
El caso de Deivy Abreu, el chofer grabado mientras se desangraba en Santiago evidencia el deterioro ético de una comunicación que prioriza la viralidad sobre la dignidad humana.
Por Erika Oviedo (Periodista/Mentora en comunicación)

En la carrera por la primicia y en el deseo de ser reconocidos, hemos cruzado una línea peligrosa: la de grabar antes de ayudar. La difusión del video de un chofer de camión en Santiago, entrevistado mientras se desangraba tras la agresión de unos motoristas, no solo estremeció por su crudeza, sino por lo que revela: una sociedad donde la viralidad está por encima de la humanidad.
Cuando informar deja de ser humano
Vivimos en una era donde todo se registra y todo se comparte. Un accidente ya no es solo un hecho trágico: es contenido potencial. Un momento de dolor ya no se resguarda: se expone. Y en medio de esa lógica, lo urgente ha dejado de ser ayudar… para convertirse en grabar.
El caso del chofer en Santiago es una evidencia dolorosa de esta realidad. Mientras su vida se apagaba, alguien decidió encender una cámara. Mientras necesitaba ayuda, recibió preguntas. Mientras su familia aún no sabía lo ocurrido, su agonía ya circulaba en redes sociales.
La pregunta no es solo qué pasó. La pregunta es: ¿cómo permitimos que pasara?
La delgada línea que cruzamos
No todo lo que se puede grabar, se debe publicar. No todo lo que impacta, aporta. No todo lo que se vuelve viral, informa.
Ese video no cumplió una función social. No educó, no previno, no orientó. Solo expuso el momento más vulnerable de un ser humano sin ningún tipo de resguardo ético.
Se ha desdibujado la línea entre informar y explotar. Y cuando eso ocurre, dejamos de ejercer comunicación para entrar en el terreno del morbo.
Porque grabar a alguien mientras agoniza no es periodismo. Es una forma de violencia.
La cultura del “yo lo subí primero”
En periodismo se habla del “palo noticioso”, una primicia, una noticia exclusiva o de alto impacto que un medio divulga antes que el resto. Esto bajo criterios profesionales: objetividad, investigación, estar documentado, verificación. Sin embargo, hoy parece importar más quién publica primero que quién comunica mejor. La primicia se ha convertido en un objetivo que justifica casi cualquier acción, incluso aquellas que atentan contra la dignidad humana.
En ese contexto, la empatía estorba. La pausa incomoda. La reflexión retrasa.
Y así, sin darnos cuenta, hemos construido una cultura donde: grabar vale más que ayudar, publicar vale más que verificar y viralizar vale más que empatizar.
Pero cada vez que elegimos grabar en lugar de asistir a otros en dificultad, estamos tomando una decisión que va más allá de lo digital: estamos definiendo quiénes somos como sociedad.
Recuperar el sentido de lo humano
La comunicación no puede desligarse de la ética. No puede convertirse en un ejercicio frío donde el otro es solo una historia que contar, sin importar el costo.
Comunicar implica responsabilidad. Implica entender que detrás de cada imagen hay una persona, una familia, un contexto. Implica saber cuándo hablar… y cuándo callar.
Casos como este deberían llevarnos a replantear nuestras acciones, no solo como comunicadores, sino también como ciudadanos y como audiencia. Porque el problema no es solo quien graba, sino también quien consume y comparte sin cuestionar.
La verdadera pregunta que deja este hecho no es por qué ese video se hizo viral, sino por qué alguien sintió que era correcto grabarlo.
No se trata de ir más rápido. Se trata de ser más humanos.
Ninguna primicia, ningún titular y ningún “like” debería costarle a alguien su dignidad. Y cuando entendamos eso de verdad, quizás empecemos a reconstruir una comunicación que no solo informe… sino que también cuide.
Porque cuando la vida de una persona se convierte en contenido, hemos dejado de comunicar… y hemos empezado a fallar como sociedad.




