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UN TERREMOTO NO AVISA, LA PREVENCIÓN SÍ

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JOVANNY RODRIGUEZ

Los terremotos tienen una característica que los convierte en una de las amenazas naturales más difíciles de enfrentar: no avisan. No podemos detenerlos ni saber con exactitud cuándo ocurrirán, pero sí podemos reducir considerablemente sus consecuencias.

La verdadera tragedia no depende únicamente de la magnitud del fenómeno, sino también del nivel de preparación que encuentre una sociedad cuando este ocurra. Por eso, hablar de terremotos no debería ser un ejercicio reservado para después de una tragedia; debe formar parte de nuestra conversación permanente sobre seguridad, prevención y responsabilidad ciudadana.

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República Dominicana cuenta con instituciones cuya responsabilidad incluye la preparación y respuesta ante este tipo de situaciones, como el Centro de Operaciones de Emergencias, la Defensa Civil y otros organismos que forman parte del sistema nacional de prevención y respuesta.

El desafío, sin embargo, no consiste solamente en que existan recomendaciones, sino en lograr que estas lleguen a cada hogar, escuela, iglesia, negocio y comunidad. La información preventiva debe estar presente antes, durante y después de un terremoto, porque cuando la tierra comienza a moverse no es el momento de empezar a aprender qué debemos hacer.

La prevención debe convertirse en una política permanente de educación ciudadana. Cada persona debería saber cómo actuar durante los primeros segundos de un terremoto: mantener la calma, proteger la cabeza y el cuello, buscar un lugar seguro y evitar correr desesperadamente hacia las salidas mientras el movimiento está ocurriendo.

Puede parecer sencillo, pero conocer estas acciones y haberlas practicado previamente puede marcar una diferencia enorme en medio del caos y el miedo que produce un evento de esta naturaleza.

Aquí las iglesias, escuelas, clubes, juntas de vecinos, universidades, empresas y organizaciones comunitarias tienen un papel extraordinario. Cada uno de estos espacios puede convertirse en un centro de formación para la prevención.

Las autoridades pueden proporcionar los contenidos y capacitar facilitadores; las organizaciones sociales pueden convocar a las comunidades; y los ciudadanos pueden participar en charlas, talleres y simulacros.

Una iglesia puede dedicar una reunión a enseñar cómo actuar ante un terremoto; una escuela puede realizar simulacros periódicos; un club puede organizar una jornada con la Defensa Civil; y una empresa puede preparar a sus empleados. La prevención también se construye desde las comunidades.

La preparación tampoco termina cuando deja de temblar la tierra. Después de un terremoto pueden producirse réplicas, daños estructurales, incendios, fugas de gas, interrupciones eléctricas y otras situaciones peligrosas.

Por eso, cada familia debería tener un plan sencillo: saber dónde reunirse, cómo comunicarse si sus integrantes se separan, quién estará pendiente de los niños, adultos mayores o personas que necesiten asistencia especial y dónde se encuentran los suministros básicos.

Tener una linterna, botiquín, radio, silbato, agua y otros elementos esenciales puede resultar determinante en las primeras horas de una emergencia.

Por eso es necesario que las autoridades nacionales y municipales impulsen una verdadera alianza de prevención sísmica con las organizaciones sociales.

No basta con publicar recomendaciones cuando ocurre un movimiento telúrico. Hay que llevar esa información de manera sistemática a los barrios, urbanizaciones, escuelas, iglesias y centros de trabajo; enseñarla, explicarla y practicarla.

Necesitamos pasar de una cultura de reacción a una verdadera cultura de prevención, donde los simulacros y las capacitaciones sean parte habitual de la vida comunitaria y no actividades que recordamos solamente cuando ocurre una tragedia.

Finalmente, este es un llamado a todos: a las autoridades, para que fortalezcan los programas permanentes de prevención; a las instituciones sociales, para que abran sus espacios a la capacitación; a las iglesias, para que conviertan sus comunidades de fe también en comunidades preparadas; a las escuelas, para que formen ciudadanos capaces de responder ante una emergencia; y a cada familia dominicana, para que elabore su propio plan familiar.

No podemos saber cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí podemos decidir cómo nos encontrará. La prevención no elimina el riesgo, pero puede reducir sus consecuencias.

Prepararnos no es vivir con miedo; es asumir responsabilidad por la vida.