
Por. Joselín Rivera
La sociedad dominicana se encuentra, una vez más, sumida en el estupor y el luto. La muerte trágica de la adolescente Anelsy Ceballos de Jesús, cuya vida fue segada en un contexto de violencia que desgarra el alma, no es un hecho aislado.

Su nombre se suma hoy a una fatídica cadena de eventos recientes donde los rostros de niños y adolescentes que deberían ser sinónimo de sueños y esperanza, se han convertido en titulares de crímenes perpetrados, dolorosamente, por aquellos llamados a ser sus primeros protectores: sus propios parientes.
El caso de Anelsy es un espejo cruel que refleja una realidad que muchos prefieren ignorar: el hogar, concebido como el refugio sagrado de la vida, se está transformando para muchos hijos en un escenario de peligro.
Esta sucesión de muertes violentas a manos de familiares evidencia no solo una crisis profunda de salud mental, sino, sobre todo, una quiebra espiritual de valores y una incapacidad devastadora para gestionar la ira en el seno familiar.
Desde una cosmovisión cristiana, entendemos que la familia es una institución divina, diseñada para ser el reflejo del amor de Dios en la tierra. Cuando un pariente levanta la mano contra un hijo o una hija adolescente, no solo comete un delito legal; produce una ruptura espiritual y moral que fractura a todo el cuerpo social.
Frente a la frialdad de la violencia, la sociedad suele clamar por castigos más severos. Sin embargo, aunque la justicia terrenal debe actuar con firmeza, la verdadera prevención no nace en los tribunales, sino en el corazón.
Es aquí donde la Ternura se levanta no como un concepto romántico o permisivo, sino como el antídoto real y efectivo contra cualquier manifestación de agresión. La ternura es la capacidad de reconocer en el otro a un prójimo digno de amor.
En el ámbito familiar, esto significa sustituir el golpe por el abrazo, el grito por el diálogo y la imposición por la comprensión. La ternura tiene el poder de desarmar la violencia. Como seguidores de Cristo, estamos llamados a imitar Su mansedumbre, la misma que desafió a un mundo autoritario para traer restauración.
La muerte de la adolescente Anelsy Ceballos de Jesús debe ser nuestro último llamado de alerta. No podemos permanecer como espectadores pasivos ante la desintegración del tejido familiar.
Todos los actores clave, Estado, iglesias, escuelas y medios de comunicación, tenemos la responsabilidad ineludible de promover una cultura de paz basada en tres pilares:
• Fomentar la comunicación: Equipar a las familias para que expresen sus frustraciones sin recurrir a la fuerza física o verbal, especialmente con los jóvenes que buscan identidad.
• Promover el amor sacrificial: Recordar que el modelo de autoridad bíblico es el servicio y la protección, nunca el dominio destructivo ni el abuso.
• Intervenir a tiempo: Romper la complicidad del silencio. Velar por el bienestar de los adolescentes en nuestro entorno es un acto de obediencia a Dios y un compromiso con el futuro.
La tragedia de Anelsy no se pierda en el olvido de un archivo judicial, sino que se convierta en el motor que nos impulse a transformar nuestros hogares. Solo así, sustituyendo la violencia por la ternura y la comprensión, garantizaremos que la familia vuelva a ser el territorio seguro que Dios diseñó desde el principio.




