
Por Joselin Rivera
Vivimos en una época en la que llamar la atención parece haberse convertido en una forma de poder. Las redes sociales, los medios de comunicación y las nuevas plataformas digitales pueden transformar en figuras públicas, casi de un día para otro, a personas cuyo principal mérito es provocar, escandalizar o entretener. Frente a esta realidad, el escritor Tomás Gómez Bueno publicó recientemente una reflexión crítica en la que advierte sobre el peligro de una sociedad que termina celebrando el escándalo, la vulgaridad y el espectáculo, hasta convertirlos en referentes culturales.
Su preocupación no se limita a quienes producen esos contenidos. Tomás sostiene que también existe una responsabilidad colectiva: somos nosotros quienes ofrecemos atención, aplausos y espacios a determinados modelos. En una reacción posterior, Mauro Vargas profundizó esta idea al señalar que el problema no está solamente en quienes buscan fama a cualquier precio, sino también en quienes, mediante nuestra audiencia y seguimiento, terminamos concediéndoles reconocimiento y poder.
Para quienes confesamos la fe cristiana, esta discusión conduce a una pregunta aún más profunda: ¿qué significa tener verdaderamente a Jesús en el centro de nuestras vidas, familias e iglesias en una cultura fascinada por el espectáculo?
La respuesta puede encontrarse en un momento poco mencionado del inicio del ministerio de Jesús. Mateo 4:1-11 relata que, durante las tentaciones en el desierto, Jesús fue llevado al pináculo del templo. Allí recibió una propuesta aparentemente religiosa: lanzarse desde lo alto y permitir que los ángeles lo rescataran.
Era la oportunidad perfecta para un espectáculo.
El lugar era público y religioso. La acción habría sido extraordinaria. Jesús podía demostrar quién era y provocar admiración inmediata. Sin embargo, se negó.
Este episodio resulta especialmente significativo para nuestro tiempo. Jesús no necesitó convertir su identidad en espectáculo. No utilizó el poder de Dios para impresionar. Su ministerio no estaría determinado por la popularidad, sino por la fidelidad al Padre.
La tentación del pináculo continúa existiendo, aunque hoy adopte otras formas.
Podemos terminar midiendo el éxito por seguidores, visualizaciones, escenarios, reconocimiento, títulos o capacidad de convocatoria. Estas herramientas no son necesariamente malas. Las redes sociales pueden utilizarse para comunicar esperanza, enseñar y servir. El problema comienza cuando dejamos de utilizarlas como instrumentos y permitimos que el reconocimiento ocupe el centro.
El discipulado supone negarnos a nosotros mismos, cargar nuestra cruz y seguir a Jesús, permitiendo que su manera de vivir transforme nuestras decisiones, relaciones y prioridades.
Jesús no vivió buscando prestigio. Anunció el Reino, acogió a los excluidos, enseñó, sanó, defendió al vulnerable y mostró el amor del Padre. Filipenses 2 presenta la misma ruta: Cristo renunció al privilegio, tomó condición de siervo y caminó en humildad y obediencia. La verdadera grandeza del Reino, por tanto, no consiste en ser admirado, sino en servir.
Esta verdad también debe examinarnos dentro de nuestras iglesias.
Podemos denunciar una cultura obsesionada con celebridades y, al mismo tiempo, construir celebridades religiosas. Podemos criticar que todo se convierta en espectáculo mientras transformamos nuestros ministerios en plataformas de protagonismo. Incluso podemos hablar continuamente de Jesús mientras nuestro ego sigue ocupando el centro.
La historia del joven rico en Mateo 19 añade otra dimensión. Aquel hombre era religioso y moralmente responsable, pero Jesús tocó precisamente aquello que ocupaba un lugar demasiado importante en su corazón. No era simplemente un problema de riquezas: había algo que no estaba dispuesto a entregar. Jesús vinculó desprendimiento, solidaridad con los pobres y seguimiento.
Cada generación debe hacerse la misma pregunta: ¿qué compite con Jesús por el centro de nuestra vida?
Puede ser el dinero, pero también el prestigio, el poder, nuestra posición, el control, la seguridad, la imagen pública o incluso el éxito ministerial.
Tener a Jesús en el centro tampoco puede reducirse a una experiencia religiosa privada. Seguirlo significa colocar nuestras relaciones, capacidades, tiempo, recursos y prioridades al servicio de Dios y del prójimo.
Por eso, una familia con Jesús en el centro debe reflejar su manera de amar y perdonar. Una iglesia con Jesús en el centro debe servir, recibir y dignificar. Un ministerio con Jesús en el centro no convierte a las personas en seguidores de una personalidad, sino en discípulos de Cristo.
Frente a la cultura del espectáculo, la respuesta cristiana no consiste simplemente en producir un espectáculo religioso más atractivo.
Nuestra respuesta debe ser otra forma de vivir.
Frente al ego, servicio. Frente a la arrogancia, humildad. Frente a la acumulación, generosidad. Frente a la indiferencia, compasión. Frente a la búsqueda obsesiva del aplauso, fidelidad.
Jesús pudo escoger el espectáculo desde el pináculo del templo y eligió la obediencia.
Por eso quizás la pregunta más importante para este tiempo no sea quién está seduciendo a nuestra sociedad, sino quién ocupa realmente el centro de nuestra vida.
Cuando Jesús está verdaderamente en el centro, nuestras familias, iglesias y ministerios dejan de existir para nuestra propia gloria y comienzan progresivamente a parecerse a Él.
Y tal vez ese sea uno de los testimonios que nuestra sociedad más necesita hoy: no una Iglesia que compita por llamar la atención, sino una comunidad de hombres y mujeres cuya manera de vivir permita reconocer a Jesús.





