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Duarte y los municipios: entre el ideal y la realidad

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Samuel Reyes Raposo (samuelreyes7@hotmail.com)

Cada año, cuando se aproxima el aniversario de la fundación de nuestros municipios, la celebración de la Constitución o el natalicio de Juan Pablo Duarte, los ayuntamientos dominicanos suelen reivindicar el pensamiento municipalista del Padre de la Patria. Y tienen razones históricas para hacerlo. Duarte no concibió la República únicamente desde el poder central, sino también desde los pueblos, sus comunidades y sus gobiernos locales.

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En su proyecto de Constitución de 1844, Duarte propuso una concepción particularmente avanzada para su época: además de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, incorporó el Poder Municipal y lo colocó en primer lugar. Su proyecto señalaba: «Para la mejor y más pronta expedición de los negocios públicos se distribuye en: Poder Municipal, Poder Legislativo, Poder Judicial y Poder Ejecutivo».

No se trataba de una simple formalidad constitucional. Duarte entendía que la organización de la República debía reconocer un espacio propio a los municipios y a las comunidades. Su experiencia durante sus viajes por Europa, particularmente su contacto con las instituciones municipales españolas, contribuyó a fortalecer esa visión. El municipio debía ser un espacio de participación ciudadana, orden, libertad y desarrollo.

Por eso resulta pertinente preguntarnos cuánto hemos avanzado realmente en la construcción de ese ideal duartiano.

La brecha entre la teoría y la práctica

La realidad de nuestros municipios presenta una contradicción preocupante que no podemos seguir ignorando. Mientras invocamos a Duarte como precursor del municipalismo, buena parte del territorio nacional continúa creciendo de manera desordenada. Construcciones levantadas sin una adecuada planificación, calles insuficientes, urbanizaciones sin espacios apropiados, aceras ocupadas o inexistentes, ausencia de áreas verdes y dificultades crecientes para la movilidad forman parte del paisaje cotidiano de muchas comunidades. Esta es la verdadera medida de nuestro fracaso como sociedad.

El problema no siempre es la falta de dinero. Hay decisiones municipales que requieren fundamentalmente voluntad política, planificación, autoridad y cumplimiento de las normas. No hace falta una gran inversión para impedir que una construcción invada el espacio destinado a una acera. Tampoco se necesita un presupuesto extraordinario para exigir que una nueva urbanización contemple calles adecuadas, áreas verdes, drenaje, accesibilidad y espacios públicos.

El gobierno local tiene una responsabilidad esencial e innegociable en el ordenamiento del territorio. Y cuando esa función se debilita, las consecuencias terminan pagándolas todos: el peatón que debe caminar por la calle, el conductor atrapado en vías insuficientes, la comunidad que pierde sus espacios públicos y las futuras generaciones que reciben ciudades cada vez más difíciles de organizar.

Lo que el municipalismo duartiano exige hoy

El pensamiento municipalista de Duarte apunta hacia una administración local responsable y orientada al bien común. El Poder Municipal debía ocupar un lugar fundamental dentro de la organización de la República y constituirse en una expresión concreta de la participación de las comunidades en la vida nacional.

La cuestión, entonces, no es solamente cuánto dinero reciben los ayuntamientos, sino qué hacen con sus competencias y cómo ejercen su autoridad. Esta es la verdadera prueba de fuego de nuestro compromiso con la República.

Necesitamos alcaldías que no esperen únicamente recursos para resolver problemas que pueden enfrentarse mediante mejores regulaciones, fiscalización y planificación. Necesitamos concejos de regidores capaces de legislar pensando en la ciudad de los próximos veinte o treinta años y no únicamente en las demandas inmediatas. Necesitamos ciudadanos que comprendan que el espacio público pertenece a todos y autoridades dispuestas a defenderlo con firmeza.

El municipio no puede limitarse a recoger basura, reparar calles o administrar parques. Su responsabilidad es mucho más amplia: contribuir a construir comunidades ordenadas, habitables, seguras y sostenibles. Gobernar un municipio también significa planificar el territorio y proteger el futuro de quienes lo habitan.

Lecciones que debemos aprender

Mientras nosotros debatimos sobre la basura acumulada en nuestras calles, municipios como Lancaster, Pensilvania, en Estados Unidos, han transformado el problema en solución. La Planta de Conversión de Residuos en Energía del Condado de Lancaster genera de forma continua 36 megavatios (MW) de electricidad las 24 horas del día, los 7 días de la semana, de los cuales 25 MW se inyectan directamente a la red eléctrica regional para abastecer a entre 20,000 y 30,000 hogares y negocios de la zona. Esta producción representa la provisión de energía limpia y renovable para un aproximado de 50,000 a 75,000 habitantes, optimizando el resto de la carga en el autoconsumo de la instalación y en el suministro de vapor industrial para empresas locales.

Un solo municipio estadounidense ha resuelto tres problemas simultáneamente: la contaminación ambiental, la factura petrolera nacional y el suministro eficiente y constante de energía eléctrica a precios competitivos. Esto no es ciencia ficción. Es gestión municipal responsable. Es municipalismo en acción. También en Europa y China esta es una tecnología de uso común en las ciudades. 

¿Qué nos impide replicar este modelo en nuestros municipios dominicanos? No es la falta de recursos. No es la falta de tecnología. Es la falta de visión, de decisión y de compromiso con el bien común. Mientras Lancaster recicla basura para generar energía limpia para decenas de miles de habitantes, nosotros seguimos enterrando residuos en vertederos que envenenan nuestras comunidades y pagamos facturas de electricidad cada vez más insostenibles.

De los discursos a los hechos: una exigencia urgente

Duarte no debe ser utilizado únicamente para discursos, actos protocolares y ofrendas florales. Su pensamiento debe convertirse en un criterio fundamental para evaluar nuestras instituciones y exigir resultados concretos. Si realmente queremos honrar al Padre de la Patria, hagámoslo construyendo municipios ordenados, participativos, transparentes y capaces de generar calidad de vida. No hay otra forma.

Porque el verdadero homenaje a Duarte no consiste solamente en colocar su nombre en una calle, una plaza o un edificio municipal. Consiste en hacer de nuestros municipios espacios dignos de la República que él soñó. Y esa responsabilidad no es negociable.

La gran tarea pendiente del municipalismo dominicano es clara e ineludible: pasar de la admiración retórica por el pensamiento de Duarte a la práctica cotidiana de sus ideales. No es una opción más entre otras. Es una obligación histórica. Porque mientras continuemos celebrando a Duarte con palabras y permitamos que nuestros municipios se desmoronen en la apatía y la falta de planificación, seguiremos traicionando su legado. Municipios como Lancaster nos muestran el camino. La hora de actuar es ahora. No mañana.

Samuel Reyes Raposo es educador, administrador y escritor. Es  miembro de la Asociación de Escritores y Periodistas Dominicanos-ASEPED.