
Será que cada tiempo, independientemente del momento tecnológico en el que se encuentre el ser humano, queda definido no solo por lo que se escribe sino con lo que se escribe y cómo se escribe. Será…
Últimamente, para escribir, he regresado a las plumas estilográficas, porque no me dejan escribir deprisa, porque me obligan a trazar mejor las letras y me devuelven a la belleza de la caligrafía, cuando escribir era independientemente de lo que se comunicara – un arte. Es como el que se quita los zapatos para sentir la tierra. En este caso, sentir la letra, su proceso, su textura, sus líneas y giros, incluso el sonido que produce cada trazo en el
papel.
La estilográfica también me lleva a elegir con más cuido y calma el cuándo y el dónde escribir. Para la guerra del periodismo usaba el bolígrafo y la grabadora. Pero eso fue cuando ejercía de periodista y era un soldado de la comunicación dispuesto cada día para la batalla de los medios contra el ciudadano. Esto de la estilográfica, sin embargo, pertenece al inquieto silencio de la literatura, a la anónima respiración que se suspende en el aire, no solo cuando llega una coma sino en cada pausa, entre palabra y palabra, incluso entre letra y letra. No queda lugar para la prisa.
Antes coleccionaba estilográficas. Y como las más bellas no suelen ser muy accesibles, felizmente me conformaba con la colección que una revista regalaba. Así pude disfrutar de imitaciones de Parker, Montblanc, Waterman y Sheaffer. Eran reproducciones muy bien hechas y venían acompañadas de un fascículo donde se describía sus características e historia. Cada pluma estilográfica tiene un origen y un camino, pero el origen de todas es árabe, una civilización a la que debemos, entre otras bellas aportaciones, la precisión y armonía de su caligrafía.
Hoy en el autobús le cedí el paso a una señora y su hija. Pase – le dije – no llevo prisa. Y me miró raro. Es que escribo con pluma estilográfica, añadí. Y me miró aún más raro. Confirmado entonces que no tener prisa y escribir con estilográficas es raro, una expresión de la inútil belleza de la lentitud.
Tomás Rubio
El autor es escritor y profesor de teatro. Recientemente ha publicado “DIARIO DE UN PADRE ADOPTADO” , una selección de escritos que retratan el viaje de un hombre en la retadora tarea de convertirse en papá. En sus páginas encontramos reflexiones sobre el sistema educativo, la inclusión, la discapacidad y la niñez; y donde el autor busca darle voz a los niños que le han
adoptado como padre. (Si desean un ejemplar pueden pedirlo al 809 473 7525 y se lo llevan a casa).





