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Pastora Reyna Cuevas, M.Ed.
Nuestro país, la República Dominicana, sigue manifestando una de las crisis sociales y humanas más dolorosas de nuestra sociedad. Cada año, por temporadas, se incrementan los feminicidios-suicidios y, detrás de cada número, hay un nombre, dos familias destruidas, hijos marcados emocionalmente por el abandono, el odio y el resentimiento, así como comunidades completas impactadas por hábitos de violencia que parecen no cesar en hogares, parejas, entornos familiares y sociales.

En lo que avanza el 2026, decenas de mujeres y hombres han perdido la vida o la libertad en circunstancias relacionadas con violencia intrafamiliar, y aumenta el número de los que terminan en feminicidios-suicidios. Este patrón muestra profundas fragmentaciones emocionales, familiares, culturales, espirituales y sociales que necesitan atención urgente.
Creo que la situación aumenta cada vez más porque muchos de estos hechos muestran señales previas que fueron ignoradas o minimizadas: celos obsesivos, amenazas, control excesivo, aislamiento emocional, social y familiar, manipulación, dependencia afectiva y económica, así como antecedentes de agresividad. Estas cosas suelen mostrarse como advertencias antes de la tragedia.
Lamentablemente, y me da pena decirlo, todavía vivimos en una cultura donde ciertas conductas tóxicas son confundidas o traducidas como carácter fuerte, cuidado, protección, amor o autoridad.
El feminicidio-suicidio no nace de la noche a la mañana. Es el resultado de patrones prolongados de dominio, inseguridad emocional, incapacidad para manejar conflictos y rechazo, además de relaciones marcadas por el control, la manipulación y ambientes donde conviven personas disruptivas. Esto transforma el vínculo afectivo en un escenario de peligro, cuando el amor deja de ser protección y se convierte en posesión.
En muchos casos, el agresor percibe la separación, la independencia o la pérdida de control sobre la mujer como una amenaza intolerable, debido a la falta de dominio propio y de educación emocional y psicológica. Lamentablemente, estas herramientas no se evidencian al nivel que deberían mostrarse en nuestro país para eliminar este terrible flagelo.
Oración e intercesión ya tenemos, y sé que debemos seguir orando, pero también debemos actuar. La mayoría de las veces, quienes rodean la situación autoridades, instituciones, pastores y líderes carecen de herramientas, empatía y conocimiento para intervenir, y terminan normalizando las agresiones, las cuales no solo se manifiestan físicamente.
Casi siempre, el consejo relevante, especialmente desde la iglesia, es: “Resuélvelo en privado”, “No lo digas a nadie” o “Los trapos sucios se lavan en casa”.
Hoy te digo: no. Busca ayuda, no te quedes callada ni desprotegida. Enfrenta la situación desde el momento en que evidencies cualquier tipo de violencia emocional o física. Muestra cero tolerancia.
Insisto, junto a otros colegas y expertos de la salud mental, en la necesidad de brindar, con carácter de urgencia, una educación que fortalezca la salud mental y emocional desde la niñez. Necesitamos reeducar también a los adultos para que aprendan a manejar frustraciones, respetar límites, desarrollar empatía, construir relaciones sanas, conocer qué es la violencia en todos sus aspectos y rechazarla.
La salud emocional de niños, preadolescentes, adolescentes, adultos y adultos mayores necesita atención urgente y accesible de manera continua.
Nuestro aporte a la sociedad será una ofrenda de amor que Dios no rechazará. No te quedes solo con lo aprendido, no seas indiferente, únete.




