
JOVANNY RODRIGUEZ
En Mateo 25:14-30, Jesús relata la parábola de un hombre que, antes de ausentarse, entregó sus bienes a tres de sus criados: a uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, “a cada uno conforme a su capacidad”.
Los dos primeros trabajaron con lo recibido y lograron multiplicarlo, mientras que el tercero, dominado por el miedo, decidió enterrarlo.
Más allá de su dimensión espiritual, esta parábola contiene una enseñanza de enorme actualidad para la vida económica y empresarial: las personas no siempre pueden decidir cuánto reciben al comenzar, pero sí pueden determinar qué hacen con aquello que tienen a su disposición.
Existe una diferencia entre la pobreza económica y la llamada mentalidad de pobreza. La primera puede estar relacionada con circunstancias sociales, familiares y económicas que escapan al control individual; la segunda se manifiesta cuando una persona termina convencida de que, por tener poco, no puede avanzar.
Esa forma de pensar convierte la falta de recursos en una justificación permanente para la inacción.
El pequeño capital parece insuficiente, una habilidad se considera poco valiosa, una idea se descarta antes de ser desarrollada y una oportunidad se pierde porque nunca parece ser el momento adecuado para comenzar.
En este contexto adquiere especial relevancia una de las frases de la parábola: “Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”.
Más que una simple referencia a la acumulación de riqueza, puede interpretarse como una descripción de una dinámica que también se observa en la economía y en el emprendimiento: aquello que se administra correctamente, se desarrolla y se pone a producir tiene mayores posibilidades de crecer.
El conocimiento genera experiencia; la experiencia permite tomar mejores decisiones; una pequeña inversión puede convertirse en una mayor; y un cliente satisfecho puede abrir las puertas a muchos otros.
Una de las mayores dificultades de quienes comienzan un emprendimiento consiste precisamente en concentrarse demasiado en lo que falta y no suficientemente en lo que ya existe.
Hay personas con poco capital, pero con habilidades extraordinarias; otras poseen conocimientos que podrían convertirse en servicios; algunas cuentan con herramientas, contactos, experiencia o espacios que nunca han considerado como recursos económicos.
La pregunta más productiva ante una situación de escasez no siempre es cuánto dinero hace falta, sino qué recursos están disponibles y cómo pueden convertirse en valor.
Muchas iniciativas empresariales nacen precisamente cuando alguien encuentra una forma diferente de utilizar algo que ya posee.
También resulta perjudicial la comparación permanente con quienes comenzaron en condiciones diferentes.
Un negocio consolidado puede mostrar oficinas, vehículos, empleados, tecnología y grandes volúmenes de ventas, pero detrás de esa realidad hubo necesariamente una etapa inicial marcada por incertidumbre, limitaciones y pequeños resultados.
Toda empresa tuvo un primer cliente y toda trayectoria empresarial comenzó con una decisión.
El tamaño del punto de partida no determina necesariamente el tamaño del destino.
Lo determinante puede estar en la capacidad de aprender, corregir, administrar y convertir cada resultado en el punto de partida de una nueva etapa.
Esto no significa desconocer las dificultades reales que enfrentan los emprendedores.
El acceso al financiamiento, la educación, la capacitación, la tecnología, la seguridad jurídica y las condiciones del mercado son factores que pueden facilitar o limitar el crecimiento de cualquier iniciativa.
Sin embargo, incluso en medio de esas limitaciones existe un elemento que conserva enorme importancia: la capacidad de desarrollar y utilizar adecuadamente los recursos disponibles.
El capital es importante, pero también lo es saber administrarlo; una oportunidad puede ser determinante, pero igualmente importante es estar preparado para aprovecharla; y una idea puede tener valor, pero necesita pasar del pensamiento a la acción para convertirse en realidad.
La parábola de los talentos plantea, entonces, una reflexión que trasciende su contexto religioso y alcanza directamente la cultura del emprendimiento: el verdadero problema no siempre consiste en haber recibido poco, sino en no hacer producir lo recibido.
En sociedades donde miles de personas aspiran a mejorar su situación económica, fomentar una mentalidad de crecimiento significa promover la capacitación, la creatividad, la disciplina financiera, la innovación y la disposición a comenzar desde abajo.
Cinco talentos producen resultados cuando se trabajan, dos pueden multiplicarse y hasta uno puede convertirse en mucho más.
La historia del tercer criado recuerda una lección sencilla, pero poderosa: los recursos enterrados no generan oportunidades; los recursos desarrollados pueden convertirse en el comienzo de una transformación.





