
Por Marlene Lluberes
La oración por la República Dominicana es una responsabilidad ineludible.
En medio de los desafíos que atravesamos, la oración no debe ser nuestra última respuesta, sino una prioridad; una expresión de humildad, amor y responsabilidad.
Orar por la República Dominicana significa reconocer que necesitamos la dirección de Dios, la manifestación de su misericordia y la firme decisión de actuar con justicia, compasión y compromiso por el bien común.
Recientemente tuve un sueño que me llevó a reflexionar profundamente sobre este llamado. Me encontraba en un lugar donde debía predicar, pero, en vez de compartir el mensaje, percibí que debía interceder. En aquella escena me veía vestida con la bandera dominicana, tocando el shofar. Entonces escuché estas palabras: “No declares, no establezcas; pide misericordia y favor”.
Entendí que este mensaje era una invitación a detenernos, examinarnos y volvernos a Dios en arrepentimiento, obediencia y oración.
La bandera representaba a nuestro pueblo; el shofar, un llamado a despertar; y la instrucción, una dirección clara: antes de levantar proclamas, debemos humillarnos y clamar por misericordia.
La Biblia muestra que interceder por una nación es acercarnos a Dios con un corazón dispuesto a pedir perdón, buscar sabiduría y contribuir a su transformación. En Jonás 3:9, ante la posibilidad del juicio, el rey de Nínive preguntó: “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?”. Aquel pueblo respondió con humildad y con acciones que demostraban un verdadero cambio de rumbo.
También leemos en 2 Crónicas 7:14: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.
Este pasaje nos recuerda que la oración está inseparablemente vinculada con la humildad, el arrepentimiento, la búsqueda de Dios y la disposición a corregir nuestros propios caminos.
Pedir misericordia por la República Dominicana incluye orar por quienes gobiernan y por quienes sirven; por las familias, las escuelas y las comunidades; por quienes enfrentan enfermedades, pobreza, violencia o desesperanza.
Es clamar para que cesen los homicidios, los robos, los asaltos y toda manifestación de violencia; para que seamos librados de accidentes, tragedias y calamidades. También conlleva pedir sabiduría para tomar decisiones que protejan la vida, fortalezcan la justicia y promuevan oportunidades para todos.
Es implorar misericordia al Dios Todopoderoso, en cuyas manos están nuestras vidas, para que nos libre de terremotos destructivos, maremotos, mortandad y de toda calamidad que pueda traer dolor y devastación a nuestra tierra.
El profeta Jeremías exhortó al pueblo a procurar el bienestar de la ciudad y a orar por ella, porque en su bienestar encontrarían también el suyo (Jeremías 29:7). Esa instrucción conserva una verdad importante: amar a nuestra nación requiere interesarnos por su paz, su futuro y la dignidad de quienes la habitan.
Por eso, este llamado no debe limitarse a un momento de preocupación o a una circunstancia particular. Debe convertirse en una práctica constante de intercesión: orar en nuestros hogares, en las congregaciones, en los planteles escolares y en las instituciones públicas y privadas.
Que Dios tenga misericordia de nuestra tierra, de nuestras familias y de las generaciones que vienen detrás de nosotros.
Que nunca olvidemos esta verdad:
¡No basta con pedir que el Señor tenga misericordia de nuestra nación si no estamos dispuestos a arrepentirnos y abandonar los caminos que nos han alejado de Él!
Porque una nación que clama por misericordia también debe estar dispuesta a volver su corazón a Dios.





