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“Lo que Dios puso en ti no fue diseñado para terminar en ti”

Ana Patricia Fallas
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Una reflexión sobre el propósito, los dones y la responsabilidad de cada mujer de levantar, formar e inspirar a otras.

Patricia Fallas 

Para mí, hablar de una mujer multiplicadora es hablar de una mujer que entiende que todo lo que Dios ha depositado en su vida tiene un propósito que va más allá de ella misma. Dios no nos llamó solamente a recibir; nos llamó a multiplicar.

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Muchas veces nos preguntamos si tenemos algo que aportar, si todavía estamos a tiempo, si nuestros talentos son suficientes o si debemos parecernos a otras mujeres para poder ser usadas por Dios. Pero he aprendido que Dios no necesita otra versión de alguien más. Él quiere usar la mujer que creó en cada una de nosotras.

Por eso, quiero recordarles a las mujeres que nuestros talentos, nuestra profesión, nuestra creatividad, nuestra capacidad de liderar, enseñar, organizar, emprender, escuchar, cuidar o servir no son casualidad. Todo aquello que Dios ha colocado en nosotras puede convertirse en una herramienta para bendecir a otros.

No tienes que dejar de ser tú

Una de las convicciones que más deseo transmitir es que servir a Dios no significa dejar de ser quienes somos. Podemos ser profesionales, madres, empresarias, líderes, educadoras, emprendedoras o mujeres con grandes sueños y, al mismo tiempo, poner nuestras capacidades al servicio de Dios.

El ejemplo de Lidia nos recuerda precisamente eso: ella tenía una profesión, recursos y una casa, y Dios utilizó todo aquello para abrir una puerta al Reino. Su vida cotidiana se convirtió en una plataforma de servicio.

Por eso digo con convicción: tu identidad no compite con tu llamado; puede convertirse en parte de tu llamado.

Lo que hemos vivido también puede ayudar a otras

Cada mujer tiene una historia. Algunas historias están llenas de alegrías; otras han sido marcadas por momentos difíciles, heridas, pérdidas, errores y procesos que nadie más conoce.

Pero nuestras experiencias no tienen que definirnos para siempre. Una herida que ha sido sanada puede convertirse en un lugar desde donde podamos ofrecer esperanza a otra mujer. Lo que aprendimos en nuestros momentos difíciles puede servir para acompañar a alguien que apenas comienza a atravesar su propio desierto.

Por eso, no debemos avergonzarnos de nuestra historia. Dios puede tomar aquello que un día quiso destruirnos y convertirlo en parte de nuestro testimonio.

Levantar a otras mujeres

Para mí, multiplicar no significa acumular personas a nuestro alrededor. Significa formar mujeres capaces de descubrir y desarrollar lo que Dios puso dentro de ellas.

Una mujer multiplicadora enseña, acompaña, aconseja, abre espacios, comparte oportunidades y celebra cuando otra mujer crece. No necesita tener todos los micrófonos ni todas las oportunidades.

Cuando una mujer crece, todas crecemos.

No estamos llamadas a competir unas con otras. Estamos llamadas a caminar juntas, a apoyarnos y a abrir camino para las que vienen detrás.

No entierres lo que Dios te dio

Hay mujeres que tienen sueños guardados, proyectos detenidos, talentos sin desarrollar o llamados que han dejado de lado porque pensaron que ya era demasiado tarde.

Hoy quiero decirles: no entierres lo que Dios puso en ti.

No te compares con otra mujer. No pienses que necesitas tener sus recursos, su preparación, su plataforma o sus oportunidades. Trabaja con lo que Dios te entregó.

La pregunta no será por qué no fuiste como otra persona. La pregunta será: ¿qué hiciste con lo que Dios puso en tus manos?

Una influencia que empieza con una sola mujer

No necesitamos miles de seguidores para tener influencia. A veces, nuestro mayor impacto comienza con una sola persona.

Puede ser una conversación, una oración, una llamada, un consejo, un abrazo, una oportunidad o simplemente decirle a otra mujer: “Tú puedes.”

Dios puede utilizar nuestra casa, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra profesión, nuestra iglesia, nuestra comunidad o nuestras redes sociales para alcanzar vidas.

Por eso, mi desafío es que cada mujer se pregunte: ¿quién será mejor porque yo existí?

No solamente cuántas personas nos conocen, cuántos títulos tenemos o cuántos logros hemos alcanzado, sino a quién ayudamos, a quién enseñamos, a quién levantamos y a quién abrimos una puerta.

Ese es el verdadero legado.

Mi llamado para cada mujer

Finalmente, quiero dejarles esta reflexión: no esperemos tener todo resuelto para comenzar. Reconozcamos nuestros dones, permitamos que Dios sane nuestras heridas, preparémonos, atrevámonos, compartamos lo que sabemos y abramos caminos para otras mujeres.

Porque lo que Dios ha hecho en nuestra vida no debe terminar en nosotras.

Dios no puso algo dentro de ti para que termine contigo; lo puso en ti para que, a través de ti, alcance a otras.

Mi oración y mi deseo es que podamos convertirnos en mujeres que no solamente reciben, sino que entregan; que no solamente aprenden, sino que enseñan; que no solamente avanzan, sino que ayudan a otras a avanzar.

Que seamos mujeres multiplicadoras, mujeres que levantan mujeres y mujeres que dejan un legado.