderazgo estuvo acompañado por servicio, sacrificio, compasión y entrega.
Por ello, cualquier interpretación de la autoridad familiar que legitime el miedo, la violencia o la humillación necesita ser revisada cuidadosamente a la luz del mensaje completo de las Escrituras.
¿Qué ocurre cuando la religión se utiliza para justificar la violencia?
Este es uno de los asuntos más delicados. En algunos contextos, determinadas personas han utilizado textos bíblicos fuera de su contexto para exigir silencio o sometimiento a una persona que está sufriendo violencia.
Frases como “tienes que aguantar porque eres cristiano”, “debes perdonar y regresar a casa” o “Dios quiere que mantengas tu matrimonio a cualquier precio” pueden convertirse en instrumentos de presión cuando se utilizan sin considerar la seguridad y la realidad de la persona afectada.
El perdón cristiano es una enseñanza fundamental, pero perdonar no significa aprobar el abuso. La reconciliación tampoco puede confundirse con la obligación de regresar inmediatamente a una situación peligrosa. El arrepentimiento bíblico implica transformación.
Zaqueo, por ejemplo, no solamente manifestó arrepentimiento con palabras; también tomó decisiones concretas para reparar el daño (Lucas 19:1-10).
Esto nos enseña un principio importante: cuando una persona ha causado daño, la responsabilidad no consiste simplemente en decir “perdóname”. Debe existir reconocimiento, cambio de conducta y disposición a asumir las consecuencias.
La familia debería ser uno de los lugares donde una persona pueda sentirse protegida, escuchada y valorada. Sin embargo, no debemos idealizar la familia hasta el punto de negar sus problemas. La Biblia misma presenta familias con conflictos profundos. Caín y Abel representan uno de los primeros ejemplos de violencia entre hermanos (Génesis 4). La historia bíblica también registra rivalidades, engaños, abusos de poder y conflictos familiares.
La Escritura no oculta la realidad humana. Precisamente, la Iglesia tampoco debería esconder las situaciones de violencia que ocurren dentro de las familias. Una comunidad cristiana saludable debe ser capaz de decir: “Esto está mal.” Pero también debe preguntar: “¿Cómo podemos ayudar?”
La Iglesia tiene una oportunidad extraordinaria para participar en la prevención de la violencia. La predicación puede educar. La escuela bíblica puede formar. La consejería puede orientar. Los ministerios de matrimonios pueden prevenir. Los ministerios juveniles pueden enseñar relaciones saludables. Los líderes pueden crear espacios donde las personas puedan hablar sin miedo a ser juzgadas.
Pero existe algo fundamental: la Iglesia debe saber cuándo necesita trabajar junto a profesionales especializados. La consejería pastoral es valiosa, pero no reemplaza necesariamente la intervención médica, psicológica, jurídica o de protección que determinadas situaciones requieren.
Cuando existe peligro inmediato, violencia sexual, amenazas graves, abuso infantil o riesgo para la vida, la prioridad debe ser la seguridad y la búsqueda de ayuda adecuada. El pastor no está llamado a ser abogado, psicólogo, investigador policial y consejero simultáneamente. Su responsabilidad consiste también en reconocer los límites de su función y establecer alianzas responsables.
Romper el silencio sin destruir la familia. Existe una falsa oposición entre proteger a la familia y denunciar la violencia. En realidad, enfrentar la violencia puede ser una manera de proteger a la familia. Una familia no se fortalece ocultando el abuso. Una familia se fortalece cuando sus miembros pueden vivir sin miedo. Una familia cristiana no se construye alrededor del silencio, sino alrededor de la verdad y el amor. Efesios 4:15 habla de “seguir la verdad en amor”. La verdad sin amor puede convertirse en crueldad.
Pero el amor sin verdad puede convertirse en encubrimiento. La Iglesia necesita ambas cosas: verdad y amor.
Hombres y mujeres frente a esta responsabilidad. La prevención de la violencia no debe presentarse exclusivamente como una responsabilidad de las mujeres. Los hombres tienen un papel fundamental. Necesitamos enseñar a los niños que expresar emociones no los hace débiles. Necesitamos enseñar a los adolescentes que los celos no son una prueba de amor. Necesitamos enseñar a los jóvenes que controlar el teléfono, las amistades, la ropa o los movimientos de la pareja no constituye una expresión saludable de amor.
También necesitamos enseñar a las mujeres y a los hombres a establecer límites, reconocer señales de abuso y buscar ayuda cuando sea necesario.
La masculinidad cristiana no debe construirse alrededor de la violencia.
El hombre bíblicamente maduro debe ser capaz de ejercer dominio propio, amar, servir, proteger y asumir responsabilidad.
Gálatas 5:22-23 presenta el dominio propio como parte del fruto del Espíritu.
Esto significa que la espiritualidad cristiana tiene consecuencias prácticas en la manera en que tratamos a los demás.
Una Iglesia que escucha. Quizás una de las tareas más importantes de la Iglesia sea aprender a escuchar. Escuchar sin apresurarse a juzgar. Escuchar sin culpar a la víctima. Escuchar sin proteger automáticamente al agresor.
Escuchar buscando comprender la situación. Proverbios 18:13 advierte sobre responder antes de escuchar: “Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio”. La consejería pastoral necesita precisamente esa actitud.
Antes de aconsejar, hay que escuchar. Antes de interpretar, hay que conocer.
Antes de recomendar reconciliación, hay que evaluar la seguridad. Antes de hablar de restauración, hay que establecer la verdad.
proteger la dignidad es también una expresión de fe. La violencia de género y la violencia intrafamiliar representan realidades complejas que necesitan ser comprendidas con precisión. Una puede estar relacionada con las desigualdades, los patrones de poder y las construcciones sociales asociadas al género; la otra pone el énfasis en la relación familiar o de convivencia. En determinadas situaciones ambas pueden coexistir.




