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LIDERAZGO CRISTIANO Y PROCESO ELECTORAL EN LOS ESTADOS UNIDOS

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“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
Mateo 22:21

Prof. Alfredo Antonio Ferreras Pérez

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PREÁMBULO

Una vez más debo expresar que no abordo esta temática por comodidad personal ni por inclinación al conflicto. Sé que para algunos resulta desagradable hablar de política desde una perspectiva cristiana. Sin embargo, hay momentos en que las circunstancias, la responsabilidad pastoral y el deber moral obligan a levantar la voz. Si los llamados a orientar guardan silencio, las piedras terminarán clamando.

Pastores, líderes cristianos y servidores del Reino, tanto en los Estados Unidos como en la República Dominicana y en cualquier lugar donde el Señor nos haya permitido ministrar, debemos recordar que la gracia recibida de Dios nos compromete a defender, con firmeza y mansedumbre, los valores revelados en el evangelio de Jesucristo.

Existen muchas realidades nacionales e internacionales que merecen reflexión desde el púlpito, la enseñanza y la orientación cristiana. La prioridad de cada tema dependerá del momento histórico, de la necesidad de la congregación y de la responsabilidad del expositor. En esta ocasión, el enfoque recae sobre el proceso electoral en los Estados Unidos de Norteamérica, por su impacto directo e indirecto en la vida moral, familiar, institucional y espiritual de millones de personas.

Vivimos en una época en que la tecnología ha reducido el mundo a una aldea cada vez más interconectada. Las ideas, las leyes, las modas ideológicas y las decisiones políticas ya no permanecen encerradas dentro de las fronteras de una nación. Lo que se legisla, se promueve o se normaliza en una potencia como los Estados Unidos termina influyendo, de una forma u otra, en nuestras familias, en nuestros hijos, en nuestras iglesias, en nuestros sistemas educativos y aun en la cultura política de otros países.

Por esa razón, el pastor o líder cristiano que se desentiende por completo de los procesos electorales en los Estados Unidos corre el riesgo de actuar con irresponsabilidad espiritual y social. No se trata de convertir el púlpito en comité partidario, ni de sustituir el evangelio por propaganda política. Se trata de discernir los tiempos, advertir sobre las corrientes que amenazan la vida, la familia, la libertad religiosa y la conciencia cristiana, y orientar al pueblo de Dios para que no vote, piense ni actúe como si la fe estuviera divorciada de la realidad pública.

El Señor Jesucristo declaró: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.” Mateo 12:30. Esta afirmación no debe usarse livianamente para condenar personas, pero sí debe recordarnos que la neutralidad moral absoluta no existe cuando están en juego principios fundamentales del Reino de Dios.

El proceso electoral estadounidense impacta directamente sobre el Estado dominicano, sus instituciones, su cultura, su economía, sus relaciones internacionales y, de manera especial, sobre cientos de miles de familias dominicanas residentes en los Estados Unidos. De sus resultados pueden depender políticas educativas, decisiones judiciales, regulaciones sobre libertad religiosa, protección de la vida humana, derechos parentales y modelos culturales que luego son exportados al resto del mundo.

Por tanto, los cristianos no podemos mirar estos procesos con indiferencia. Si una plataforma política promueve abiertamente principios contrarios a la vida, relativiza el diseño bíblico de la familia, debilita la autoridad de los padres sobre la formación moral de sus hijos, restringe la libertad de conciencia o ridiculiza la fe cristiana, los pastores y líderes tienen el deber de advertirlo con claridad, respeto y valentía.

PASTORES Y LÍDERES, RESPETUOSAMENTE PREGUNTO:

¿Hasta cuándo algunos sectores del liderazgo cristiano permanecerán indiferentes frente a movimientos políticos, culturales e ideológicos que promueven valores incompatibles con la fe bíblica?

¿Hasta cuándo se considerará prudencia lo que en realidad puede ser temor, comodidad o falta de discernimiento espiritual?

¿Hasta cuándo algunos líderes cristianos seguirán separando artificialmente las responsabilidades del César de las responsabilidades de Dios, como si el creyente pudiera votar con una conciencia distinta de la que usa para orar, predicar o enseñar?

¿Hasta cuándo se mirará hacia otro lado frente a políticas que afectan la vida del no nacido, la estabilidad de la familia, la formación moral de los niños, la libertad religiosa y el derecho de los padres a educar conforme a sus convicciones?

¿Hasta cuándo se usará la frase “son los tiempos del fin” como excusa para no trabajar, no advertir, no orientar y no defender al rebaño frente a los lobos ideológicos que procuran confundirlo?

El deber del liderazgo cristiano no es imponer un partido político como si fuera una extensión del Reino de Dios. Ningún partido humano es la Nueva Jerusalén, y sería ingenuo confundir una boleta electoral con el Libro de la Vida.

Sin embargo, tampoco es bíblicamente responsable actuar como si todas las plataformas fueran moralmente equivalentes. Cuando una agenda pública contradice de manera abierta principios esenciales de la Escritura, el silencio pastoral deja de ser prudencia y comienza a parecer complicidad.

Los pastores y líderes cristianos deben examinar cuidadosamente las propuestas, plataformas y decisiones de los partidos políticos. No se trata de votar por simpatía, costumbre familiar, presión cultural o conveniencia personal. Se trata de evaluar qué visión de la vida, de la familia, de la libertad, de la educación y de la dignidad humana se está promoviendo.

La iglesia no está llamada a ser apéndice de ningún partido. Está llamada a ser columna y baluarte de la verdad. Pero precisamente por eso no puede ser muda ante leyes, ideologías o movimientos que atenten contra lo que Dios ha revelado como bueno, justo y santo.

Con todo respeto, debe decirse que un pastor o líder cristiano que apoya conscientemente agendas contrarias a la vida, a la familia bíblica y a la libertad de conciencia necesita revisar seriamente su discernimiento espiritual.

No se trata de condenar sin misericordia a quienes piensan distinto, sino de llamar a una reflexión profunda: ¿puede un siervo de Cristo promover, justificar o minimizar aquello que la Palabra de Dios reprueba?

La fidelidad cristiana exige valentía. Exige hablar cuando resulta incómodo. Exige orientar cuando otros prefieren entretener. Exige enseñar al pueblo a pensar bíblicamente, no solo emocionalmente. Exige recordar que el voto también debe pasar por el altar de la conciencia.

Finalmente, si Jesucristo regresara hoy, el llamado no sería a encontrarnos escondidos, indiferentes o distraídos, sino fieles en la tarea encomendada. Como Nehemías, debemos edificar con una mano y velar con la otra; con la Biblia en el corazón, la verdad en los labios y la responsabilidad ciudadana asumida delante de Dios.

“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.”
Mateo 24:46

El liderazgo cristiano no debe vivir arrodillado ante el poder político, pero tampoco dormido frente a sus consecuencias. Cristo es Señor de la iglesia, de la conciencia, de la familia, de la historia y también de la vida pública.

Por eso, mientras esperamos su venida, debemos servir con fidelidad, discernir con sabiduría y actuar con responsabilidad.