
Por Marlene Lluberes
Confieso que en un primer momento, no tuve ningún deseo de escribir sobre este tema. Mi reacción inicial fue ignorarlo. Lo clasifiqué como una simple provocación, una expresión más de sinvergüencería propia de estos tiempos, y decidí dejarlo a un lado.
Sin embargo, al reflexionar con mayor detenimiento, comprendí que el silencio también puede convertirse en complicidad. Pensé, especialmente, en los jóvenes: en cuántos de ellos podrían quedar atrapados en narrativas engañosas que hoy se presentan como expresiones de identidad, pero que en realidad empujan al ser humano hacia la negación de su propia dignidad. Narrativas que, lejos de elevar, degradan; que no liberan, sino que confunden.
Las Escrituras relatan un episodio revelador que, aunque antiguo, resulta inquietantemente actual. Se trata de Nabucodonosor, emperador de Babilonia, un hombre que llegó a considerarse tan poderoso que pensó no necesitar a Dios. Al contemplar la magnificencia de la ciudad que gobernaba, habló con arrogancia, atribuyéndose a sí mismo la gloria y el mérito de cuanto había sido edificado.
Ese momento marcó un punto de quiebre. Su reino le fue quitado, perdió la razón y fue expulsado de entre los hombres. La Biblia describe que empezó a vivir como una bestia: comía hierba como los bueyes, su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, su cabello creció como plumas de águila y sus uñas como garras. Habitó entre los animales del campo.
No se trató de un mito ni de una exageración poética. Fue una lección severa y profundamente simbólica. La soberbia lo llevó a perder aquello que lo hacía humano. La humillación fue el camino hacia la restauración.
El relato continúa diciendo que un día Nabucodonosor levantó sus ojos al cielo y reconoció que toda autoridad la tiene Dios, El Creador, a quien pertenece la tierra y todo lo que en ella existe. En ese momento, su entendimiento regresó y su reino le fue restituido. La arrogancia lo redujo a una condición bestial; la humildad y el reconocimiento de la soberanía divina le devolvieron la dignidad y el gobierno.
Este episodio bíblico ilumina con fuerza el debate actual. Asumirse como animal y no como ser humano no es una simple moda cultural ni una excentricidad inofensiva. Es, en su raíz más profunda, una rebelión contra el diseño del Creador. Es una forma de decir: “No acepto lo que soy; rechazo la identidad que me fue dada”.
Sin embargo, el libro de Génesis afirma con claridad meridiana que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Esa imagen fue dañada por el pecado, sí, pero es restaurada cuando el hombre vuelve a través de Yeshúa, Jesús al diseño original.
El Salmo 32, en uno de sus versos más contundentes, exhorta a no vivir como el caballo o el mulo, animales sin entendimiento, que solo responden al freno y a la brida. La advertencia es clara: cuando el ser humano renuncia al entendimiento, al discernimiento y a la razón moral, desciende. Y en ese descenso no solo se daña a sí mismo, sino que termina dañando a otros.
La Escritura insiste en que el hombre que vive sin entendimiento se asemeja a las bestias que perecen. No porque el cuerpo humano cambie, sino porque se pierde la consciencia de quién se es. Cuando el ser humano borra de su horizonte el rostro de Dios, comienza a buscar identidad en reflejos cada vez más bajos: emociones pasajeras, símbolos vacíos, la creación misma. Olvida que fue creado para mirar hacia arriba, no hacia atrás.
La Biblia no invita a reinventar la identidad, sino a recordarla. No propone construirnos desde cero, sino regresar al origen. Recuperar la dignidad de haber sido formados a imagen del Creador. La verdadera libertad no consiste en negar lo que somos, sino en ser restaurados —por medio de la verdad y de la Palabra— al propósito para el cual fuimos creados.
Porque, al final, el problema nunca ha sido el cuerpo, ni la mente, ni la historia personal de cada individuo. El problema ha sido siempre el olvido de la identidad, por la lejanía de ‘Elohim, quien nos ama con amor incondicional.
Tal vez, si somos honestos, esta conversación no gira realmente en torno a animales ni a etiquetas modernas. Tal vez habla de algo mucho más profundo: de una generación que clama aunque no siempre lo sepa por saber quién es y por qué existe.
Y aquí es donde emerge una buena noticia que merece ser dicha sin ambigüedades: la identidad no se construye; se recibe. Y solo cuando el ser humano vuelve al Creador deja de preguntarse obsesivamente qué es y comienza, por fin, a comprender para qué fue creado.




