
Por Samuel Guzmán B.
Hay una pregunta que merece hacerse sin apasionamientos y con los pies puestos sobre la realidad: ¿estamos progresando como país o simplemente estamos aprendiendo a sobrevivir en medio de las dificultades?
La República Dominicana ha experimentado transformaciones importantes en las últimas décadas. Se han construido carreteras, elevados, puentes, complejos turísticos, plazas comerciales y nuevas edificaciones. El país ha crecido económicamente, ha recibido inversiones y se ha convertido en un destino atractivo para el turismo y los negocios.
Sin embargo, cuando nos alejamos de las grandes cifras y nos acercamos a la vida cotidiana de la gente, encontramos una realidad que merece mayor atención.
Basta con visitar un supermercado, conversar con un empleado, escuchar a una madre que hace malabares para alimentar a sus hijos o hablar con una pareja joven que intenta comprar una vivienda para comprender que el progreso no siempre se siente de la misma manera en todos los hogares.
Para muchas familias dominicanas, llegar a fin de mes se ha convertido en una verdadera carrera de resistencia.
El salario parece quedarse pequeño frente a las responsabilidades. La compra del supermercado representa cada vez un mayor esfuerzo. El pago de la electricidad, el transporte, la educación, el alquiler y los servicios básicos compite con un presupuesto que tiene límites muy claros. Y mientras tanto, hay familias que deben decidir qué pagar primero y qué dejar para después.
Esa es una realidad que no siempre aparece en los informes económicos, pero que se encuentra presente en miles de hogares dominicanos.
Pero sería injusto desconocer que también existen avances. Los indicadores oficiales muestran una reducción de la pobreza monetaria, que se situó en 13.75 % durante el segundo trimestre de 2026, frente al 16.65 % del mismo período del año anterior. Es una noticia positiva que merece reconocerse.
El problema es que una mejoría en los indicadores generales no significa necesariamente que todas las familias estén experimentando la misma mejoría en sus condiciones de vida.
De hecho, los datos del Banco Central indican que la canasta familiar promedio alcanzó los RD$49,966.37 en septiembre de 2026. Esto representa un aumento de RD$1,232.09 respecto a enero de este mismo año.
Y hay otro elemento que debería llamar nuestra atención: el peso de la inflación no es igual para todos. Una investigación del Observatorio Político Dominicano, publicada en octubre, documentó que los hogares de menores ingresos destinan una proporción mucho mayor de sus recursos a la alimentación que los hogares más acomodados.
No podemos medir el bienestar de una nación únicamente por la cantidad de edificios que levanta, las inversiones que recibe o el crecimiento de su producto interno bruto. También debemos preguntarnos cuánto gana un trabajador, qué puede comprar con su salario, qué posibilidades tiene una familia de adquirir una vivienda y qué futuro les estamos ofreciendo a nuestros jóvenes.
Una economía puede mostrar resultados favorables y, al mismo tiempo, mantener desafíos importantes en materia de distribución de ingresos y poder adquisitivo.
Por eso, el debate sobre el costo de la vida no debe reducirse a una discusión entre quienes defienden la gestión gubernamental y quienes la cuestionan. Es un asunto que merece la atención de todos, independientemente de las simpatías políticas.
Y cuando hablamos de la vida de la gente, también debemos hablar de educación, salud, seguridad ciudadana y oportunidades de empleo.
No se trata de que cada dominicano tenga un automóvil de lujo o viva en una residencia extraordinaria. Se trata de que una persona que trabaja honestamente pueda cubrir sus necesidades básicas, educar a sus hijos, atender su salud, pagar sus compromisos y disponer de algo de tranquilidad al terminar el mes. Eso también es desarrollo.
La República Dominicana tiene enormes posibilidades. Cuenta con recursos naturales, una ubicación geográfica privilegiada, un sector turístico de gran importancia, una población trabajadora y una juventud con talento y deseos de superación.
Pero esas ventajas deben traducirse en mejores condiciones de vida para la mayoría de los ciudadanos.
Necesitamos continuar fortaleciendo la producción nacional, apoyar a los pequeños y medianos empresarios, mejorar la calidad del empleo, revisar las condiciones salariales y procurar que los servicios esenciales sean cada vez más accesibles.
También es necesario prestar atención a los sectores más vulnerables, porque no todos parten de las mismas condiciones ni tienen las mismas posibilidades para enfrentar las dificultades económicas.
El desarrollo debe ser una oportunidad compartida, no una experiencia reservada para determinados sectores.
Un país no puede conformarse con que sus ciudadanos sobrevivan; debe procurar que puedan vivir con dignidad.
Al final, el verdadero progreso no se mide solamente desde una oficina, una estadística o un informe económico. También se mide en la tranquilidad de una madre que puede alimentar a sus hijos, en la posibilidad de un joven de conseguir un empleo digno, en el trabajador que puede ahorrar una parte de su salario y en la familia que puede mirar el futuro sin sentir tanta incertidumbre.
Quizás esa sea una de las grandes preguntas que debemos hacernos como sociedad: ¿qué sentido tiene crecer económicamente si ese crecimiento todavía no logra traducirse en tranquilidad para tantos hogares?
No se trata de desconocer lo que hemos avanzado ni de ignorar los desafíos que enfrentamos. Se trata de entender que el desarrollo económico debe tener un rostro humano.
Porque al final, el éxito de una nación no debería medirse solamente por cuánto produce, cuánto construye o cuánto recibe en inversiones, sino también por la calidad de vida de sus ciudadanos.
La República Dominicana necesita seguir creciendo, pero necesita, sobre todo, que ese crecimiento llegue a la mesa de cada familia.





