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Corrupción, dolor social y misión profética de la iglesia

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Por. Joselin Rivera

La corrupción no es solo un problema administrativo, político o judicial. Desde la cosmovisión cristiana, la corrupción es una expresión del pecado que rompe la justicia, hiere la dignidad humana y afecta de manera directa a los más vulnerables. Cuando una persona se apropia de los recursos públicos o los utiliza de forma indebida, no solo viola una ley; también quebranta un principio espiritual fundamental: la mayordomía responsable de aquello que pertenece al bien común.

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La Biblia es clara al denunciar toda forma de injusticia. Los profetas levantaron su voz contra quienes torcían el derecho, oprimían al pobre y convertían el poder en instrumento de beneficio personal. “¡Ay de los que dictan leyes injustas!”, proclama Isaías, denunciando a quienes privaban de justicia a los necesitados y despojaban a los pobres de su derecho.

Esa denuncia sigue teniendo vigencia en nuestras sociedades, donde muchas veces los recursos destinados a la vida terminan atrapados en redes de intereses particulares.

En la República Dominicana, hablar de corrupción no puede reducirse a mencionar cifras, expedientes o nombres. Hay que mirar sus consecuencias humanas. Cada peso desviado de su propósito original puede convertirse en una medicina que no llega, una cirugía postergada, una escuela deteriorada, una comunidad sin agua, un hospital sin insumos o una familia que queda sin protección.

La corrupción tiene rostro. Tiene víctimas. Tiene lágrimas.

Por eso resulta tan doloroso el caso descubierto en Santiago, relacionado con el Instituto Oncológico Regional del Cibao y conocido públicamente como Operación Onco14. Las informaciones divulgadas por las autoridades apuntan a una presunta estructura fraudulenta vinculada a recursos destinados a pacientes oncológicos y al Seguro Nacional de Salud.

Si tales acusaciones se comprueban en los tribunales, estaríamos ante algo mucho más grave que un fraude financiero: estaríamos ante una tragedia moral.

Los recursos destinados a pacientes con cáncer no son simples partidas presupuestarias. Son esperanza, tratamientos, medicamentos, diagnósticos y oportunidades de vida. Cuando se toca indebidamente el dinero relacionado con la salud, se afecta una dimensión profundamente sagrada: la vida humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

Esta realidad se agrava cuando observamos las dificultades que muchas personas enfrentan para acceder al Programa de Medicamentos de Alto Costo. Pacientes con enfermedades graves esperan respuestas, autorizaciones, cambios de tratamiento o inclusión en el programa.

Para quien padece una enfermedad agresiva, esperar no es un simple trámite. Esperar puede significar que la enfermedad avance, que el cuerpo se deteriore y que la familia viva días de angustia e impotencia.

En ese contexto, la muerte de Orquidia Kelly Trinidad debe estremecernos como nación. Orquidia fue diagnosticada con cáncer de mama siendo apenas una joven de 23 años. Su historia conmovió porque puso rostro humano a la espera, al dolor y a la lucha por acceder a un tratamiento necesario.

Su partida no debe ser vista solo como una noticia triste, sino como una interpelación ética y espiritual: ¿qué tipo de sociedad somos cuando una persona enferma tiene que exponer públicamente su sufrimiento para intentar conseguir un medicamento?

Como sobreviviente de cáncer de mama, sé lo que significa enfrentar ese diagnóstico. Sé lo que implica sentir miedo, depender de tratamientos, estudios, médicos, medicamentos y apoyo familiar.

Agradezco profundamente a Dios porque, en mi caso, pude contar con todo lo necesario para luchar y salir adelante. Tuve acceso a los recursos y a la atención que me permitieron atravesar ese proceso con esperanza.

Por eso me resulta imposible pensar en Orquidia sin sentir una profunda tristeza. No puedo imaginar la angustia que vivió en sus últimos días, ni la impotencia de su familia al verla apagarse mientras buscaban respuestas.

Ninguna familia debería vivir esa experiencia. Ningún paciente debería tener que mendigar un derecho tan vinculado a la vida y a la dignidad humana.

Frente a esta realidad, la iglesia no puede guardar silencio. La fe cristiana no nos llama a vivir encerrados en los templos, indiferentes ante el sufrimiento social. Jesús nos enseñó a amar al prójimo, a defender al vulnerable y a vivir una justicia que va más allá del discurso religioso.

