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[POLICristianizando] El evangelio no necesita “Fenómenos”, necesita Cruz

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Otto Mañón

Yo entiendo la tentación de escribir bonito. Entiendo el impulso de ponerle marco académico a un tema que se volvió viral. Entiendo el deseo de sonar “sereno” cuando la iglesia está inquieta. Pero hay serenidades que son pecado, porque no nacen de la mansedumbre del Espíritu, sino de la cobardía de la época. Y cuando un texto pretende explicar un “fenómeno” religioso sin poner a Cristo en el centro, sin medir el mensaje con la Escritura, y sin denunciar la vanidad espiritual que se disfraza de unción, entonces ese texto no es análisis: es barniz.

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El artículo intenta vender la idea de que una consigna pegajosa puede ser “traducción urbana” de la santidad, y que ciertas frases carismáticas pueden entenderse como expresiones culturales de fe. Suena compasivo, suena contextual, suena como quien “comprende”. Pero el evangelio no se prueba con sociología, se prueba con verdad. La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios.

Y si lo que se oye no es Cristo, sino el ego del ministro, el show del momento o la frase del día, no estamos ante una “misionología creativa”, estamos ante una reducción del cristianismo al tamaño de la farándula. No me interesa juzgar a nadie por su estética, ni por su edad, ni por su apariencia.

Eso es carnalidad por el otro lado. Pero sí me interesa me urge juzgar el contenido, porque la Escritura manda probar los espíritus, manda contender por la fe, manda cuidar el rebaño. Y aquí el contenido que se promociona como “ministerio” se parece demasiado a lo que Pablo advirtió: “vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina… y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

No es el barrio lo que está en juicio; es el mensaje. No es la humildad del origen; es la altivez de la plataforma. No es el lenguaje popular; es la ausencia del evangelio. Si una canción repite “clean” y no predica arrepentimiento, no anuncia la cruz, no exalta la santidad de Dios, no presenta a Cristo como Señor, no llama al pecador a huir de la ira venidera y abrazar la gracia, entonces eso no es predicación cantada: es repetición vacía. La santidad bíblica no es un estribillo, es una vida separada para Dios. “Sed santos, porque yo soy santo”.

Y “sin santidad nadie verá al Señor”. ¿Dónde está la ruta bíblica entre la consigna y el Cristo crucificado? Si el puente no existe, el pueblo no está siendo llevado al Señor; está siendo entretenido alrededor de un lema. Y lo del “código” es todavía más grave. Cuando alguien se atribuye claves espirituales, autoridad especial, acceso exclusivo, “llaves” que supuestamente otros no tienen, la alarma doctrinal no es opcional: es obligatoria.

Ese lenguaje coquetea con el gnosticismo práctico, con el misticismo que se presenta como superior a la Palabra, con la manipulación espiritual que crea dependencia hacia la figura, no hacia Cristo. Cristo no dejó “códigos”; dejó un evangelio público, claro y suficiente. Cristo no vendió “claves”; mandó predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados en su nombre. Y cuando alguien se coloca como dueña de accesos al cielo, aun si lo disfraza de humor o de cultura, está usurpando un lugar que solo pertenece al Mediador.

“Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. Todo lo demás es humo. El artículo pide acompañar el fenómeno “sin apagar el fuego”. Esa frase suena espiritual, pero puede ser el eslogan con el que se excusa el desorden. La Biblia sí habla de fuego, pero también habla de extraños fuegos. Habla de celo santo, pero condena el fuego de la carne. Y manda a los pastores a velar.

“Mirad por vosotros, y por todo el rebaño… porque… entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño”. No todo lo que arde es del cielo. A veces arde porque es combustible mundano. Y el que tiene oficio pastoral no puede aplaudir el incendio solo porque la gente se juntó a mirar. Aquí hay otra trampa: confundir “alcance” con “fruto”.

