
Por Pastora Marlene Lluberes
No todos nuestros enemigos están fuera de nosotros. Algunos habitan en nuestros pensamientos, se esconden detrás de nuestras justificaciones y se manifiestan en decisiones que parecen correctas, pero que nos alejan de la voluntad de del Señor.
¡A veces, los traidores somos nosotros mismos!
El Salmo 41 presenta el dolor de David ante la traición de alguien cercano, de aquel que compartía su pan y gozaba de su confianza. Esta expresión encuentra una dimensión profética en la traición de Judas a Yehoshúa (Jesús). Pero también nos invita a una confrontación personal: ¿qué sucede cuando aquello en lo que confiamos termina levantándose contra nosotros?
Nuestra propia naturaleza puede convertirse en enemiga de aquello que hemos consagrado a Dios.
El rey Asa constituye un ejemplo estremecedor. Había experimentado grandes victorias porque dependía de Dios. Sin embargo, cuando enfrentó una nueva amenaza, decidió confiar en sus recursos y alianzas humanas. Sacó plata y oro de la casa del Señor para comprar la ayuda del rey de Siria (2 Crónicas 16:2-3).
¡Qué contradicción! Lo que un día había sido consagrado terminó siendo utilizado para sostener una decisión que Dios nunca le ordenó tomar.
Humanamente, su estrategia funcionó. Para Dios, había fracasado.
Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿cuántas decisiones hemos considerado correctas cuando realmente nacieron del temor, del orgullo o de nuestra falta de confianza en el Señor?
No podemos seguir llamando personalidad a nuestro orgullo, carácter a nuestra dureza, discernimiento a nuestra desconfianza ni prudencia a nuestra desobediencia.
¡Hay cosas que no necesitan ser justificadas, necesitan ser transformadas!
Cuando el profeta Jananí confrontó a Asa, este no se arrepintió. Se enfureció y mandó encarcelar al mensajero. Su resistencia a la corrección reveló una condición más peligrosa que la amenaza de sus enemigos: un corazón que ya no quería ser gobernado por Dios.
Ese peligro continúa vigente. Queremos que Dios cambie nuestras circunstancias, pero nos resistimos a que transforme nuestro carácter. Pedimos liberación de nuestros enemigos, mientras defendemos actitudes que nos mantienen esclavizados.
Y lo más preocupante es que muchas veces atribuimos al diablo aquello que procede de nuestra propia naturaleza. No todo es un ataque de Satanás. A veces somos nosotros quienes estamos saboteando nuestro crecimiento.
La verdadera madurez espiritual comienza cuando dejamos de buscar culpables y asumimos nuestra responsabilidad.
Por eso David clama: «Ten compasión de mí, Señor; sáname, pues contra ti he pecado» (Salmo 41:4).
No pidió solamente ser librado de quienes lo atacaban. Reconoció su propia necesidad de restauración.
Esta es la conciencia que necesitamos recuperar: entender que no basta con identificar el mal que nos rodea; debemos permitir que Dios confronte el mal que todavía encuentra espacio dentro de nosotros.
Yehoshúa vino a hacer posible esa transformación. Su gracia no es una autorización para justificar nuestra naturaleza carnal, sino el poder para dejar de ser gobernados por ella.
¡Cuidado! Podemos conseguir lo que queremos y, aun así, perder lo que Dios quería hacer en nosotros.
Hoy necesitamos menos excusas y más arrepentimiento; menos autosuficiencia y más dependencia; menos resistencia a la corrección y mayor disposición a obedecer.
Porque el mayor triunfo de nuestra vida no será haber vencido a todos los enemigos que estaban fuera de nosotros, sino haber permitido que Dios transformara aquello que dentro de nosotros se resistía a obedecerle.
Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Estoy siendo yo mismo un obstáculo para el propósito de Dios en mi vida?





