
Samuel Reyes Raposo
samuelreyes7@hotmail.com
Samuel Reyes Raposo
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SAMUEL REYES RAPOSO
En La Tercera Revolución Educativa, el Dr. David Marshall titula el capítulo 17 “La Caída de la Educación Americana” y plantea preguntas que, aunque nacen en otro contexto, resultan muy cercanas a la realidad dominicana: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde claridad sobre el propósito de educar? ¿Estamos formando personas o simplemente produciendo estudiantes que avanzan de un grado a otro?
Una educación puede tener currículo, tecnología, edificios, libros, plataformas digitales y miles de docentes, y aun así no alcanzar su verdadero propósito. Educar no consiste solamente en transmitir información. Significa desarrollar conocimientos, pensamiento crítico, carácter, responsabilidad, creatividad y capacidad para convivir y transformar la sociedad.
Uno de nuestros grandes desafíos es recuperar al maestro como profesional del conocimiento. El docente no es un simple ejecutor de programas, formularios, indicadores y actividades. Necesitamos devolverle autoridad intelectual, autonomía pedagógica y reconocimiento social.
También debemos preguntarnos si hemos confundido educación con escolarización. Tener un certificado no necesariamente significa poseer las competencias que ese certificado debería representar.
Los datos obligan a mirar esta realidad de frente. En la Evaluación Diagnóstica Nacional de tercer grado de primaria de 2022, apenas el 17% de los estudiantes alcanzó el nivel satisfactorio en Lengua Española y el 18.8% en Matemática.
PISA 2022 también ofrece una señal importante: aunque República Dominicana mejoró respecto de 2018 en Matemática, Lectura y Ciencias, el desempeño continúa muy por debajo del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Solo el 25% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel 2/6 en Lectura y apenas el 8% lo hizo en Matemática.
Una nación cuyos jóvenes tienen dificultades para comprender un texto, argumentar, interpretar información y resolver problemas complejos enfrenta mucho más que un problema escolar. Enfrenta un problema para su desarrollo.
La educación tampoco puede reducirse a Matemática, Lengua Española, Ciencias o tecnología. Una escuela que enseña mucho, pero forma poco, deja incompleta su misión. Necesitamos educar para la responsabilidad, la honestidad, el esfuerzo, la solidaridad y el compromiso con el bien común.
La universidad dominicana también tiene una responsabilidad. No puede limitarse a otorgar títulos. Debe producir conocimiento, formar pensamiento crítico, investigar los problemas nacionales y contribuir activamente a su solución y al desarrollo nacional.
No necesitamos simplemente otra reforma educativa; necesitamos recuperar el propósito de educar. Necesitamos una misión educativa que coloque nuevamente en el centro al estudiante, pero también al maestro; el conocimiento, pero también el carácter; la tecnología, pero también el pensamiento; la certificación, pero, sobre todo, el aprendizaje. La Ley General de Educación 66-97, en su artículo 4, establece principios que deben orientar la educación dominicana, incluyendo la formación fundamentada en valores y principios cristianos. Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto estos principios han sido realmente asumidos y aplicados en nuestro sistema educativo? Porque una cosa es declarar principios en una ley y otra muy distinta es convertirlos en prácticas cotidianas dentro de nuestras aulas.
La pregunta fundamental no es cuánto hemos invertido en educación. La pregunta es mucho más profunda: ¿En qué clase de nación se está convirtiendo la República Dominicana como resultado de su educación? La respuesta determinará, en buena medida, nuestro futuro.