Que algo llegue a muchos no significa que Dios lo apruebe. Multitudes siguieron a Cristo por pan, y lo abandonaron por verdad. Multitudes gritaron “¡Hosanna!” y luego “¡Crucifícale!”. El fruto espiritual no es la viralidad; es la fidelidad. El fruto se mide por doctrina, por arrepentimiento, por humildad, por sujeción a la Palabra, por el testimonio de vida. “Por sus frutos los conoceréis”. Y el mismo Señor advierte que habrá quienes profeticen, echen fuera demonios y hagan milagros, y aun así Él dirá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Así que sí: el criterio no es “mira qué famoso”, sino “mira si Cristo es predicado con verdad y si el mensajero tiembla ante la Palabra”. Lo que me indigna del artículo no es que intente entender un contexto urbano; eso puede ser útil. Lo que me indigna es que usa el contexto como sustituto del discernimiento. Es como decir: “Viene del barrio, por tanto su vulgaridad es autenticidad; su show es misión; su egolatría es carisma; su confusión doctrinal es cultura”. No.

El evangelio no se adapta a la carne para conquistarla; la crucifica para salvarla. El mensaje no se hace mundano para ser relevante; se hace fiel para ser vida. Pablo lo dijo sin maquillaje: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado”. Cuando se cambia eso por espectáculo, por chistes, por frases misteriosas, por “códigos” y por autocelebración, el resultado no es contextualización: es sustitución. Y ahora hablemos del peso de quien escribe. Si el autor es un pastor o una voz con autoridad doctrinal, su responsabilidad es mayor. “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”.

El que enseña debe hacerlo con temor de Dios, no con fascinación por tendencias. Un pastor no tiene permiso para ser tibio cuando el nombre de Cristo está en juego. Judas no pidió “equilibrio”; pidió contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos. Y Pablo no pidió “tolerancia” con otro evangelio; dijo: “Si alguno os predica diferente evangelio… sea anatema”. No por odio, sino por amor a las almas y por celo por la gloria de Cristo. El púlpito es santo. No porque el mueble tenga magia, sino porque la Palabra es santa y el Dios que se anuncia es santo.

Cuando el púlpito se convierte en tarima para engrandecer al hombre, para burlarse con el mundo, para convertir la fe en comedia, o para hacer del cristianismo una marca personal, se está tomando el nombre del Señor en vano. Y el Señor no comparte su gloria. “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. Si el centro es “mírenme”, aunque se diga “Dios” cada dos frases, eso no es adoración; es autopromoción religiosa. No me pidas que sea neutral.

En esto no hay neutralidad. O Cristo es exaltado con claridad, o la carne está tomando el micrófono. O el evangelio llama al pecador al arrepentimiento, o el espectáculo lo anestesia. O la iglesia guarda la doctrina, o termina celebrando lo que el mundo celebra, solo que con un vocabulario “cristianizado”. Y cuando la iglesia pierde el celo, no se vuelve más amable; se vuelve más inútil. Ahora, una precisión pastoral: yo no tengo autoridad para decretar el destino eterno de una persona.

Ese juicio es del Señor. Pero sí tengo deber de advertir: una vida y un ministerio sin temor de Dios, sin sujeción a la Escritura, centrado en el yo, y aliado con el aplauso del mundo, es una señal temible. La Biblia manda examinarnos a nosotros mismos. Y manda a los pastores a confrontar con mansedumbre, sí, pero también con firmeza. Porque el amor bíblico no es permisivo; el amor bíblico protege el rebaño.

Amigo, si tú has confundido el cristianismo con cultura, con show o con frases pegajosas, hoy Cristo te llama a algo más profundo: arrepiéntete y cree en el evangelio. No necesitas códigos; necesitas al Salvador. No necesitas una tarima; necesitas una cruz. Ven a Cristo con tu pecado, tu cansancio y tu orgullo, confiando en que su sangre limpia de todo pecado, y que su gracia transforma de verdad al que se rinde a Él.

Otto Mañón es aspirante a siervo inútil y pastor de Iglesia Casa de Bendición Inc., Marietta, GA. #POLICristianizando.