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¿Es el mismo Dios con distintos nombres?

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Una reflexión sobre la verdad y la diversidad religiosa

Marlene Lluberes

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Vivimos en una época que celebra la diversidad. Se nos invita a respetar las distintas culturas, las diferentes tradiciones y las múltiples formas en que los pueblos entienden la realidad. Ese respeto no solo es deseable, sino necesario. Sin embargo, de esa premisa legítima suele extraerse una conclusión que merece ser examinada con mayor profundidad: la idea de que todas las religiones adoran al mismo Dios, aunque lo llamen de distinta manera.

La afirmación parece conciliadora, incluso noble. Después de todo, un chino, un habitante del Congo, un hindú o un occidental pueden expresar su espiritualidad de formas muy diferentes. ¿Quién podría arrogarse el derecho de decir que uno está equivocado? ¿No sería un acto de soberbia afirmar que solo una visión es verdadera?

La pregunta, sin embargo, no es si las personas son dignas de respeto. Lo son, sin excepción. La verdadera cuestión es otra: ¿la sinceridad convierte en verdadera cualquier creencia?

La Biblia responde distinguiendo entre el respeto debido a las personas y la verdad acerca de Dios. Desde el principio, las Escrituras presentan a Dios no como una idea que cada cultura construye según su experiencia, sino como un Ser que se revela. No es el hombre quien define a Dios; es Dios quien se da a conocer.

Cuando Moisés preguntó cuál era Su nombre, Dios respondió: «YO SOY EL QUE SOY» (YO SOY EL QUE SERÉ Y EL QUE ESTARÉ) (Éxodo 3:14). No permitió que Israel lo imaginara según las categorías religiosas de Egipto o de Canaán. Él mismo estableció Su identidad.

El apóstol Pablo abordó una situación semejante en Atenas. Encontró una ciudad llena de altares y de expresiones religiosas. Pudo haber dicho que todas aquellas manifestaciones eran caminos igualmente válidos hacia el mismo Dios. Sin embargo, declaró: «Al que ustedes adoran sin conocer, es a quien yo les anuncio» (Hechos 17:23). Pablo no despreció a los atenienses; respetó su búsqueda espiritual. Pero también afirmó que la sinceridad no sustituye el conocimiento verdadero de Dios.

Esto nos lleva a una distinción fundamental. Todas las religiones expresan la búsqueda humana de lo divino; no todas describen de la misma manera quién es Dios.

Las diferencias entre ellas no son meramente culturales ni lingüísticas. Son diferencias profundas acerca de la naturaleza de Dios, del ser humano, del pecado, de la salvación y del destino eterno. Si una tradición afirma que Dios es personal y otra que es una fuerza impersonal; si una enseña que existe un solo Dios y otra sostiene la existencia de muchos dioses; si una proclama que Dios se ha revelado en la historia y otra lo niega, todas esas afirmaciones no pueden ser simultáneamente verdaderas en el mismo sentido.

Decir esto no convierte a unos seres humanos en superiores a otros. La Biblia enseña exactamente lo contrario: todos los hombres y mujeres poseen la misma dignidad porque fueron creados por Dios. El valor de una persona no depende de su nacionalidad, su cultura o su religión.

Por eso, el cristiano no está llamado a mirar con desprecio a quien piensa distinto, sino con humildad y amor. Jesús conversó con samaritanos, romanos y extranjeros sin negar la verdad que anunciaba.

En una sociedad plural, el respeto mutuo es indispensable. Sin embargo, el respeto no exige renunciar a la convicción. Es posible defender con firmeza aquello que se considera verdadero sin descalificar a quienes creen otra cosa.

La diversidad cultural enriquece a la humanidad. La verdad, en cambio, no depende de la cultura. Dios existe como un ser real y no solo como una construcción humana. Su identidad no cambia de un continente a otro. Lo que cambia es la manera en que los pueblos responden a Él.

Quizá el verdadero acto de humildad no consista en afirmar que todas las creencias son igualmente verdaderas, sino en reconocer que, si Dios ha hablado, nuestra responsabilidad no es reinventarlo a nuestra imagen, sino escucharlo.

Respetar la dignidad de todas las personas y valorar la riqueza de las culturas no nos obliga a concluir que todas las creencias conducen al mismo destino. El respeto nunca debe confundirse con el relativismo.

La fe bíblica sostiene que Dios no dejó a la humanidad buscando a tientas entre innumerables posibilidades. Él dio un paso hacia nosotros. Se reveló en la historia y, de manera plena, en la persona de Jesucristo (Yehoshúa’ Hamashiaj).

Por eso, el cristianismo no lo presenta simplemente como un maestro moral, un profeta más o un camino entre muchos. Él mismo declaró: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6). No dijo que era un camino, sino el camino.

Los apóstoles proclamaron la misma verdad sin ambigüedades: «En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos»(Hechos 4:12).

Estas palabras pueden resultar incómodas para una mentalidad que considera que toda verdad es relativa. Sin embargo, el cristianismo nunca ha fundamentado su mensaje en la superioridad de una cultura sobre otra. Lo fundamenta en una Persona. La salvación no pertenece a Occidente ni a Oriente; no es patrimonio de un pueblo ni de una tradición. Es un regalo ofrecido a toda la humanidad por medio de Jesucristo.

Precisamente por eso, anunciar al Mesías no es un acto de arrogancia, sino de amor; callarlo por temor a incomodar sería negar aquello que consideramos la mayor esperanza para el ser humano.

Las Escrituras enseñan que todos somos igualmente pecadores y que todos necesitamos igualmente un Salvador. Y ese Salvador tiene un nombre: Jesucristo (Yehoshúa’ Hamashiaj). Sin Él no hay salvación, porque solo Él venció el pecado y la muerte, y solo Él llevó sobre sí las consecuencias de nuestros pecados, declarándonos inocentes, reconciliándonos con Él y otorgándonos la vida eterna.