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La enseñanza que me ayudó cuando más la necesitaba

Eduardo Baez
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Por Julio Polanco

A veces la vida nos deja lecciones que tardan años en mostrar su verdadero valor.

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Cuando era joven y asistía a la iglesia Asamblea de Dios en San Juan de la Maguana, un hermano de la congregación llamado Eduardo Báez decidió impartir un curso de fotografía para los jóvenes. En aquel momento probablemente ninguno de nosotros imaginaba el alcance que tendría aquella iniciativa.

La fotografía de esos años era muy diferente a la actual. No existían teléfonos inteligentes ni cámaras digitales accesibles para todo el mundo. Había que aprender sobre iluminación, composición, enfoque y manejo de cámaras de rollo. Cada fotografía requería conocimiento, paciencia y práctica.

Movido por la curiosidad y el deseo de aprender, participé en aquel curso. Eduardo Báez compartió con nosotros sus conocimientos de manera desinteresada, sembrando habilidades y valores en un grupo de jóvenes que apenas comenzábamos a construir nuestro futuro.

Con el paso del tiempo, la vida siguió su curso. Llegaron nuevas responsabilidades, trabajos, proyectos y desafíos. La fotografía quedó como un recuerdo agradable de mi juventud. Pensé que aquel aprendizaje había cumplido su propósito y que probablemente nunca volvería a utilizarlo de manera significativa.

Sin embargo, Dios tenía otros planes.

Pasaron casi treinta años. En una de las etapas más difíciles de mi vida, atravesaba una situación económica complicada. Como ocurre en muchos momentos de incertidumbre, las oportunidades parecían escasas y las preocupaciones abundaban.

Fue entonces cuando surgió una oportunidad laboral en una institución ubicada en Dajabón. La posición era como fotógrafo.

De inmediato recordé aquellas clases impartidas por Eduardo Báez décadas atrás. Aunque la tecnología había evolucionado enormemente, los fundamentos seguían siendo los mismos. Lo que había aprendido siendo un joven en la iglesia todavía estaba allí, guardado en mi memoria.

Gracias a aquella formación pude desempeñarme en el puesto y generar ingresos en un momento en que realmente los necesitaba. Aquello que parecía una enseñanza olvidada se convirtió en una herramienta para ganarme la vida cuando más falta me hacía.

Ese día comprendí una gran verdad: nunca sabemos cuándo una enseñanza recibida hoy será la respuesta a una necesidad futura.

Por eso quiero expresar públicamente mi agradecimiento a Eduardo Báez. Tal vez cuando impartió aquel curso no imaginó que estaba sembrando una semilla que daría fruto casi tres décadas después. Pero así ocurrió.

Su disposición para enseñar, compartir conocimientos y dedicar tiempo a los jóvenes tuvo un impacto mucho mayor del que cualquiera de nosotros podía prever.

Esta experiencia me ha enseñado que ninguna capacitación es inútil, ningún aprendizaje es una pérdida de tiempo y ningún esfuerzo por enseñar a otros cae en terreno estéril.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que aquel curso de fotografía no solo me enseñó a tomar imágenes. Me enseñó que el conocimiento es una inversión que puede permanecer dormida durante años, esperando el momento exacto para cambiar una vida.

Y en mi caso, ese momento llegó casi treinta años después, en Dajabón, cuando más lo necesitaba.

Gracias, Eduardo Báez, por haber sembrado una semilla cuyo fruto llegó mucho tiempo después, pero justo en el momento indicado.