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El Infierno de Silencio / Reyna Cuevas

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Hay un sufrimiento que no se grita, que no se ve, que no se aplaude ni se denuncia. Es un dolor que se esconde detrás de una sonrisa fingida, de rutinas mecánicas o de un “todo está bien” que suena hueco.

Ese lugar de tormento interior es lo que podríamos llamar el infierno de silencio. Los niños lo habitan cuando crecen sin la validación emocional que necesitan, cuando se sienten invisibles o no escuchados, y su alma comienza a apagarse en un silencio precoz.

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Los adolescentes lo experimentan cuando cargan expectativas que no pueden sostener y se sienten incomprendidos en un mundo que les exige rendimiento sin darles espacios seguros para expresarse.

Los jóvenes lo atraviesan cuando las presiones académicas, laborales o sociales les hacen vivir con ansiedad, atrapados entre la prisa y la comparación constante. Y los adultos lo conocen cuando el cansancio acumulado, las responsabilidades sin pausa y la falta de descanso real se convierten en “burnout”, un vacío donde ya no hay fuerzas para seguir, pero tampoco palabras para pedir ayuda.

El silencio, en lugar de ser descanso, se transforma en gritos internos: “no puedo más”, “nadie me entiende”, “debo seguir, aunque me esté rompiendo”. Ese es el infierno que muchos están viviendo hoy: un tormento disfrazado de normalidad. A lo que llamo Infierno de silencio y al reflexionarlo en este día he sentido tristeza.

Sí, una inmensa tristeza por la desesperación de hijos pequeños ilusionados por ir a su primer día de clases y madres desesperadas porque no tienen ni un cuaderno para preparar a sus hijos para ese fin. Tristeza por hombres que dan a sus hijos y esposas lo que hay en su bagaje, pues nadie puede dar lo que no tiene y no todos han obtenido la capacidad de reinventarse.

Hoy podría poner muchos ejemplos, pero expongo con angustia está terrible hipótesis. El hecho de mencionar la palabra «Todo está bien «, no llevará a la gente a sanarse, lo siento por los/as megas positivos/as.

La vida se debe enfrentar positivamente, sí, pero debemos luchar y trabajar buscando esas herramientas, encontrándonos a nosotros mismos, salir del círculo vicioso, que nos llegó por las razones que sean y resurgir… A pesar del sentimiento de tristeza que me embarga hoy (no se quedará mucho, estoy buscando herramientas para aportar y ser parte de la solución y nunca del problema), todo silencio es condena. Existe también el silencio que sana, el silencio que se vuelve oración, escucha y refugio en Dios.

El Salmo 46:10 nos recuerda: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. Ese silencio no destruye, sino que restaura; no aplasta, sino que libera. Y además de Dios, que siempre escucha, aun lo que nunca dijimos en voz alta; también hay personas dispuestas a escuchar y acompañar, ayudarte y a encontrar las salidas. Personas que no tienen todas las respuestas, pero sí un corazón abierto para poner su granito de arena, tender una mano, prestar un oído y recordar que nadie tiene que luchar solo.

El verdadero infierno del silencio no es callar, sino creer que nunca seremos escuchados, que nunca podremos salir de donde estamos. La esperanza que rompe ese infierno es esta: hay un Dios que oye y hay seres humanos dispuestos a caminar con nosotros hasta encontrar la luz.

Les reto a subir la voz conmigo. Vamos a rescatar al caído. Usemos las herramientas que Dios nos ha dado para no quedarnos ni permitir que el cautiverio siga tomando ventaja.

Reyna Cuevas, Me. ED.