
Por. Samuel Guzmán B.
La construcción de la circunvalación de Baní fue concebida como una solución estratégica para descongestionar el tránsito en el sur del país y dinamizar la economía regional. Esta vía, que conecta de manera más ágil a la provincia Peravia con el resto del territorio nacional, prometía reducir tiempos de desplazamiento y mejorar la seguridad vial. Sin embargo, con el paso del tiempo, la realidad ha sido más compleja y dolorosa, marcada por constantes accidentes de tránsito que han cobrado vidas y encendido las alarmas de la ciudadanía.
Baní, municipio cabecera de la provincia Peravia, ha sido históricamente un punto neurálgico para quienes se desplazan hacia el sur profundo. La circunvalación debía convertirse en un alivio para el casco urbano, pero hoy es escenario recurrente de tragedias. Las estadísticas no oficiales y los reportes de medios locales dan cuenta de múltiples colisiones, vuelcos y atropellamientos, muchos de ellos con consecuencias fatales como la ocurrida el pasado lunes en que una persona falleció.
Parte del problema radica, según denuncias de comunitarios y especialistas en infraestructura, en posibles vicios de construcción que afectan la seguridad de la vía. Señalizaciones deficientes, retornos mal diseñados, iluminación inadecuada en tramos críticos y una planificación que no siempre tomó en cuenta el crecimiento urbano circundante, son elementos que han sido señalados como factores de riesgo. Cuando una carretera presenta fallas estructurales o de diseño, cualquier error humano se magnifica.
No se trata únicamente de la existencia de curvas peligrosas o accesos improvisados; también influye la ausencia de pasos peatonales adecuados y la limitada presencia de reductores de velocidad en zonas donde se han desarrollado comunidades. Una obra de esta magnitud exige no solo una ejecución técnica impecable, sino también una supervisión constante y correctivos oportunos cuando se detectan fallas.
Ahora bien, sería irresponsable atribuir toda la carga de la tragedia a la infraestructura. La imprudencia de muchos conductores es un componente determinante. El exceso de velocidad, los rebases temerarios, la conducción bajo los efectos del alcohol y el irrespeto a las señales de tránsito son prácticas frecuentes en las carreteras dominicanas, y la circunvalación de Baní no es la excepción.
En este contexto, el rol del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT) y de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) resulta fundamental. No basta con diseñar normativas; es imprescindible garantizar su cumplimiento mediante fiscalización efectiva, campañas de educación vial sostenidas y sanciones ejemplares para quienes violen la ley. La percepción de impunidad en materia de tránsito sigue siendo uno de los grandes desafíos del país.
La combinación de posibles deficiencias estructurales y conductas temerarias crea una tormenta perfecta. Una vía con iluminación limitada o señalización poco visible se convierte en un escenario letal cuando es transitada a alta velocidad o sin la debida atención. Cada accidente no es solo una cifra más: representa familias destruidas, niños huérfanos y comunidades marcadas por el dolor.
La circunvalación de Baní debe ser objeto de una auditoría técnica independiente que evalúe su estado actual, identifique puntos críticos y recomiende intervenciones inmediatas. La inversión pública en infraestructura no puede medirse únicamente por kilómetros construidos, sino por la seguridad y calidad de vida que garantiza a los ciudadanos. Corregir errores no es un signo de debilidad institucional, sino de responsabilidad.
Asimismo, urge fortalecer la cultura de respeto a la normativa de tránsito. La educación vial debe comenzar en las escuelas y extenderse a campañas permanentes dirigidas a conductores de vehículos livianos, transporte público y transporte de carga. Sin un cambio profundo en la conducta ciudadana, cualquier mejora estructural será insuficiente.
La circunvalación de Baní no puede seguir siendo sinónimo de tragedia. Es momento de que autoridades, ingenieros, legisladores y la sociedad en su conjunto asuman su cuota de responsabilidad. Solo mediante una acción integral que combine corrección técnica, supervisión rigurosa y transformación cultural se podrá honrar la memoria de quienes han perdido la vida y garantizar que esta vía cumpla, por fin, el propósito para el cual fue construida: servir al desarrollo sin convertirse en una ruta hacia el luto.




