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Ser luz en medio de la oscuridad: el desafío de una fe que se hace visible

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JOSSELIN RIVERA

Vivimos en una sociedad donde resulta fácil reconocer la oscuridad. La corrupción, la violencia, la mentira, la injusticia, el individualismo y la indiferencia ante el sufrimiento forman parte de nuestra realidad cotidiana. Frente a este panorama, los cristianos podemos sentirnos tentados a convertirnos solamente en críticos de nuestro tiempo, señalando constantemente lo que está mal. Sin embargo, Jesús propone una respuesta diferente y mucho más exigente: “Ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5:14).

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Estas palabras fueron pronunciadas durante el Sermón del Monte, en un contexto marcado por la dominación del Imperio romano, fuertes cargas económicas, desigualdades sociales, tensiones políticas y divisiones religiosas. Muchos esperaban un Mesías político que derrotara a Roma por la fuerza. No obstante, Jesús presentó un camino distinto: amar al enemigo, construir paz y transformar la realidad desde los valores del Reino de Dios.

Además, resulta significativo que Jesús pronunciara estas palabras en Galilea, lejos de los grandes centros de poder. Sus principales oyentes eran personas comunes: pescadores, agricultores, artesanos y familias que conocían la pobreza, la exclusión y la frustración. Precisamente a ellos Jesús les dice que son “la luz del mundo”. En una sociedad marcada por la opresión, esta afirmación les devolvía dignidad, propósito y responsabilidad.

Ahora bien, Mateo 5:14-16 debe relacionarse con Juan 8:12, donde Jesús declara: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas”. No existe contradicción entre ambos textos. Jesús es la fuente de la luz y sus seguidores están llamados a reflejarla. La luz no nace de nuestra superioridad moral, sino de nuestra relación con Cristo. Por eso, quien sigue a Jesús debe permitir que su carácter, su amor, su justicia y su misericordia sean visibles a través de su manera de vivir.

En este sentido, Jesús es la fuente, mientras que sus discípulos tenemos la responsabilidad de representar visiblemente los valores de su Reino mediante su comportamiento, su bondad y sus acciones. De ahí que Jesús utilice dos imágenes sencillas pero poderosas: una ciudad colocada sobre un monte que no puede esconderse y una lámpara que nadie enciende para colocarla debajo de un recipiente. La luz existe para alumbrar.

Por esta razón, Jesús añade: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El énfasis está en algo fundamental: que las personas puedan ver nuestras buenas obras. La sociedad necesita escuchar el mensaje cristiano, pero también necesita verlo encarnado. Nuestra fe debe hacerse visible cuando administramos recursos, ejercemos autoridad, trabajamos, educamos a nuestros hijos, tratamos al diferente, enfrentamos conflictos o respondemos al sufrimiento de otras personas.

Por consiguiente, ser luz significa convertir nuestra fe en acciones concretas de bondad, justicia, honestidad, misericordia y amor al prójimo.  Dios desea que sus seguidores seamos luces que orienten a quienes atraviesan momentos de oscuridad y que, por medio de sus vidas, indiquen el camino hacia Cristo.

Sin embargo, frente a la corrupción, la violencia y el pecado, existe el riesgo de que los cristianos dediquemos más tiempo a condenar a quienes viven en oscuridad que a preguntarnos si realmente estamos alumbrando. Una lámpara no discute con la oscuridad: simplemente brilla. Esto no significa ignorar el pecado ni guardar silencio frente a la injusticia. Significa comprender que nuestra manera más poderosa de confrontar la oscuridad es mostrar, mediante nuestra conducta, una forma diferente de vivir.

Así, ante la corrupción, nuestra luz debe ser la integridad; ante la mentira, la verdad; ante la violencia, la construcción de paz; ante el odio, el amor; ante la indiferencia, la solidaridad; ante la injusticia, la defensa de la dignidad humana; y ante el egoísmo, el servicio. De esta manera, la pregunta cristiana no puede ser solamente: ¿cuánta oscuridad existe en nuestra sociedad? También debemos preguntarnos: ¿dónde está la luz que Jesús dijo que seríamos?

Por tanto, si queremos menos corrupción, necesitamos personas incorruptibles. Si queremos menos violencia, necesitamos constructores de paz. Si queremos familias diferentes, debemos practicar el amor, el respeto y el perdón. Si queremos comunidades más solidarias, debemos acercarnos al necesitado. Jesús no nos llamó simplemente a describir la oscuridad. Nos llamó a iluminarla.

Finalmente, cuando los cristianos vivimos coherentemente el Evangelio y convertimos nuestra fe en buenas obras, nuestras familias, instituciones, iglesias y comunidades pueden comenzar a transformarse. Por difícil que parezca nuestra realidad, no estamos condenados a repetir indefinidamente la corrupción, la violencia y la indiferencia. Si permitimos que Jesús, la Luz del mundo, ilumine nuestras vidas y hacemos visible esa luz mediante nuestras acciones, podemos comenzar a construir otra realidad.

Tener una sociedad diferente es posible. Y esa transformación puede comenzar cuando cada uno decide convertirse, allí donde Dios lo ha colocado, en una luz que no se esconde.