
«No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus niños», afirmó Nelson Mandela. Su reflexión resuena dolorosamente ante la muerte de Yosnely Álvarez, de 13 años, y la de los mellizos Randy Omar y Omar Randy Borges Jiménez, de 16, durante una intervención policial en Mendoza, Santo Domingo Este.
Eran tres adolescentes. Merecían crecer seguros, aprender y construir un futuro. Sus distintas historias nos preguntan: ¿cómo está el alma de la sociedad dominicana si no estamos logrando proteger a nuestros niños?
Antes de ser asesinada, Yosnely ya había sufrido abusos sexuales, miedo y desprotección en el entorno donde debió encontrar refugio: su hogar. Las autoridades intervinieron y su agresor fue condenado. Pero esas acciones no bastaron para garantizarle seguridad y acompañamiento sostenido.
Su historia no debe llevarnos a culpar únicamente a su familia. Debe llevarnos a preguntar quién escuchó a aquella niña, quién dio seguimiento a su situación y cómo respondieron los demás responsables de su bienestar. La protección no termina con una denuncia o una sentencia.
Los hermanos Borges Jiménez murieron el 21 de octubre de 2026 durante una actuación policial. La Policía informó de órdenes de arresto y denuncias por presuntos delitos; sus familiares aseguran que los agentes les dispararon mientras dormían.
Las circunstancias requieren una investigación transparente e independiente. No debemos prejuzgar los hechos ni olvidar a las víctimas del delito. Pero tampoco podemos olvidar que tenían 16 años. Aun cuando un adolescente haya cometido un delito, el Estado debe garantizarle debido proceso y una respuesta conforme a la ley.
Como advierte Tomás Gómez Bueno, matar a quienes se considera delincuentes no equivale a resolver las causas de la delincuencia.
Estos casos nos interpelan sobre el modelo de crianza que promovemos. En la familia aprendemos nuestras primeras formas de expresar afecto, ejercer autoridad y resolver conflictos. Cuando la educación se apoya en golpes, humillaciones, amenazas o miedo, puede enseñar que la violencia es una manera legítima de relacionarnos.
La propuesta de Crianza con Ternura, promovida por World Vision, plantea otra ruta: amor, escucha, respeto, límites sin maltrato y acompañamiento emocional. No propone permisividad, sino autoridad responsable.
También recuerda que las experiencias adversas durante la niñez pueden dejar huellas profundas, mientras las relaciones protectoras ayudan a prevenir daños y fortalecer la confianza.
Criar con ternura no es un asunto privado sin consecuencias sociales. Es contribuir a formar personas capaces de reconocer la dignidad ajena y resolver sus diferencias sin recurrir a la violencia.
Los «Círculos de la Tierna Protección» muestran que la familia no está sola. A su alrededor están la comunidad, las escuelas, las iglesias y los espacios recreativos; más allá, las instituciones y los sistemas de protección; y, envolviéndolos, el entorno político, económico, cultural y religioso.
Todos esos círculos deben sostenerse mutuamente. Si el hogar se convierte en un lugar peligroso, la escuela, la comunidad y el Estado deben actuar. Si un adolescente entra en conflicto con la ley, necesita responsabilidad por sus actos, pero también garantías, orientación y posibilidades reales de reintegración.
Una falla en cualquiera de esos espacios puede tener consecuencias irreparables.
Para que estas muertes no se conviertan en otra noticia pasajera, necesitamos actuar:
- Las familias deben sustituir el castigo humillante por el diálogo, la escucha, los límites respetuosos y la protección efectiva.
- Las escuelas deben identificar señales de abuso, atender el sufrimiento emocional y enseñar convivencia pacífica.
- Las iglesias y organizaciones comunitarias deben acompañar a las familias, establecer protocolos de protección y denunciar el maltrato.
- El Estado debe asegurar seguimiento continuo de los casos, apoyo psicológico, servicios accesibles y coordinación entre instituciones.
- La Policía y la justicia deben proteger la vida, investigar las actuaciones cuestionadas y garantizar los derechos de los adolescentes.
- Las empresas, los gobiernos locales y los medios deben abrir oportunidades, invertir en prevención y evitar discursos que deshumanicen a la niñez.
Desde la fe cristiana, esta responsabilidad tiene además una raíz profunda: cada niño y cada adolescente posee una dignidad que no depende de su conducta, origen o condición social.
Yosnely, Randy Omar y Omar Randy no pueden volver. Pero sus vidas todavía pueden decirnos algo decisivo: una sociedad no se mide solamente por cómo castiga, sino por cómo cuida a quienes más necesitan protección.
La pregunta de Mandela sigue abierta. La respuesta no estará en nuestra indignación, sino en la ternura, la justicia y las acciones con que decidamos transformar nuestra sociedad.





