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Por Samuel Guzmán B.
Cada año, al celebrarse el Día de las Madres en la República Dominicana, millones de hijos expresan gratitud por aquellas mujeres que dedicaron gran parte de sus vidas a formar hogares, educar valores y sembrar esperanza en sus familias. Este año, sin embargo, la fecha tiene para mí un significado particularmente especial y emotivo.

El pasado 24 de mayo de 2025, apenas un día de la celebración del Día de las Madres, el Señor llamó a Su presencia a mi madre Carmelita Beltre Lorenzo. Desde entonces, su recuerdo se ha convertido en una fuente permanente de inspiración y gratitud.
Al evocar su vida, vienen a mi memoria los años de nuestra niñez en San Juan, tierra que nos vio nacer. Éramos seis hermanos y, como ocurre en muchas familias dominicanas, hubo momentos en que las circunstancias exigieron grandes sacrificios. Uno de ellos llegó cuando nuestro padre Manuel Antonio Guzmán (Ángel), el cual también fue llamado a la presencia del Señor, tuvo que emigrar temporalmente a los Estados Unidos para trabajar y procurar mejores condiciones para el hogar.
Durante ese tiempo, mi madre asumió prácticamente sola la responsabilidad de la familia. Nunca permitió que las dificultades afectaran la atención que nos brindaba. Su capacidad para cuidar, educar y acompañar a seis hijos mientras enfrentaba las exigencias cotidianas de la vida constituye uno de los testimonios más admirables que he conocido.
Recuerdo con especial cariño una anécdota que ilustra su dedicación. Cuando era niño no me gustaba tomar leche. Sin embargo, lejos de resignarse, ella encontraba la manera de lograr que la consumiera. Cada día preparaba para mí un dulce de leche, convencida de que así recibiría los nutrientes que necesitaba. Era una demostración sencilla, pero profundamente significativa, de ese amor que caracteriza a las madres.
Más adelante nos trasladamos a Santo Domingo en donde nacieron dos nuevos hermanos para completar ocho en total, continué descubriendo otras facetas de su personalidad. Allí observé de cerca su compromiso con la fe cristiana y su pasión por compartir el mensaje del evangelio. Fue ella quien me enseñó el valor de evangelizar casa por casa, de acercarnos a las personas sin prejuicios y de llevar esperanza allí donde otros preferían no entrar.
A su lado aprendí que el amor de Dios no reconoce barreras sociales. Recuerdo cómo visitábamos diferentes sectores para compartir porciones bíblicas y mensajes de fe, incluso en lugares tan complejos como algunos prostíbulos de la ciudad. Para ella, cada persona merecía escuchar una palabra de esperanza.
Como muchas madres dominicanas, tampoco dudó en emprender actividades comerciales para contribuir al sostenimiento del hogar. Junto a mi padre trabajó arduamente para sacar adelante una familia que eventualmente creció hasta ocho hijos. Nunca buscó reconocimiento; simplemente hacía lo que entendía necesario para el bienestar de los suyos.
Sin embargo, más allá de su papel como madre y trabajadora, lo que más marcó mi vida fue su ejemplo espiritual. Mi madre fue una mujer de oración. Quienes la conocieron saben que encontraba su mayor satisfacción en conversar con Dios, estudiar las Escrituras y compartir su fe. Hasta los últimos días de su vida mantuvo intacta su pasión por predicar el evangelio y hablar de la esperanza cristiana en el regreso de Jesucristo.
Vivimos en una época en la que con frecuencia se exalta el éxito material y la notoriedad pública. Sin embargo, existen mujeres cuya grandeza se manifiesta en los actos silenciosos de amor, sacrificio y servicio que realizan diariamente por sus familias y comunidades. Mi madre fue una de ellas.
Por eso, al recordar su vida, también pienso en las miles de madres dominicanas que, muchas veces lejos de los reflectores, sostienen hogares, educan hijos, fortalecen comunidades y transmiten valores que terminan impactando generaciones enteras.
Este Día de las Madres deseo honrar su memoria y, al mismo tiempo, reconocer a todas esas mujeres extraordinarias que han hecho de la maternidad una verdadera vocación de servicio. La sociedad dominicana les debe mucho más de lo que frecuentemente reconoce.
A un año de su partida, sigo agradeciendo a Dios el privilegio de haber tenido una madre como la mía. Su legado permanece vivo en sus hijos, en sus nietos, en las personas a quienes sirvió y en todos aquellos que fueron tocados por su fe y su ejemplo.
Su voz ya no se escucha, pero sus enseñanzas continúan hablando. Y mientras exista memoria, el recuerdo de su amor seguirá presente.




