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Cada paso que damos, Dios lo ve

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Por Samuel Guzmán

Las recientes condenas emitidas por el Primer Tribunal Colegiado del Distrito Nacional, entre las que se encuentra la de una pastora, nos invitan a una profunda reflexión sobre la responsabilidad moral, espiritual y ética de cada ser humano, especialmente de quienes profesamos la fe cristiana.

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Durante décadas, en actividades infantiles en muchas iglesias evangélicas de nuestro país se ha cantado un sencillo pero poderoso coro que dice: “Cada paso que da por la senda del mal, hay un Dios en el cielo que te ve”.  Aunque sus palabras parecen simples, contienen una verdad que nunca pierde vigencia. Dios observa nuestras acciones, conoce nuestras intenciones y sabe quiénes somos cuando nadie más nos está mirando.

Vivimos en una época donde muchas personas se preocupan más por cuidar su imagen pública que por cultivar su integridad privada. Sin embargo, las Escrituras enseñan que tarde o temprano toda obra sale a la luz. Lo que hoy puede parecer oculto, mañana puede quedar expuesto ante los hombres, porque primero ha estado expuesto ante Dios.

La situación que hoy ocupa la atención sobre la cual el juez emitió su sentencia, debe servir de advertencia para todos. No solamente para líderes religiosos, sino para empresarios, políticos, profesionales, funcionarios, empleados y ciudadanos comunes. Nadie está exento de las consecuencias de sus decisiones. El pecado tiene la capacidad de disfrazarse de oportunidad, de negocio conveniente o de amistad provechosa, hasta que finalmente muestra su verdadero rostro.

La Biblia advierte que las malas compañías corrompen las buenas costumbres. Esto no significa aislarnos del mundo, sino ser prudentes respecto a las influencias que aceptamos. Hay relaciones que edifican, pero también hay relaciones que arrastran. Hay amistades que acercan a Dios y otras que nos alejan silenciosamente de Su voluntad.

Asimismo, debemos reflexionar sobre los pecados en los que participamos o toleramos. Algunos piensan que mientras no sean los autores principales de una acción incorrecta, no tienen responsabilidad. Sin embargo, el silencio cómplice, la participación indirecta, el beneficio obtenido de manera indebida o la indiferencia ante la injusticia también tienen implicaciones morales.

La integridad no se demuestra únicamente en los cultos, detrás de un púlpito o frente a una congregación. La verdadera integridad se evidencia en la administración de los recursos, en el manejo de las relaciones, en la transparencia de los negocios y en las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa. O mejor dicho, cuando creemos que nadie nos observa.

Porque la realidad es que siempre hay alguien observando. Dios ve cada paso. Ve nuestras luchas, nuestros aciertos y también nuestros errores. Su mirada no es solamente de juicio, sino también de misericordia. Antes de que lleguen las consecuencias públicas, Él nos llama al arrepentimiento. Antes de la caída, nos advierte. Antes de la vergüenza, nos ofrece la oportunidad de corregir el rumbo.

La lección para la iglesia y para toda la sociedad dominicana es clara: ningún cargo, posición, influencia o reconocimiento coloca a una persona por encima de la ley de Dios ni por encima de las consecuencias de sus actos. La reputación puede construirse durante años, pero la falta de integridad puede destruirla en un instante.

Hoy más que nunca necesitamos hombres y mujeres que comprendan que el verdadero éxito no consiste solamente en alcanzar posiciones de poder o prosperidad material, sino en poder vivir con una conciencia limpia delante de Dios y de los hombres.

Que el viejo coro vuelva a resonar en nuestros corazones: “Cada paso que da por la senda del mal, hay un Dios en el cielo que te ve”.  Y que esa verdad nos motive a caminar por la senda de la honestidad, la prudencia, la justicia y el temor de Dios, recordando que nuestras decisiones presentes siempre tendrán consecuencias futuras.