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La conciencia del género como estructura socialmente construida: una aproximación desde la perspectiva cristiana

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Por: Dr. Obispo. Ynocencio Vargas Encarnación
(Autor del libro el cristianismo vs el Feminismo Radical)

Hablar de género implica entrar en un terreno donde convergen la antropología, la sociología, la psicología, la cultura, la familia, la educación y, desde una perspectiva cristiana, la teología. Durante mucho tiempo, determinadas características atribuidas a hombres y mujeres se han considerado naturales e inmutables, cuando muchas de ellas corresponden también a construcciones sociales desarrolladas históricamente por las diferentes culturas.

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Por esta razón, adquirir conciencia del género como estructura socialmente construida significa reconocer que una sociedad enseña, transmite y reproduce determinadas expectativas acerca de lo que significa ser hombre o mujer. Estas expectativas pueden expresarse en la manera de vestir, hablar, trabajar, educar a los hijos, ejercer autoridad, expresar emociones o asumir responsabilidades dentro de la familia y la comunidad.

Desde el cristianismo, esta reflexión requiere equilibrio. La Biblia presenta una enseñanza sobre la creación del ser humano como hombre y mujer, pero también muestra que muchas prácticas culturales de las sociedades bíblicas no constituyen necesariamente mandamientos universales de Dios. Por ello, es necesario distinguir entre los principios permanentes de la Escritura y las costumbres propias de determinadas épocas y culturas.

El concepto de género se utiliza ampliamente para analizar los papeles, comportamientos y expectativas que las sociedades asignan a hombres y mujeres. Mientras que el sexo se refiere principalmente a características biológicas, el género permite estudiar cómo las culturas interpretan esas diferencias y construyen alrededor de ellas determinadas funciones sociales.

Desde que una persona nace, comienza un proceso de socialización. La familia, la escuela, la religión, los medios de comunicación y el entorno comunitario transmiten mensajes acerca de lo que supuestamente corresponde a un hombre o a una mujer.

Por ejemplo, determinadas culturas pueden enseñar que el hombre debe ser fuerte, dominante y poco expresivo emocionalmente, mientras que la mujer debe ser delicada, obediente y responsable casi exclusivamente del hogar. Sin embargo, estas expectativas no tienen necesariamente el mismo significado en todas las culturas ni en todos los períodos históricos.

Aquí surge una pregunta importante desde la fe cristiana: ¿Cuáles características corresponden realmente al propósito de Dios y cuáles son simplemente construcciones culturales? La pregunta es fundamental porque algunas tradiciones sociales han sido presentadas como si fueran mandatos bíblicos, cuando en realidad pueden proceder de costumbres históricas.

La perspectiva cristiana debe comenzar en Génesis 1:27: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Este texto establece una verdad esencial: tanto el hombre como la mujer poseen dignidad porque ambos han sido creados a imagen de Dios.

Antes de hablar de funciones sociales, roles familiares o expectativas culturales, la Biblia presenta una afirmación sobre la dignidad humana. La mujer no recibe su valor porque pueda cumplir determinada función doméstica. El hombre tampoco recibe su valor porque ocupe una posición de autoridad. Ambos poseen valor porque Dios los creó.

Esta perspectiva permite cuestionar cualquier estructura social que convierta las diferencias entre hombres y mujeres en una justificación para la discriminación, la violencia o la deshumanización. No todo lo cultural es necesariamente bíblico. Uno de los desafíos de la reflexión cristiana consiste en diferenciar entre Biblia y cultura bíblica.

La Biblia fue escrita dentro de sociedades concretas. En sus páginas encontramos familias patriarcales, estructuras políticas antiguas, sistemas económicos, formas particulares de matrimonio, códigos de honor y diversas costumbres sociales.

Que una práctica aparezca descrita en la Biblia no significa automáticamente que Dios la esté estableciendo como modelo universal. Esta distinción es fundamental para una correcta interpretación bíblica.

Por ejemplo, la Escritura describe diferentes formas de organización familiar presentes en el mundo antiguo. También registra conflictos, injusticias y comportamientos humanos que no son presentados como ideales divinos.

La tarea hermenéutica consiste en preguntar: ¿Qué está describiendo el texto? ¿Qué está prescribiendo? ¿Cuál era su contexto histórico? ¿Cuál es el principio teológico que permanece? Este enfoque permite leer la Biblia con responsabilidad y evita utilizar determinados textos fuera de su contexto para justificar estructuras sociales injustas.

