
Por. Samuel Guzmán B.
Hay viajes que enriquecen el conocimiento, otros que amplían la cultura y algunos que simplemente permiten descansar. Pero existen viajes que dejan una huella permanente en el alma. Mi reciente visita al Estado de Israel, invitado por la Cancillería de esa nación a través de la Embajada de Israel en la República Dominicana, pertenece a esta última categoría.
Durante varios días recorrí lugares que durante décadas solo había conocido por las páginas de la Biblia. Como cristiano, pastor y comunicador, caminar por esos escenarios representó mucho más que una experiencia turística; fue un encuentro con la historia, con la memoria y con las raíces mismas de la fe que millones de personas profesamos alrededor del mundo.
Uno de los momentos más impactantes fue la visita al Museo del Holocausto. Ninguna fotografía, documental o libro logra transmitir la dimensión del sufrimiento que allí se recuerda. Cada sala, cada testimonio y cada objeto conservado hablan de una de las tragedias más dolorosas de la humanidad. Salí convencido de que preservar la memoria no es un acto del pasado, sino un compromiso con el futuro. Recordar el Holocausto es recordar hasta dónde puede llegar el odio cuando la sociedad guarda silencio.
Pero Israel también invita a recorrer la historia de la esperanza. En Jerusalén tuve el privilegio de caminar por el Monte de los Olivos y el Monte de Getsemaní, donde Jesús vivió algunas de las horas más intensas antes de su crucifixión. Permanecer en aquellos lugares, rodeado de olivos centenarios, invita inevitablemente a la reflexión sobre el sacrificio, la obediencia y el amor que marcaron el mensaje de Cristo.
La visita al Estanque de Siloé fue otro momento profundamente significativo. Allí recordé el milagro del hombre ciego que recuperó la vista, un relato que cobra una nueva dimensión cuando uno contempla el lugar donde ocurrió. Del mismo modo, recorrer la Vía Dolorosa permitió imaginar, aunque sea mínimamente, el camino de sufrimiento que Jesús recorrió hasta el Calvario.
En este viaje también tuve el honor de reunirme junto a los delegados de unas quince naciones, con el presidente de dicha nación Isaac Herzog y con el canciller Gideon Sa’ar. Tambien llevamos a cabo la firma de la Declaración de Jerusalen, un acuerdo a favor de la paz y defensa de la dignidad humana y la libertad religiosa.
Llegar al Jardín de la Tumba fue, quizás, el momento de mayor emoción espiritual. Contemplar la colina conocida como la Calavera y entrar en la tumba vacía donde fue sepultado Jesucristo, produce una sensación difícil de describir con palabras. La tumba vacía sigue siendo el mayor símbolo de la fe cristiana, porque proclama que la muerte no tuvo la última palabra y que la resurrección continúa siendo el fundamento de nuestra esperanza.
En Galilea, la emoción continuó al visitar Capernaum, la ciudad donde Jesús desarrolló gran parte de su ministerio. Allí permanecen los vestigios de la antigua sinagoga donde enseñó, así como la tradicional casa del apóstol Pedro, testigos silenciosos de acontecimientos que cambiaron la historia de la humanidad.
También tuve el privilegio de ver el Mar de Galilea y acercarme al Río Jordán, escenario de acontecimientos fundamentales narrados en las Escrituras. Contemplar esos paisajes permite comprender por qué los relatos bíblicos resultan tan vívidos. La geografía deja de ser una referencia lejana para convertirse en una realidad tangible.
Otro momento inolvidable fue contemplar el histórico rollo del libro de Isaías conservado en el Museo de Jerusalén. Ver de cerca uno de los manuscritos bíblicos más importantes reafirma la extraordinaria riqueza histórica y documental de las Escrituras, cuya preservación a través de los siglos constituye un testimonio excepcional para creyentes e investigadores.
Recorrer la ciudad amurallada de Jerusalén también significó adentrarse en miles de años de historia. Cada calle estrecha, cada piedra y cada rincón reflejan el encuentro de culturas, religiones y civilizaciones que han convertido a esta ciudad en uno de los lugares más trascendentales del planeta. Allí pude caminar por la vía dolorosa que Jesús recorrió con la cruz a cuesta por mi salvación.
Este viaje también me permitió comprender que Israel no es únicamente un destino de peregrinación religiosa. Es una nación que ha sabido preservar su patrimonio histórico mientras se proyecta como una sociedad moderna, innovadora y resiliente. En medio de enormes desafíos, mantiene viva una identidad construida sobre la memoria, la educación y el profundo sentido de pertenencia de su pueblo.
Regresé a la República Dominicana con muchas fotografías, cientos de recuerdos y valiosas amistades. Pero, sobre todo, regresé con una fe fortalecida y una comprensión mucho más profunda del contexto histórico donde se desarrolló el ministerio de Jesucristo. Leer la Biblia después de caminar por esos lugares nunca volverá a ser igual.
Agradezco sinceramente a la Cancillería del Estado de Israel y a la Embajada de Israel en la República Dominicana por la invitación y las atenciones recibidas durante esta enriquecedora experiencia. Más que un viaje, fue una oportunidad para conocer de cerca la historia de un pueblo, valorar la importancia de la memoria y reafirmar las convicciones que han guiado mi vida.
Mi recorrido también me llevó a la majestuosa Ciudad de David, donde pude caminar por el mismo entorno en el que el rey David estableció la capital de Israel hace más de tres mil años. Contemplar las ruinas del Palacio de David fue una experiencia que permitió conectar los relatos bíblicos con la evidencia arqueológica, recordándome que la historia de la fe también está escrita en piedras que han resistido el paso de los siglos.
Uno de los momentos más significativos fue recorrer el Camino de los Peregrinos, la antigua vía por la que miles de judíos ascendían hacia el Templo de Jerusalén durante las grandes festividades. Caminar por ese sendero, preservado bajo la ciudad moderna, despertó una profunda reflexión sobre el compromiso espiritual de quienes, generación tras generación, emprendían aquel recorrido para adorar a Dios.
Igualmente conmovedora fue mi visita al Muro de los Lamentos, el lugar muy sagrado para los Judíos en donde oran. Allí depositan sus plegarias entre las piedras milenarias, me recordó el valor de la oración, la esperanza y la perseverancia de un pueblo que, a pesar de innumerables adversidades, ha mantenido viva su identidad y su fe.
La visita al Museo Friends of Zion (Museo Zion) añadió otra dimensión a esta experiencia. Allí conocí el testimonio de hombres y mujeres de diferentes naciones que, arriesgando incluso sus propias vidas, apoyaron y protegieron al pueblo judío en momentos decisivos de la historia. Este recorrido me hizo reflexionar sobre el poder de la solidaridad, el compromiso con la justicia y la importancia de defender la dignidad humana frente a cualquier forma de odio o persecución.
Cada uno de estos lugares reforzó la convicción de que Israel no es únicamente un destino turístico o un escenario de acontecimientos históricos. Es una tierra donde la arqueología, la historia y la fe convergen de manera extraordinaria, permitiendo comprender con mayor profundidad el contexto de las Escrituras y fortaleciendo la convicción de que la Biblia narra acontecimientos desarrollados en lugares reales, que aún hoy pueden ser recorridos y contemplados.
Hay destinos que se visitan una sola vez. Israel, en cambio, permanece para siempre en el corazón de quien tiene el privilegio de recorrerlo. Te invito a conocerlo.




