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Redacción Evidencias
Por décadas, el motoconcho ha sido una alternativa de transporte rápida y accesible para miles de dominicanos. Nadie puede negar que, en muchos sectores populares, los motoconchistas han servido como un puente entre comunidades olvidadas y la movilidad diaria de la gente. Sin embargo, una parte peligrosa y violenta de ese sector ha ido creciendo hasta convertirse en una amenaza real para la convivencia ciudadana en el Gran Santo Domingo.
El caso más reciente ocurrió en El Café de Herrera, donde un chofer del sistema de transporte escolar del Ministerio de Educación fue brutalmente agredido por motoconchistas, resultando herido en el rostro frente a niños aterrados que se dirigían a clases. Según reportes, todo comenzó tras un roce de tránsito con una motocicleta que transitaba de manera imprudente. Lo que debió resolverse con civilidad terminó en violencia colectiva, golpes, amenazas y escenas de pánico para estudiantes y transeúntes. Gracias a la rápida acción de la Policia el responsable está preso junto a unos 100 motoristas mas que intervinieron en el hecho, según la información de la Ministra de Interior y Policia Faride Raful. Estos deben ser sometidos a la justicia ya que atentaron contra un autobus escolar con niños en su interior.

Lo más alarmante no es solamente la agresión. Lo verdaderamente preocupante es la sensación de impunidad que rodea muchos de estos hechos. En numerosos sectores del Gran Santo Domingo, conductores y ciudadanos viven con temor de verse involucrados en un accidente o simple roce con un motoconchista, porque saben que en cuestión de minutos pueden aparecer decenas de motoristas dispuestos a intimidar, golpear o destruir propiedades.
La escena se ha vuelto tristemente común: motocicletas transitando en vía contraria, violando semáforos, desplazándose sobre aceras y reaccionando con violencia ante cualquier reclamo. Muchos ciudadanos prefieren callar antes que enfrentar una posible agresión. El miedo ha comenzado a sustituir el orden.
No se trata de satanizar a todos los motoconchistas. Sería injusto generalizar. Miles de hombres trabajadores salen diariamente a ganarse el sustento de manera honrada. Pero también es cierto que existe un grupo que ha convertido las calles en territorios sin ley, actuando como pequeñas turbas capaces de imponer miedo colectivo.
El problema también evidencia la debilidad de las autoridades. La falta de regulación efectiva, la ausencia de consecuencias ejemplares y el desorden histórico del tránsito han permitido que estas conductas se normalicen. Cuando un ciudadano siente más miedo de un motoconchista agresivo que confianza en la protección policial, estamos frente a una grave señal de deterioro institucional.
Los residentes del Gran Santo Domingo no quieren vivir bajo el terror de grupos violentos que creen tener derecho a actuar por encima de la ley. Hoy fue un chofer escolar herido frente a niños indefensos. Ayer fueron conductores golpeados por accidentes menores. Mañana podría ser cualquier ciudadano.
La sociedad dominicana necesita recuperar la autoridad, el respeto y la convivencia en las calles. Eso implica actuar con firmeza contra quienes utilizan el motoconcho como plataforma para el robo, la intimidación y la violencia. Regular no es perseguir; regular es proteger tanto al ciudadano como al motoconchista responsable que sí trabaja con dignidad.
Si el Estado continúa mirando hacia otro lado, el caos seguirá creciendo. Y cuando el miedo se apodera de las calles, la ciudad entera sentirá que perdió su libertad.




