
Por. Samuel Guzmán
En tiempos donde las palabras pesan más que nunca, el silencio o la ambigüedad también comunica. Y cuando quien habla es una figura de influencia masiva como Dante Gebel, el impacto de sus declaraciones trasciende lo personal para instalarse en el terreno público, ético y teológico.

Recientemente, en una entrevista que ha generado amplio debate, Gebel optó por una postura que muchos han calificado como evasiva frente a temas sensibles como el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ante preguntas directas, respondió que no se ubica “ni a favor ni en contra” del aborto y que, aunque posee convicciones personales, estas no deberían convertirse en leyes de Estado.
A primera vista, su planteamiento parece conciliador: un intento de separar la fe personal del ejercicio del poder político. De hecho, insistió en que un eventual gobernante debe “gobernar para todos” y no imponer su cosmovisión religiosa. Sin embargo, esta postura abre un debate más profundo: ¿puede un líder cristiano de alto perfil mantenerse en una zona gris frente a temas que bíblicamente e históricamente han sido definidos con claridad por la doctrina que dice representar?
El problema no radica únicamente en lo que dijo, sino en lo que dejó de decir. En contextos donde la verdad se relativiza y las convicciones se diluyen en discursos políticamente correctos, la ambigüedad puede interpretarse como prudencia… o como falta de firmeza. Y en el ámbito pastoral, esa diferencia no es menor.
Gebel no es un actor político tradicional. Es un comunicador, predicador y referente espiritual para miles de personas dentro y fuera de América Latina. Por tanto, su voz no se mide solo en términos de estrategia política, sino también de coherencia moral.
Cuando un pastor evita definiciones claras sobre asuntos éticos fundamentales, corre el riesgo de generar confusión entre quienes buscan orientación.
Ahora bien, vivimos en sociedades plurales donde la relación entre fe y política es cada vez más tensa. Gobernar como él mismo sugiere implica representar a creyentes y no creyentes, a quienes comparten sus valores y a quienes los rechazan. En ese sentido, su planteamiento de no imponer convicciones religiosas desde el Estado tiene un fundamento democrático válido, pero no así desde su condición de pastor, de creyente hijo de Dios.
Pero aquí surge la tensión central: una cosa es no imponer, y otra muy distinta es no definir. La historia muestra que los líderes que intentan quedar bien con todos terminan siendo cuestionados por todos. La ambigüedad puede ser una estrategia útil en política, pero resulta problemática en el liderazgo espiritual, donde se espera claridad, dirección y, sobre todo, coherencia.
En definitiva, el caso de Dante Gebel refleja un dilema mayor que atraviesa a muchos líderes contemporáneos. Su intento de equilibrio entre fe y gobernabilidad puede ser visto como sensato o como insuficiente, dependiendo del lente con que se mire.
Lo que sí es claro es que, en temas donde la sociedad busca orientación y no solo opiniones, la ambigüedad no suele ser el mejor camino. Porque cuando un líder habla sin definirse, otros terminan definiendo por él.




