
JOSELIN RIVERA
Durante décadas, los esfuerzos alrededor de la Biblia en la República Dominicana se concentraron en garantizar su presencia en hogares, iglesias y escuelas. Sin embargo, el desafío actual ya no es principalmente el acceso, sino lograr que la Biblia sea leída, comprendida, dialogada y llevada a la vida, especialmente por las nuevas generaciones.
La experiencia de la Ley 44-00 sobre Lectura e Instrucción Bíblica en las Escuelas deja una importante enseñanza. Aunque fue promulgada en el año 2000, posteriormente no se desarrollaron suficientemente los reglamentos, metodologías, materiales y planes necesarios para garantizar su implementación efectiva. El problema, por tanto, no consiste únicamente en conseguir un espacio legal para la Biblia, sino en desarrollar una estrategia que forme lectores.
Esta preocupación adquiere mayor relevancia a la luz de The Open Generation, investigación internacional de Barna Group realizada con casi 25,000 adolescentes de 13 a 17 años en 26 países. Aunque República Dominicana no formó parte de esa muestra, sus hallazgos ofrecen pistas importantes. Entre las principales barreras que experimentan los adolescentes ante la Biblia aparecen la distracción y la dificultad para comprender lo que leen. Al mismo tiempo, la investigación destaca la importancia del acompañamiento de padres, pastores y otras personas significativas.
Esto indica que necesitamos pasar de la lectura obligatoria a la lectura significativa y comunitaria. No basta con entregar Biblias, leer capítulos rutinariamente o memorizar versículos. Se requieren metodologías participativas mediante las cuales niños, jóvenes y adultos puedan leer un texto, formular preguntas, expresar dudas, relacionarlo con su realidad y preguntarse cómo sus enseñanzas pueden transformar su manera de vivir.
Esta responsabilidad corresponde a diferentes niveles. Las familias deben crear espacios sencillos de conversación alrededor de la Biblia. Las iglesias necesitan fortalecer estudios participativos, pequeños grupos y procesos de formación que conecten conocimiento con práctica. Los colegios cristianos pueden convertirse en laboratorios de buenas prácticas, desarrollando metodologías que posteriormente puedan ser replicadas. Las universidades y organizaciones bíblicas deben investigar, formar facilitadores, producir materiales y evaluar resultados.
También resulta pertinente una articulación permanente entre instituciones, siempre que no se limite a organizar actividades alrededor del Día de la Biblia. Su objetivo debería ser promover durante todo el año una verdadera cultura de lectura bíblica.
En los espacios sociales plurales, este esfuerzo tampoco debe confundirse con adoctrinamiento. Existen valores fundamentales del cristianismo —amor al prójimo, dignidad humana, justicia, misericordia, honestidad, reconciliación, solidaridad, servicio y paz— que pueden convertirse en puntos de encuentro para construir mejores comunidades.
Finalmente, quiero mencionar las preguntas formuladas por mi hermano y amigo José Ramón Rodríguez deben convertirse en criterios de evaluación: ¿todos los evangélicos leen su Biblia? ¿Nuestra conducta refleja realmente aquello que decimos creer? ¿Nuestros estudiantes, profesionales, familias e iglesias constituyen referentes para la sociedad?
La República Dominicana no necesita solamente más Biblias disponibles. Necesita más lectores: lectores personales y comunitarios, capaces de comprender, dialogar y vivir aquello que leen.
Porque la pregunta definitiva no es cuántas Biblias hemos distribuido, sino: ¿se nota en nuestra manera de vivir que hemos leído la Biblia?





