
Joselín Rivera
El Viernes Santo sumerge a nuestra nación en una quietud que trasciende lo humano. En nuestra tierra, siempre vibrante y llena de cantos, este día se impone como un sagrado paréntesis de respeto; las calles se vacían y el bullicio del mundo se apaga para dar paso al lenguaje del espíritu: el silencio.

Sin embargo, para nosotros, el pueblo de Dios, esta calma no es un vacío sin sentido ni un simple descanso civil, sino un tiempo de gracia para escuchar aquello que el ruido de la vida cotidiana nos impide oír. Es necesario reconocer, con la humildad de quien se sabe necesitado, que el silencio de Dios puede ser una prueba dolorosa para el alma. Los Salmos están marcados por el clamor de hombres y mujeres que, ante la injusticia y el dolor, sintieron que el Cielo callaba.
El Viernes Santo encarna esa misma tensión: la experiencia de sentir la ausencia de Dios mientras el corazón gime por una respuesta de esperanza. Como nos recuerdan las voces proféticas de nuestra fe, debemos estar atentos para que el silencio no sea algo impuesto a los más débiles, sino un refugio de libertad. Contemplamos hoy el silencio de nuestro Señor Jesús ante sus jueces.
No fue un silencio de derrota o de temor, sino un silencio de soberanía divina. Es el silencio del Justo que, al no someterse a los juicios de este mundo, se entrega por amor a la voluntad del Padre.
Como nos enseña el Eclesiastés, hay «un tiempo para callar y un tiempo para hablar», y este Viernes Santo es nuestro tiempo para callar ante la majestad de la Cruz; no por conformismo, sino como un acto de santa resistencia frente a las distracciones de este siglo. Que esta quietud sea para cada uno de ustedes una oportunidad para escribir su propia «biografía del silencio», un espacio donde el Espíritu Santo ministre salud a su mente y consuelo a su corazón.
Al callar nuestras propias voces, permitimos que el mensaje de la Cruz resuene con toda su fuerza salvadora en nuestro interior. Les invito a aprovechar la paz de este día para meditar profundamente en el sacrificio de nuestro Señor en el Calvario. Solo en la quietud de la oración podemos alcanzar a comprender la inmensidad de un amor que, siendo Rey, aceptó el madero para darnos vida eterna.
Que este tiempo de reflexión nos prepare para recibir con gozo la luz de la Resurrección, habiendo sanado primero nuestras heridas a los pies del Crucificado.




