
Por Claudia Hernández
En un mundo saturado de teorías de ciencia ficción, conspiraciones intergalácticas y la fascinación por la vida en otros planetas, es fácil perder el norte sobre quiénes somos realmente. Películas y redes sociales nos bombardean con la idea de que podríamos ser avatares en una simulación virtual, descendientes de alienígenas ancestrales o sobrevivientes que llegaron en ovnis.

Sin embargo, cuando abrimos las Escrituras, la verdad disipa cualquier rastro de mito cósmico: somos la obra maestra del Creador.
El fundamento de nuestra identidad se encuentra en el libro de Génesis 1:26, donde Dios dice:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Este pasaje no es una simple metáfora; es el acta de nacimiento de la humanidad. No somos el producto de un experimento marciano ni el resultado de un azar evolutivo. Fuimos diseñados intencionalmente por el Dios soberano del universo.
Nuestra Verdadera Ciudadanía y Responsabilidad
Si de alguna forma existiera otra especie en algún planeta o vida en otra galaxia, es algo que simplemente no sabemos; pero si en algún momento el Creador determinó un sistema de vida en aquellos lugares, con toda certeza Él les dará su propio manual.
Nuestra realidad es muy distinta. El ser humano no fue colocado en Marte, Júpiter, Venus, Saturno, Mercurio, Urano ni Neptuno. Dios nos predestinó desde antes de la fundación del mundo para habitar el planeta Tierra, y nos acogemos plenamente al plan bíblico que nos dirige sobre cómo vivir bien aquí.
Para nosotros, la verdadera urgencia no es mirar al espacio exterior buscando respuestas, sino abrir las Sagradas Escrituras, el manual perfecto que se nos dejó para guiar cada uno de nuestros pasos.
Una Asignación Terrenal
La responsabilidad que tenemos asignada como seres humanos —con nosotros mismos y con nuestros semejantes es tan profunda y demandante que muchas veces ni siquiera alcanzamos a cumplirla en su totalidad. Esa es suficiente tarea para una vida entera.
Nuestra dignidad no proviene de las estrellas, sino de Aquel que las formó con su voz.
Que Dios nos ayude a cumplir nuestro verdadero propósito en la Tierra, honrando el diseño divino, viviendo bajo sus mandatos y reflejando su amor a quienes nos rodean.
Tu valor está sellado desde el principio de los tiempos por el Dios que te sopló vida.




