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Una Constitución que valora la familia

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FELIX CARABALLO

La celebración del Mes de la Constitución, coincide con el denominado Mes de la Familia, un punto importante y reconocimiento, honor que la primera le hace a la segunda, pues la Constitución dominicana deja muy claro el valor de la familia.

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Los artículos 37, 55 así lo afirman. El 37 defiende la vida y la familia como fundamentales; el 55 recuerda que la familia es el matrimonio entre un hombre y una mujer, coincidiendo con los principios antiguos y el orden natural del Supremo Creador.

El texto del 2010 consigna la promoción de la paternidad y maternidad responsables donde los padres conozcan y cumplan su misión. Además, está el reconocimiento del Estado al trabajo del hogar como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social, entre otros derechos.

No solo el Estado está llamado a asumir la responsabilidad con esta célula social que es la familia, también la escuela, las iglesias, las ONG, los medios de comunicación y otras que todavía han permanecido en el tiempo, en una sociedad como la nuestra, afectada por la corrupción y la desintegración.

Sin embargo, se necesitan más políticas desde el Estado que favorezcan la estabilidad familiar y se requiere el compromiso de muchas congregaciones de fe en su misión evangelizadora y propagadora de valores, de mensajes de fe y esperanza ante los modernos desafíos que enfrentan grandes y chicos.

En definitiva, sin familia con valores no hay posibilidad de construir una sociedad decente que pueda seguir funcionando; hay que abogar para que la norma suprema y las buenas costumbres puedan seguir cobrando sentido y permanencia.

Hoy la familia se encuentra bajo ataque de múltiples factores, empezando por los constantes intentos de grupos minoritarios que quieren establecer patrones de conductas que son normales para la mayoría; que consideran que la multiplicación de sus miembros es una amenaza o que luchan contra el orden natural de esta (hombre-mujer), algo que molesta y hasta cierto sentido crea resistencia.

Hay que luchar contra la influencia de los medios de comunicación, de la música, las compañías de entrenamiento que promueven mensajes subliminales donde la promiscuidad y el ocultismo son normales, que convierten a niños, niñas y adolescentes en seres manipulables, no críticos ni pensantes.

Enfrentamos a enemigos que quieren desnaturalizarla, permitiendo otros tipos de uniones civiles, agentes que coartan la libertad de expresión, que hacen resistencia y manifiestan un totalitarismo que arremete contra los derechos fundamentales. En resumidas cuentas, la guerra no se trata de discusiones meramente políticas o económicas, sino de un desafío de marca mayor.

Lo esencial, sin embargo, es que las personas, los ciudadanos, los poderes públicos en general, empezando por los padres y las madres, comprendan el deber de trabajar para fortalecer el núcleo fundamental que es la familia, para defenderla de todas las amenazas.

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