
Por: Erika Oviedo
(Mentora en Comunicación/Periodista)
La reciente aparición de la artista con el seno descubierto en la alfombra de Premios Lo Nuestro abrió nuevamente un debate que va más allá del espectáculo. No se trata del vestido o de la ausencia de él, sino del discurso que se activa para justificarlo y de cómo ese discurso moldea la sensibilidad colectiva.

Cuando el lenguaje se convierte en maquillaje En los últimos años hemos visto cómo ciertas expresiones, que antes generaban
rechazo inmediato, se presentan ahora bajo nombres que buscan suavizar su impacto: “performance”, “concepto”, “ruptura”, “identidad estética”. Y mientras más sofisticado
suena el término, más fácil parece digerir la acción.
Pero en comunicación hay un principio que nunca falla: las palabras no solo describen la realidad, también la moldean.
Por eso, cuando a la vulgaridad la bautizamos como “estética disruptiva”, no estamos analizando, estamos justificando. No estamos interpretando, estamos normalizando.
La narrativa que convierte lo cuestionable en tendencia
En cada provocación pública hay dos historias: lo que se hizo y lo que se cuenta para respaldarlo. Y muchas veces, la segunda pesa más que la primera.
Se construye así un relato que no apela al valor del mensaje, sino al impacto del momento: romper esquemas, llamar la atención, “sacudir la industria”. Pero cuando la provocación carece de propósito, la disrupción se queda sin contenido. Es solo ruido
envuelto en retórica creativa.
Y aquí aparece el riesgo real:
cuando el discurso es convincente, lo superficial parece profundo; lo inapropiado parece aceptable; lo vacío parece vanguardia.
Una conciencia colectiva que se va adormeciendo
No exageramos al decir que lo que hoy aplaudimos mañana se convierte en estándar.
Los jóvenes crecen viendo cómo una narrativa bien contada puede transformar actos extremos en símbolos de libertad o autenticidad. Y cada vez que eso ocurre, la línea de
lo aceptable se mueve un poco más.
Las palabras abren puertas. Y también las tumban.
Por eso es tan delicado el discurso que rodea estos actos. Porque, aunque se presente como “arte” o “expresión”, termina educando, dando forma al gusto, al criterio y a la sensibilidad de toda una generación.
La disrupción no necesita desnudarse para ser relevante
En comunicación y en el arte también hay formas de romper moldes sin romper la dignidad. Hay formas de desafiar sin degradar. Hay formas de provocar pensamiento
sin recurrir al shock visual.
La verdadera disrupción es la que cuestiona, sí, pero desde la intención. Desde la profundidad. Desde el mensaje.
No desde el escándalo momentáneo. El impacto fácil es tentador, pero es efímero. El propósito, en cambio, permanece.
Lo que realmente deberíamos preguntarnos
No se trata de censurar. Tampoco de moralizar.
Se trata de hacer una pausa y pensar:
• ¿Qué cultura estamos construyendo cuando todo se justifica con un concepto?
• ¿Qué estamos celebrando: el talento o el ruido?
• ¿Qué estamos enseñando: libertad o permisividad?
Porque cada vez que renombramos lo vulgar como “propuesta estética”, le entregamos a la cultura una versión más barata de sí misma.
Lo que ocurrió en Premios Lo Nuestro es un ejemplo más de una conversación urgente. Un diálogo que no gira alrededor de una persona, sino de una tendencia.
Cuando la vulgaridad se disfraza de estética disruptiva, lo que realmente evidencia es una profunda desconexión con el valor, la dignidad y el propósito del mensaje.
Como comunicadora, creo firmemente que elevar el discurso no es opcional. Es una responsabilidad. Porque las palabras construyen ideas, las ideas construyen criterio y el criterio, tarde o temprano, construye sociedad.