Una iglesia que predica salvación, pero ignora la corrupción que destruye vidas, corre el riesgo de reducir el evangelio a palabras sin encarnación histórica.

La corrupción no solo existe en el Estado. También puede darse en empresas, comunidades, familias y en la vida personal. Cada vez que mentimos para obtener un beneficio, falseamos una información, manipulamos un proceso, usamos una relación para saltarnos una regla o tomamos algo que no nos corresponde, estamos participando de una cultura corrupta.

Tal vez no veamos de inmediato a la persona afectada, pero alguien paga el precio de nuestra falta de integridad.

Por eso la pregunta es urgente: ¿qué podemos hacer como iglesia para impulsar una verdadera revolución cultural?

En primer lugar, debemos formar discípulos íntegros, no solo miembros religiosos. La enseñanza bíblica debe conectar la fe con la vida pública, el trabajo, la política, los negocios, la administración comunitaria y las decisiones cotidianas.

Ser cristiano no es solamente asistir al culto; es vivir con honestidad en cada espacio donde Dios nos coloca.

En segundo lugar, las iglesias deben enseñar que la integridad es parte de la adoración. No podemos levantar manos en alabanza y usar esas mismas manos para manipular, engañar o apropiarnos de lo ajeno.

La verdadera espiritualidad se expresa en una vida coherente, transparente y responsable.

En tercer lugar, debemos formar conciencia ciudadana. Las congregaciones pueden educar sobre el valor de lo público, el uso correcto de los recursos del Estado, la importancia de exigir rendición de cuentas y el deber de participar en procesos sociales con madurez y responsabilidad.

La iglesia tiene un enorme potencial pedagógico para formar ciudadanos honestos, sensibles y comprometidos con el bien común.

En cuarto lugar, la iglesia debe ejercer incidencia profética. Esto significa levantar la voz, con respeto, pero con firmeza, para exigir que la corrupción sea investigada, juzgada y sancionada conforme a la ley.

La misericordia cristiana no debe confundirse con impunidad. Perdonar no significa eliminar las consecuencias legales de los actos cometidos. Quien incurre en corrupción debe responder ante la justicia, especialmente cuando sus acciones afectan a los pobres, los enfermos y los más vulnerables.

En quinto lugar, debemos modelar transparencia desde nuestras propias instituciones. Las iglesias, ministerios y organizaciones cristianas también deben rendir cuentas, administrar con claridad, evitar favoritismos y cuidar los recursos que reciben.

No podemos exigir luz en la sociedad si toleramos sombras en nuestras propias prácticas.

Finalmente, necesitamos cultivar una ética del Reino de Dios en la vida diaria. La revolución cultural comienza cuando cada creyente decide vivir con verdad, aunque mentir parezca más conveniente; servir con humildad, aunque aprovecharse parezca más fácil; y actuar con justicia, aunque la corrupción parezca normalizada.

La lucha contra la corrupción no es una moda política. Es una responsabilidad espiritual, ética y ciudadana. Es defensa de la vida. Es amor al prójimo. Es obediencia a Dios.

La muerte de Orquidia, las dificultades de tantos pacientes que esperan medicamentos de alto costo y los casos de corrupción vinculados a recursos de salud deben despertar la conciencia de la iglesia. No para alimentar odio, sino para afirmar justicia. No para sustituir a los tribunales, sino para recordar que Dios ama la verdad y aborrece la opresión.

La iglesia dominicana tiene la oportunidad de seguir formando hombres y mujeres que sean sal y luz en la nación: ciudadanos íntegros, profesionales honestos, servidores públicos responsables, empresarios justos, líderes comunitarios transparentes y familias comprometidas con la verdad.

Porque una sociedad cambia cuando cambia su cultura. Y una cultura cambia cuando personas transformadas por Dios deciden vivir de manera distinta.

La corrupción nos empobrece, nos enferma y nos deshumaniza. Pero la integridad puede sanar, restaurar y abrir caminos de esperanza.

Esa es parte de nuestra misión como iglesia: anunciar el evangelio con palabras, pero también encarnarlo con una vida pública honesta, justa y compasiva.