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La organización y la oración en tiempos de crisis mundial

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Pst. Ysaias Gatón.

La Segunda Guerra Mundial dejó innumerables lecciones para la humanidad. Una de ellas
fue que, mientras los gobiernos organizaban sus recursos militares y humanitarios, también hubo creyentes que decidieron organizarse para orar. El grupo de intercesores dirigido por Rees Howells, en el Bible College of Wales, dedicó años a la oración constante, convencido de que Dios interviene en la historia cuando su pueblo clama con fe.

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Más allá de cómo se interprete el impacto de sus oraciones sobre los acontecimientos de la guerra, su testimonio resalta una verdad bíblica incuestionable: la oración organizada
fortalece a la Iglesia, mantiene viva la esperanza y orienta a los creyentes a depender de
Dios en medio de la incertidumbre.

En la actualidad, el mundo enfrenta conflictos armados, crisis económicas, desastres
naturales, migraciones, persecución religiosa y una creciente incertidumbre moral y
espiritual. Estos acontecimientos recuerdan las palabras de nuestro Señor Jesucristo en
Evangelio según Mateo, cuando anunció que habría guerras y rumores de guerras, nación
contra nación, hambres, pestes y terremotos. Sin embargo, Cristo no llamó a sus discípulos al temor, sino a permanecer vigilantes, firmes y preparados.

Por ello, la Iglesia no puede responder a los tiempos de crisis con improvisación. Necesita
organización espiritual. Así como se planifican estrategias para la obra misionera, el
discipulado y la evangelización, también debe organizarse la intercesión. La oración no
debe depender únicamente de momentos espontáneos, sino convertirse en un ministerio
permanente, coordinado y perseverante, donde familias, iglesias y ministerios unan sus
voces delante del Señor.

La organización en la oración produce unidad, perseverancia y dirección. Cuando el pueblo
de Dios ora con un mismo propósito, reconoce que la solución definitiva no proviene del
poder humano, sino de la soberanía de Dios. La oración no reemplaza la acción, pero
prepara el corazón del creyente para actuar conforme a la voluntad divina.

Hoy más que nunca, la Iglesia está llamada a levantar intercesores. No sabemos cuánto
tiempo falta para el cumplimiento pleno de las profecías anunciadas por Cristo, pero sí
sabemos que Él nos dejó una responsabilidad: velar y orar. En medio de un mundo
convulsionado, la oración sigue siendo el recurso más poderoso que Dios ha puesto en
manos de su pueblo. Organizar la intercesión no es una opción secundaria; es una necesidad urgente para una Iglesia que desea permanecer fiel, fortalecida y preparada para los desafíos de los últimos tiempos.