
Otto Mañón
Hay pueblos donde la clase política compite por convencer, y hay otros donde compite por cerrar la puerta antes de que llegue alguien nuevo. La República Dominicana, con la eliminación legal de las candidaturas independientes, decidió mandar un mensaje bastante claro: aquí se puede hablar mucho de democracia, siempre y cuando la competencia venga empacada, sellada y aprobada por los de siempre. La Ley 13-26, promulgada el 1 de abril de 2026, derogó los artículos 156, 157 y 158 de la Ley 20-23 y reservó las postulaciones a partidos, agrupaciones y movimientos políticos reconocidos por el sistema. No fue un rumor de esquina ni una exageración de redes; fue una decisión formal del poder político.
Lo interesante, y también lo sospechoso, es el contexto. Meses antes, el Tribunal Constitucional, en la sentencia TC/0788/24, había cuestionado los requisitos excesivos para las candidaturas independientes y sostuvo que la Constitución no establece un monopolio absoluto de los partidos sobre toda postulación electoral. Es decir, el tribunal no estaba volando la institucionalidad ni invitando al desorden; estaba diciendo, en esencia, que el sistema no podía seguir actuando como si la democracia fuera una franquicia privada. Y entonces vino la respuesta del poder: si la puerta se entreabre, se le pone candado. Muy fino. Muy elegante. Muy tropicalmente autorreferencial.
Aquí no estamos discutiendo un tecnicismo aburrido para abogados con café frío y ojeras legislativas. Aquí se está discutiendo una pregunta más profunda: ¿de quién es la democracia? ¿De los partidos o del pueblo? Porque si cada vez que surge una posibilidad de participación fuera del menú tradicional el sistema corre a desactivarla, entonces el problema no es jurídico; es moral. El mensaje implícito se vuelve devastador: “usted puede votar, sí, pero no se emocione demasiado con eso de competir”. Y cuando un régimen político le deja claro al ciudadano que puede aplaudir, financiar, soportar y aguantar, pero no necesariamente irrumpir ni desplazar, entonces la democracia empieza a parecerse menos a una república y más a un club con membresía hereditaria.
No nos llamemos a engaño. La defensa obsesiva del monopolio partidario no nace del amor a la institucionalidad, sino del miedo a la competencia real. La clase política tradicional sabe que la desconfianza ciudadana ha crecido, sabe que el descrédito del sistema no se resuelve con jingles, y sabe que una propuesta nueva, aunque imperfecta, podría romper el hechizo del turno rotativo entre apellidos, siglas recicladas y promesas con olor a archivo viejo. Por eso hay tanto nerviosismo con cualquier vía que permita al ciudadano salir del corral. No es miedo al caos. Es miedo al reemplazo.
Y ese miedo es revelador. Porque cuando un sistema se siente legítimo, compite. Cuando se siente fuerte, convence. Pero cuando se siente gastado, administra barreras. La partidocracia dominicana, con demasiada frecuencia, ha confundido representación con propiedad. Se comporta como si el acceso a la candidatura fuera un privilegio concedido desde arriba, no un derecho político que emana de la soberanía popular. Y eso es profundamente dañino, no solo para la vida institucional, sino para el alma cívica del país. Porque el ciudadano termina interiorizando que la política es una finca ajena donde solo puede entrar como votante obediente o como cliente agradecido, pero no como protagonista legítimo.
Desde una perspectiva más seria, incluso pastoral, esto toca un nervio espiritual. Todo sistema humano tiende a cerrarse sobre sí mismo cuando pierde el temor de Dios y el sentido de mayordomía. El poder deja de verse como servicio y comienza a verse como posesión. Se protege, se blinda, se hereda, se maquilla y se justifica. Eso no ocurre solo en palacios nacionales; ocurre en partidos, iglesias, empresas y familias. El corazón humano caído siempre quiere adueñarse de lo que solo debía administrar. Por eso el problema de fondo no es solamente electoral; es antropológico. El hombre sin freno moral termina confundiendo autoridad con control, liderazgo con exclusividad y orden con monopolio.
La Biblia enseña que “el corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos”. Y esa palabra, que suele usarse para la devoción privada, también humilla a la soberbia pública. Ningún grupo, por veterano que se sienta, tiene derecho a tratar la nación como patrimonio interno. Ningún partido puede colocarse por encima del principio de que la autoridad política, en última instancia, debe responder a la verdad, a la justicia y al bien común. Cuando la ley se usa para proteger castas en vez de abrir caminos de responsabilidad, la legalidad misma empieza a vaciarse de honor.
Eso no significa glorificar cualquier outsider, ni pensar que todo lo nuevo es puro por decreto. No. La novedad también puede venir envuelta en vanidad, improvisación o populismo. Pero una cosa es advertir contra los falsos mesías, y otra muy distinta es impedir que el ciudadano tenga cómo desafiar a los viejos faraones. Una democracia madura no teme la competencia; la filtra con reglas justas. Una democracia enferma, en cambio, usa las reglas para impedirla. Y ahí está el retrato.
Lo que ha ocurrido con las candidaturas independientes merece ser leído como señal de algo mayor: la vieja política dominicana no solo quiere ganar elecciones; quiere seguir decidiendo quién tiene permiso de disputar el tablero. Y eso, aunque venga vestido de procedimiento, tiene un aroma demasiado familiar: el del poder cuando empieza a defenderse de la sociedad que dice representar.
Pero por encima de tribunales, partidos, congresos y cálculos de supervivencia, sigue en pie una verdad más alta: las naciones no se sostienen eternamente con astucia, sino con justicia. Y ningún proyecto humano se mantiene para siempre cuando convierte el derecho en peaje y la representación en cerrojo. El hombre puede blindar su sistema por un tiempo; no puede blindarlo contra el juicio de Dios. Por eso hace falta algo más que reforma legal. Hace falta arrepentimiento moral, verdad en el corazón y un regreso sincero al Señor de la historia, porque donde Cristo no reina, tarde o temprano el poder termina adorándose a sí mismo.
Otto Mañón es aspirante a siervo inútil y pastor de Iglesia Casa de Bendición Inc., Marietta, GA.
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