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El Fideísmo en las Iglesias

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Por: Lucas Rodríguez

En las últimas décadas, hemos visto en muchas congregaciones un fenómeno silencioso pero profundamente peligroso, “la adopción inconsciente del fideísmo”. Esta postura filosófica afirma que la fe es suficiente por sí misma y que la razón, el estudio o la evidencia no son necesarios para sustentarla.

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Aunque suena piadosa, en la práctica ha generado una cultura contraria a lo que Dios nos enseña en Su Palabra. La Escritura es clara cuando nos dice en Romanos 20:17, que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

Esto significa que la fe genuina no surge de la mera emoción ni de un vacío intelectual, sino de un contacto directo y consciente con la verdad revelada en la Palabra. Dios no nos llamó a una fe ciega, sino a una fe informada y fundamentada en Su revelación. Desde Génesis hasta Apocalipsis, Dios se da a conocer a través de palabras, actos y registros históricos.

El Señor no dejó su obra al azar; cada milagro, cada enseñanza, cada profecía cumplida fue documentada con un propósito. El mismo Jesús nos dice en Juan 5:39: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”.

Además, el cristianismo tiene respaldo en fuentes extra bíblicas; existen evidencias históricas como los escritos de Josefo, Tácito, Plinio el Joven y otros que confirman la existencia de Jesús y muchos de los eventos narrados en los Evangelios.

Esto no sustituye la fe, pero sí demuestra que la obra de Dios también ha quedado registrada en la historia humana. Debemos tener presente que 1 Corintios 2:14, nos recuerda que sin la obra iluminadora del Espíritu Santo no podemos interpretar correctamente las Escrituras.

Sin embargo, esto no significa que debamos rechazar el estudio. También Juan 16:13, nos trae a la memoria que el mismo Espíritu que nos guía a toda verdad inspiró a hombres a escribir las Escrituras con palabras precisas, contextos históricos y doctrinas claras.

En 2 Timoteo 2:15, el apóstol Pablo instruyó a Timoteo a Procurar con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. Esta exhortación revela que la madurez cristiana implica esfuerzo intelectual y estudio constante.

Hemos escuchado algunas iglesias expresar que no se necesita estudiar las doctrinas, ya que no estudiarla no decide ni nos afecta en nuestra salvación; el Espíritu Santo es quien nos guía, y con eso es suficiente. Si bien es verdad que el Espíritu Santo guía al creyente, este pensamiento puede ser, sin darse cuenta, un reflejo directo del fideísmo.

La consecuencia es que muchos cristianos se vuelven vulnerables a falsas enseñanzas, manipulación doctrinal y errores que podrían haberse evitado con un conocimiento más profundo de la Palabra. El libro de Oseas 4:6 nos dice que el pueblo de Dios fue destruido, porque le faltó conocimiento. No se trata solo de un conocimiento espiritual en abstracto, sino del entendimiento claro y preciso de la verdad revelada.

En Efesios 4:14 podemos notar que no conocer la doctrina no es una virtud, sino una debilidad que Satanás aprovecha para sembrar confusión. Pedro 3:15 nos exhorta que debemos estar siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. Esto implica no solo tener fe, sino también argumentos claros y fundamentados para sostenerla. La fe bíblica nunca ha sido enemiga de la razón. Al contrario, en Marcos 12:30, Dios nos llama a amarle con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas.

El cristiano maduro no ve la mente como un estorbo, sino como una herramienta que Dios redime y utiliza para Su gloria. Definitivamente el fideísmo, disfrazado de espiritualidad, está debilitando a muchos creyentes. No basta con decir, yo solo sigo lo que el Espíritu me dice, sin contrastarlo con la Palabra, su contexto y su enseñanza doctrinal completa. Dios quiere que tengamos una fe viva, pero también una fe bien fundamentada.

Estudiar la Escritura, conocer la historia de nuestra fe y entender la doctrina no es opcional, es parte del mandato divino. La fe verdadera no teme a la evidencia ni al razonamiento, porque ambos, bien entendidos, nos llevan siempre al mismo lugar, que es a Cristo; como nos dice pablo en 1 Tesalonicenses 5:21, que debemos Escudriñadlo todo; retened lo bueno. Estudiar las escrituras es la vacuna contra las falsas doctrinas y la garantía de una fe sólida que ni el tiempo ni las corrientes filosóficas podrán derribar.