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Cuanto te roban el dinero y también la confianza

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Moisés O. Mañón-Rossi | OMCN

LA NOTICIA

La República Dominicana vuelve a mirar con preocupación un problema que ya no pertenece solamente a los archivos viejos de las crisis bancarias, sino a la vida diaria de miles de ciudadanos: el fraude financiero, la inseguridad digital y la pérdida de confianza en el sistema.

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En los últimos días se ha viralizado un video que conecta varios momentos dolorosos de la historia financiera dominicana: la crisis bancaria de 2003, el caso Baninter, el caso Banco Peravia, las redes de lavado de activos vinculadas al narcotráfico y el crecimiento de los fraudes digitales contra usuarios comunes.

Aunque algunas afirmaciones del video necesitan ser verificadas con cuidado, el tema central es real: el ciudadano dominicano, dentro y fuera del país, vive cada vez más expuesto a un modelo de robo que ha cambiado de rostro.

Antes el golpe venía desde balances maquillados, bancos quebrados, funcionarios dormidos y empresarios con corbata de seda. Ahora también viene por mensajes falsos, enlaces sospechosos, llamadas manipuladas, suplantación de identidad, tarjetas clonadas, transferencias fraudulentas y videos creados con inteligencia artificial.

La Superintendencia de Bancos de la República Dominicana informó que en 2024 los eventos de pérdida económica aumentaron en miles de casos frente al año anterior. El fraude externo representó la inmensa mayoría de los eventos reportados, y las pérdidas netas por fraude externo alcanzaron cientos de millones de pesos.

A esto se suma una realidad todavía más inquietante: el Banco Central dominicano ha tenido que advertir sobre videos falsos que usan la imagen y la voz de autoridades financieras para promover supuestas plataformas de inversión.

El asunto ya no es solamente que alguien pueda perder dinero. El asunto es que la gente empieza a perder algo más profundo: la confianza.

Confianza en el banco, confianza en el regulador, confianza en el mensaje que recibe, confianza en la llamada que escucha, confianza en el video que ve, confianza en la institución que debería protegerlo.

Y cuando un país pierde la confianza, no se queda simplemente más pobre. Se vuelve más vulnerable.

Mi opinión Ottoniana

CUANDO EL LADRÓN APRENDE A USAR CORBATA Y WIFI

El dominicano siempre ha sabido cuidarse del carterista, del tumbe, del “primo” que aparece con una inversión milagrosa y del negociante que promete multiplicar los cuartos más rápido que Jesús multiplicó los panes, pero sin oración, sin peces y sin vergüenza.

Lo que quizás no habíamos calculado es que el robo iba a evolucionar tanto que ya no necesitaría pistola, pasamontañas ni callejón oscuro. Ahora basta un enlace, una llamada, una tarjeta clonada, una cuenta comprometida o un video falso con cara de autoridad.

Bienvenidos a la nueva delincuencia financiera: menos sudor, más algoritmo; menos atraco, más contraseña; menos “dame la cartera”, más “verifique su cuenta aquí”.

La República Dominicana carga una memoria financiera dolorosa. El 2003 no fue simplemente una crisis bancaria. Para muchas familias fue un terremoto emocional.

Gente que trabajó años, que ahorró peso sobre peso, que creyó que su dinero estaba seguro, despertó un día con la sensación de que el piso se había ido.

Y cuando se pierde el dinero, duele. Pero cuando se pierde la confianza, eso deja una cicatriz más larga.

Porque el dinero se puede recuperar con trabajo, sacrificio y la misericordia de Dios. La confianza, en cambio, cuando se rompe, no vuelve con un anuncio bonito de televisión ni con un comunicado lleno de palabras técnicas que nadie entiende, pero que suenan como si hubieran sido escritas por un abogado con sueño.

Después vino la promesa nacional de “esto no puede volver a pasar”. Y claro, se hicieron reformas, se fortalecieron controles, se crearon mecanismos.

Pero como suele pasar en nuestros países, el pecado también estudia, se gradúa, hace maestría y aprende inglés financiero.

Si antes el fraude necesitaba una estructura bancaria completa, hoy un delincuente puede hacer daño desde una laptop, un teléfono y un corazón más torcido que carretera vieja de montaña.

Y aquí está el punto que debemos mirar sin maquillaje: no todo fraude financiero significa que el banco sea cómplice, pero todo fraude financiero sí demuestra que el ciudadano común muchas veces queda demasiado solo frente a una maquinaria que no entiende.

El banco tiene departamentos legales, seguridad digital, protocolos, pólizas, especialistas y oficinas con aire acondicionado. El ciudadano tiene ansiedad, una clave que se le olvidó, una madre enferma, una remesa que mandar y un mensaje que dice: “actividad sospechosa, haga clic aquí”.

Eso no es igualdad de condiciones. Eso es David contra Goliat, pero con Goliat usando inteligencia artificial y servicio al cliente automatizado.

El dominicano de la diáspora también debe prestar atención. El que vive en Nueva York, Lawrence, Miami, Madrid, Italia o cualquier rincón donde se trabaja duro y se descansa poco, no está fuera del problema.

