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Estrecho de Ormuz, Trump y el perfume de Babilonia

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Moisés O. Mañón-Rossi | OMCN
EVIDENCIAS

El presidente Donald Trump elevó este martes la presión sobre Irán al lanzar un ultimátum público relacionado con la reapertura del Estrecho de Ormuz. Reuters y AP reportaron que Trump advirtió que “una civilización entera morirá esta noche” si no se llega a un acuerdo dentro del plazo fijado por Washington, en medio de una crisis que ya sacude el comercio energético mundial y ha encendido reacciones diplomáticas de alto nivel.

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La gravedad del momento se amplificó porque el Estrecho de Ormuz sigue siendo una ruta crítica para el tránsito mundial de petróleo. Reuters citó a la EIA al señalar que, aun si la vía se reabre, los precios de combustibles podrían seguir altos durante meses; además, Rusia y China vetaron en la ONU una resolución sobre protección del transporte comercial en la zona. También hubo condenas del papa León XIV y de autoridades europeas por el lenguaje empleado por Trump y por el riesgo de ataques contra infraestructura civil.

A continuación, mi opinión Ottoniana…

ORMUZ, TRUMP Y EL PERFUME DE BABILONIA

Hay momentos en que la historia no avisa: irrumpe. Y cuando un presidente de Estados Unidos habla en términos de la desaparición práctica de una civilización entera por una arteria marítima cerrada, ya no se está viendo solo diplomacia dura. Se está viendo algo más inquietante: la tentación de creer que la fuerza desnuda puede salvar al mundo. Eso, claro, siempre se vende como firmeza. Pero muchas veces se parece más a soberbia con traje que a verdadera sabiduría de Estado.

Lo de Trump no puede despacharse como simple bravuconería de campaña. Tiene consecuencias. No solo por lo que podría pasar en el terreno militar, sino por el lenguaje moral que instala. Cuando un líder empieza a hablar como si una nación completa pudiera convertirse en un borrón geopolítico, el planeta escucha, los mercados reaccionan y los enemigos ideológicos toman nota. Reuters y AP muestran que la frase provocó condenas internacionales inmediatas, no por delicadeza artificial, sino porque normaliza lo que hace poco habría parecido impensable.

Pero el problema no termina en Irán. El problema sigue con todo lo que rodea el fenómeno. Porque cuando el sistema no puede destruir a un hombre, intenta destruir todo lo que, según su relato, hizo posible su ascenso. Y ahí la cosa se pone seria para la familia, para la iglesia y para el cristiano que todavía cree que la verdad no se negocia para resultar simpático. No hace falta que medio planeta ame a Trump para que medio planeta termine odiando más intensamente todo lo que huela a orden moral, patria, autoridad, límites, verdad objetiva, sexualidad bíblica y fe pública. Basta con que logren mezclarlo todo en la misma licuadora propagandística.

Ese mecanismo no es nuevo. Es la vieja psicología de masas con mejor tecnología. La multitud asustada no solo quiere culpables; también quiere versiones simplificadas de la realidad. Y cuando las cosas se ponen tensas, la cultura aprende rápido a confundir al creyente serio con el extremista, al padre responsable con el opresor, al pastor fiel con el fanático y a la iglesia con un obstáculo para la nueva paz administrada por burócratas, tecnócratas y salvadores de turno. El pecado siempre ha tenido una habilidad casi artística para caricaturizar la santidad.

Por eso no sería extraño que crisis como esta terminen alimentando un rechazo más agresivo contra el cristianismo bíblico. No porque Trump sea el centro de la escatología, ni porque la iglesia deba casarse con un partido, sino porque el mundo detesta cualquier estructura moral que le recuerde que no puede jugar a ser dios sin consecuencias. Y en tiempos de miedo esa hostilidad suele vestirse de palabras elegantes: seguridad, estabilidad, paz, regulación, tolerancia, control del extremismo, combate a la desinformación. El empaque cambia; la rebelión sigue siendo la misma.

Aquí es donde muchos se aceleran y empiezan a leer Apocalipsis como si cada titular viniera con sello profético automático. Hay que respirar. La Biblia no menciona a Estados Unidos de forma explícita. Ese silencio ha abierto varias posibilidades: que decline, que sea absorbido dentro de un bloque mayor, que pierda su centralidad histórica o que su identidad profética quede diluida en una estructura más amplia de poder y comercio. Nada de eso puede proclamarse hoy como dogma final, pero tampoco debe descartarse con ligereza patriótica.

Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿podría Estados Unidos parecerse a Babilonia? Si se responde con honestidad, la respuesta es que reúne rasgos inquietantes. El país que durante generaciones envió misioneros al mundo también exportó pornografía, entretenimiento degradante, arrogancia imperial, consumismo militante y una idea de progreso que muchas veces parece perfume caro sobre un cadáver moral. Esa mezcla no obliga a decir, con certeza cerrada, que Estados Unidos sea la gran ramera de Apocalipsis. Pero sí obliga a reconocer que tiene rasgos babilónicos que estremecen.

Porque Babilonia no es solo una ciudad con simbolismo profético. Babilonia es un sistema seductor. Es el orden que embriaga a las naciones con lujo, comercio, inmoralidad y soberbia espiritual. Es poder que compra conciencias. Es cultura que vende veneno con empaque premium. Es religión prostituida al poder cuando conviene. Es riqueza sin arrepentimiento. Y cuando se mira a Occidente, especialmente a su gran escaparate americano, cuesta hacerse el ciego sin terminar haciendo el ridículo.

Eso no significa que deba gritarse mañana que Washington es la ramera y que todo acabó anoche. Significa algo más serio: que el espíritu de Babilonia ya camina entre las naciones con zapatos finos, discurso sofisticado, algoritmos brillantes y hambre de control. Y si un día Estados Unidos cae, se reduce o se diluye dentro de otro orden más grande, no será necesariamente porque Apocalipsis se olvidó de mencionarlo, sino porque ningún imperio humano es demasiado grande para desaparecer del centro del escenario cuando Dios decide mover el telón.

La lección final no es adivinar más rápido que nadie. Es discernir mejor. Las naciones se embrutecen, los líderes se engrandecen, el comercio mundial tiembla, los pueblos aceptan casi cualquier barbaridad si se la ofrecen como precio de la estabilidad, y la iglesia tendrá que decidir si sigue al Cordero o al administrador más convincente del caos. Ahí se verá quién tenía convicciones… y quién solo tenía preferencias.

Otto Mañón es aspirante a siervo inútil y pastor de Iglesia Casa de Bendición Inc., Marietta, GA. Fuente base: Reuters y Associated Press, 7 de abril de 2026.