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El silencio que dejan las librerías al cerrar

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Samuel Guzmán B.

En los últimos años, Santo Domingo ha sido testigo de un fenómeno preocupante: el cierre progresivo de librerías emblemáticas que durante décadas sirvieron como refugio para lectores, estudiantes y amantes del conocimiento. Más allá de la desaparición de estos espacios físicos, lo que se está perdiendo es mucho más profundo: una parte esencial de la vida cultural de la ciudad.

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Las librerías no son simples negocios. Son puntos de encuentro, lugares donde se descubren ideas, donde se forman criterios y se alimenta el pensamiento crítico. En una sociedad que enfrenta desafíos complejos desde la desinformación hasta la fragilidad del debate público, la lectura sigue siendo una de las herramientas más poderosas para construir ciudadanía. Por eso, cada librería que cierra representa una pérdida que no se puede medir únicamente en términos económicos.

Particularmente alarmante es también el cierre de librerías especializadas en contenido religioso. Estos espacios no solo ofrecían textos de fe, sino que funcionaban como centros de orientación espiritual, reflexión ética y acompañamiento comunitario. En un país donde la dimensión religiosa forma parte importante del tejido social, la desaparición de estas librerías deja un vacío significativo para miles de personas que encontraban en ellas guía, consuelo y formación.

Las causas de esta situación son múltiples. El avance de lo digital, los cambios en los hábitos de consumo, el alto costo de operación y la falta de políticas públicas que fomenten la lectura, han contribuido a un escenario cada vez más adverso para estos negocios. Sin embargo, aceptar este proceso como inevitable sería un error.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara: ¿qué lugar le estamos dando a la lectura en nuestras vidas? Si los libros dejan de circular, si los espacios que los promueven desaparecen, ¿qué tipo de ciudadanos estamos formando?

No se trata de oponerse al progreso ni a las nuevas tecnologías. Se trata de entender que el acceso a la lectura debe seguir siendo una prioridad cultural. Las librerías físicas ofrecen una experiencia insustituible: el contacto directo con el libro, la recomendación personalizada, la posibilidad de descubrir autores inesperados. Son espacios que invitan a la pausa en medio del ruido cotidiano.

Ante este panorama el cual no solo es a nivel de nuestro país, es urgente una reflexión colectiva. Las autoridades culturales (Ministerio de Cultura), el sector educativo, las empresas privadas y la ciudadanía deben asumir un rol activo en la defensa de estos espacios. Incentivos fiscales, programas de fomento a la lectura, alianzas con escuelas y universidades, y campañas que promuevan el hábito lector podrían marcar la diferencia.

Pero también hay una responsabilidad individual. Cada libro comprado en una librería local es un acto de resistencia cultural. Cada visita, cada recomendación, cada lector nuevo cuenta.

El cierre de librerías en Santo Domingo no debería pasar desapercibido ni asumirse con indiferencia. Es una señal de alerta. Porque cuando una librería cierra, no solo se apaga una vitrina de libros: se apaga, poco a poco, una luz en la vida cultural de la ciudad.

Todavía estamos a tiempo de evitar que ese silencio se vuelva definitivo.