Cuando manda dinero a su madre, a sus hijos, a su casa o a su pequeño negocio en RD, ese dinero entra en un ecosistema que debe ser confiable.

Si una cuenta es vulnerada, si una transferencia se pierde, si una identidad es suplantada, no solo pierde quien está en la isla. Pierde también el que sudó esos dólares limpiamente, muchas veces con frío, cansancio y nostalgia.

Y aquí hay que decir algo que incomoda: nuestra cultura ha sido demasiado tolerante con el “tíguere”.

Al ladrón pequeño lo condenamos si nos roba a nosotros; al ladrón grande lo admiramos si roba con elegancia.

Al que roba con pistola le decimos delincuente; al que roba con papeles, testaferros, empresas de fachada o discursos de inversión le decimos “hombre de éxito” hasta que explota el expediente.

Y si la fiesta era buena, la discoteca sonaba duro y había champaña, entonces nadie preguntaba de dónde venía el dinero.

Porque parece que algunos tienen un detector moral que se apaga cuando la música está alta.

Pero la Biblia no se confunde. “El peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada”.

Proverbios 11:1 no fue escrito para decorar una pared. Fue escrito porque Dios sabe que una sociedad puede volverse experta en robar sin romper puertas.

Se puede robar manipulando balanzas, alterando contratos, escondiendo pérdidas, lavando dinero, engañando viudas, explotando pobres, vendiendo ilusiones y usando la ignorancia del pueblo como materia prima.

El fraude financiero no es viveza. Es pecado.

No es “moverse bien”. Es injusticia.

No es “hacer dinero rápido”. Es codicia.

Y la codicia, cuando se organiza, termina construyendo sistemas donde los inocentes pagan la fiesta de los perversos.

Ahora bien, tampoco podemos quedarnos llorando frente al cajero como si el Apocalipsis hubiera empezado porque nos llegó un mensaje raro.

Hay que educar. Hay que denunciar. Hay que exigir.

Hay que revisar cuentas. Hay que enseñar a nuestros padres y abuelos que ningún banco serio pide claves por WhatsApp.

Hay que decirle a la familia que no se abren enlaces por presión.

Hay que verificar audios, llamadas, videos y supuestas emergencias.

Hay que activar alertas, limitar montos, revisar movimientos y reportar rápido cualquier transacción extraña.

Pero también hay que pedir instituciones más agresivas defendiendo al usuario.

No basta con decirle al ciudadano: “usted debió tener cuidado”.

Claro que debe tener cuidado. Pero cuando el fraude se vuelve industria, la respuesta no puede ser una palmadita fría y un ticket de reclamación que parece entrar en un cementerio digital.

El ciudadano necesita protección real, respuesta rápida, educación masiva, consecuencias penales visibles y una banca que entienda que la confianza no se predica: se demuestra.

La República Dominicana no solo necesita más tecnología financiera. Necesita más ética financiera.

No solo necesita bancos modernos. Necesita controles con dientes.

No solo necesita usuarios más cuidadosos. Necesita una cultura que deje de aplaudir al ladrón cuando roba bonito, viste caro y saluda fino.

Porque cuando el ladrón aprende a usar corbata y WiFi, la sociedad necesita algo más que antivirus. Necesita verdad. Necesita justicia. Necesita temor de Dios.

Y aquí está el fondo espiritual del asunto: una nación donde el dinero se convierte en dios termina sacrificando a su propia gente en el altar de la codicia.

El pobre pierde su ahorro. El anciano pierde su retiro. El emigrante pierde su sacrificio. El comerciante pierde su capital. La familia pierde la paz.

Y el ladrón, por un tiempo, cree que ganó.

Pero nadie se burla de Dios.

El dinero robado puede comprar casas, carros, viajes, abogados y silencios, pero no puede comprar una conciencia limpia.

Puede comprar aplausos de gente interesada, pero no puede comprar perdón delante del Juez eterno.

Puede esconderse del sistema, pero no del Dios que pesa los corazones.

Por eso este tema no es solamente económico. Es moral. Es espiritual. Es nacional. Es pastoral.

Que cada ciudadano aprenda a proteger su cuenta, sí. Pero que cada corazón aprenda también a examinar su altar.

Porque el problema mayor no es solo que haya ladrones queriendo entrar a nuestras cuentas. El problema es que demasiadas almas ya dejaron que la codicia les entrara al corazón.

Y cuando Cristo no gobierna el corazón, cualquier sistema se vuelve vulnerable.

El banco, la política, la empresa, la familia y hasta la iglesia pueden terminar llenos de claves, cámaras y protocolos, pero vacíos de justicia.

La verdadera seguridad comienza cuando una persona deja de adorar el dinero y se rinde ante Cristo.

Porque solo Él puede limpiar lo que ninguna auditoría alcanza, revelar lo que ningún expediente descubre y salvar lo que ningún banco puede asegurar: el alma humana.

Otto Mañón es aspirante a siervo inútil o pastor de Iglesia Casa de Bendición Inc., Marietta, GA.

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