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La lección de Comenio que todavía necesitamos

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SAMUEL REYES RAPOSO

Cuatro siglos después, su llamado a “enseñar a todos” sigue siendo un desafío para la educación dominicana.

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Juan Amos Comenio (1592–1670) fue un teólogo, filósofo, pedagogo y clérigo protestante de origen checo. Fue miembro y posteriormente obispo de la Unidad de los Hermanos de Bohemia, una comunidad cristiana protestante. Es considerado uno de los padres de la pedagogía moderna y uno de los grandes precursores de una educación accesible para todos.

Su pensamiento educativo nació de una profunda convicción cristiana: cada ser humano posee dignidad y potencial porque ha sido creado por Dios. Por eso, la educación no debía ser privilegio de unos pocos. Su célebre propuesta de “enseñar todo a todos” representó una idea revolucionaria para el siglo XVII y continúa siendo una poderosa inspiración para la educación actual.

En su obra Didactica Magna (La gran didáctica), Comenio planteó que la enseñanza debía ser ordenada, gradual, comprensible y adaptada al desarrollo del estudiante. Pero su visión iba mucho más allá de transmitir conocimientos. Para él, educar significaba formar integralmente a la persona: su inteligencia, su carácter, su dimensión moral y su vida espiritual.

De su pensamiento podemos formular un principio para nuestros tiempos:

Toda persona tiene derecho a aprender, y toda enseñanza debe contribuir al desarrollo integral de la persona.

Este principio tiene una enorme vigencia en la realidad educativa dominicana. Durante las últimas décadas, el país ha realizado importantes esfuerzos para ampliar la cobertura, construir escuelas, fortalecer la formación docente, incorporar tecnologías y aumentar la inversión educativa. Pero el verdadero desafío comienza después de que el estudiante entra al aula.

No basta con garantizar un cupo en el aula; debemos garantizar oportunidades reales de aprendizaje.

En nuestras escuelas encontramos estudiantes con diferentes capacidades, ritmos, intereses, condiciones familiares y realidades sociales. Por eso, enseñar a todos no significa enseñar exactamente lo mismo y de la misma manera. Significa reconocer las diferencias y buscar caminos para que cada estudiante pueda desarrollar su potencial.

La educación dominicana necesita maestros capaces de comprender que detrás de cada estudiante hay una historia y un futuro posible. Necesita docentes que no sean únicamente transmisores de contenidos, sino formadores de personas.

Aquí la visión cristiana de Comenio adquiere particular relevancia. Si cada ser humano tiene dignidad ante Dios, entonces ningún estudiante puede ser considerado “caso perdido”. Cada niño y cada joven merece que un maestro crea en sus posibilidades, incluso cuando él mismo todavía no las descubre.

La escuela debe enseñar matemática, ciencias, lengua e historia, pero también debe enseñar a pensar, convivir, servir, tomar decisiones, resolver problemas y actuar con responsabilidad. Porque educar no es preparar solamente para aprobar exámenes; es preparar para vivir correctamente.

Cuatro siglos después, la pregunta de Comenio continúa interpelándonos: ¿estamos educando para completar programas o para transformar vidas?

La tecnología podrá cambiar las herramientas, la inteligencia artificial podrá modificar los métodos y los currículos podrán seguir reformándose. Pero permanecerá la esencia de la educación: un ser humano ayudando a otro ser humano a crecer.

Ese es quizá el gran legado de Comenio para los maestros dominicanos: enseñar a todos, no excluir a nadie y convertir el conocimiento en una herramienta para el desarrollo integral de la persona.

Su sueño sigue vigente: que la educación sea para todos y que, a través de ella, podamos construir no solamente mejores estudiantes, sino mejores seres humanos y una mejor sociedad.