El ministerio de Jesús ofrece elementos importantes para reflexionar sobre el género. Jesús se relacionó con mujeres en diferentes contextos sociales y religiosos. Habló públicamente con la mujer samaritana en Juan 4, recibió mujeres entre quienes lo seguían y valoró públicamente la fe de mujeres como la que aparece en los relatos de los Evangelios.

En una sociedad donde determinadas barreras sociales limitaban la participación femenina, Jesús mostró una disposición a acercarse a personas que eran marginadas o despreciadas. Esto no significa que debamos proyectar categorías contemporáneas directamente sobre Jesús. Significa que podemos observar un principio constante en su ministerio: las personas son tratadas con dignidad, compasión y verdad.

La conciencia cristiana del género debe partir de ese principio. El problema de confundir tradición con doctrina. Una de las dificultades que enfrenta la Iglesia es que algunas prácticas culturales pueden llegar a considerarse doctrinas. Una generación recibe una determinada costumbre; la siguiente la reproduce, posteriormente alguien afirma que “siempre se ha hecho así” y finalmente la tradición puede adquirir una autoridad que originalmente no tenía.

Jesús mismo confrontó este problema cuando habló de tradiciones humanas que podían llegar a desplazar los principios de Dios (Marcos 7:8-13). la Iglesia debe tener la capacidad de examinar sus propias prácticas. No todo lo que es tradicional es necesariamente bíblico. No todo lo que es moderno es necesariamente correcto.

La pregunta cristiana debe ser: ¿Esta práctica refleja el carácter de Dios, la dignidad humana, el amor al prójimo y los principios de las Escrituras?
Reconocer que determinadas expresiones de género son socialmente construidas no significa negar automáticamente toda diferencia entre hombres y mujeres. Tampoco significa que la sociedad sea libre de definir cualquier realidad sin límites.

Desde una perspectiva cristiana, significa reconocer que existe una dimensión cultural en la manera en que las sociedades interpretan y organizan las diferencias entre los sexos. Por ejemplo, que una mujer sea considerada responsable exclusivamente de las tareas domésticas no es una verdad biológica. Es una expectativa social que puede variar entre culturas.
De igual manera, afirmar que los hombres no deben llorar porque “los hombres son fuertes” constituye una expectativa cultural.

La Biblia presenta hombres que expresaron dolor, temor, angustia y lágrimas. Jesús mismo lloró ante la muerte de Lázaro (Juan 11:35). La masculinidad bíblica, por tanto, no puede reducirse a la dureza emocional.

La conciencia cristiana del género debe promover tres valores fundamentales: dignidad, responsabilidad y respeto. Dignidad, porque cada ser humano fue creado a imagen de Dios. Responsabilidad, porque nuestras decisiones afectan a quienes nos rodean. Respeto, porque ninguna diferencia puede convertirse en una licencia para humillar, abusar o violentar.

La Iglesia tiene una importante responsabilidad educativa. Debe formar hombres y mujeres capaces de reconocer los valores bíblicos sin confundirlos con todas las costumbres culturales heredadas. También debe enseñar a los jóvenes a identificar estereotipos, cuestionar prejuicios y desarrollar relaciones caracterizadas por el respeto.

La conciencia del género como estructura socialmente construida nos invita a mirar críticamente las expectativas que una sociedad coloca sobre hombres y mujeres. Desde una perspectiva cristiana, esta reflexión debe realizarse a la luz de la Escritura, sin caer ni en la aceptación automática de toda tradición ni en el rechazo indiscriminado de toda enseñanza bíblica.

El punto de partida es claro: hombre y mujer poseen dignidad porque han sido creados por Dios y a su imagen. A partir de allí, la Iglesia está llamada a discernir qué elementos de nuestras estructuras sociales reflejan los valores del Reino de Dios y cuáles necesitan ser transformados.

La fe cristiana no debería tener miedo de hacer preguntas profundas. Una Iglesia madura no teme examinar sus propias tradiciones; las confronta con la Palabra de Dios. Porque reconocer la dignidad del otro no debilita la fe.

La fortalece, cuando hombres y mujeres son tratados con dignidad, justicia, respeto y amor, la sociedad puede acercarse un poco más al propósito expresado por Jesús: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Mateo 22:39.