
SAMUEL GUZMÁN B.
Hay una palabra que hace unos años casi nadie utilizaba y que hoy forma parte de nuestras conversaciones diarias: influencer.
Los vemos en Instagram, TikTok, YouTube, Facebook y prácticamente en cualquier espacio de las redes sociales. Algunos nos hacen reír, otros nos enseñan, nos motivan o nos ayudan a descubrir cosas nuevas. También están aquellos que, sin proponérselo quizá, terminan convirtiéndose en referentes para miles o millones de personas.
Pero hay una pregunta que cada vez deberíamos hacernos con mayor seriedad: ¿Estamos siguiendo a un influencer o estamos siguiendo una mala influencia?, porque tener miles o millones de seguidores no necesariamente significa tener algo bueno que aportar.
Hoy pareciera que muchas veces confundimos popularidad con autoridad. Si una persona tiene muchos seguidores, asumimos que sabe de lo que habla. Si un video tiene millones de reproducciones, pensamos que debe ser importante. Y si alguien se convierte en tendencia, corremos detrás de la tendencia sin detenernos a preguntarnos qué estamos consumiendo.
Hay personas que utilizan sus plataformas para educar, informar, emprender, promover valores, hablar de temas sociales, compartir conocimientos, fortalecer la fe o simplemente llevar un mensaje positivo. A esas personas debemos reconocerles el valor de utilizar su influencia para construir. Pero también encontramos contenidos donde todo parece reducirse a llamar la atención.
Mientras más polémica, mejor. Mientras más escándalo, más visitas. Mientras más exageración, más seguidores, mientras los medios que construyen apenas consiguen uno que otro like.
Y poco a poco hemos llegado a un punto en el que algunas personas están dispuestas a exponer su intimidad, sus conflictos familiares, sus relaciones, gustos alimenticios, sus problemas y hasta sus momentos más difíciles con tal de conseguir unos cuantos minutos de fama.
Lo preocupante no es solamente lo que ellos hacen. Lo preocupante es que nosotros estamos ahí mirando. Porque el fenómeno de los influencers también dice mucho de quienes los seguimos.
Cada vez que damos un “me gusta”, comentamos, compartimos o vemos repetidamente un contenido, estamos diciendo: “Esto me interesa”. Y las plataformas toman nota de ello.
De alguna manera, nosotros también ayudamos a decidir quién permanece arriba y qué tipo de contenido se vuelve viral o popular.
Por eso, quizás deberíamos comenzar a preguntarnos menos cuántos seguidores tiene una persona y más qué está produciendo esa persona en quienes la siguen.
¿Nos inspira a ser mejores, a aprender, a trabajar, estudiar y superarnos? ¿Nos acerca a buenos valores? ¿Nos hace pensar? ¿O simplemente nos mantiene entretenidos mientras perdemos horas de nuestra vida observando la vida de alguien más?
No quiero decir con esto que todo debe ser instructivo. También necesitamos entretenimiento, humor y momentos para desconectarnos de las preocupaciones. El problema aparece cuando el entretenimiento comienza a reemplazar el criterio.
Y hay algo todavía más delicado: nuestros niños y adolescentes están creciendo en medio de todo esto. Muchos de ellos ya no tienen como principales referentes únicamente a sus padres, maestros o líderes de su comunidad. También tienen como referentes a personas que quizás nunca han conocido personalmente, pero que ven todos los días a través de una pantalla.
Por eso, padres y adultos tenemos una tarea importante: no podemos dejar solos a nuestros hijos frente a las redes sociales.
Tenemos que conversar con ellos. Preguntarles a quién siguen. Qué contenidos consumen. Qué admiran. Y, sobre todo, enseñarles algo fundamental: no todo lo que es viral es valioso, y no todo lo que parece exitoso debe ser imitado.
Un padre influye en sus hijos. Un maestro influye en sus estudiantes. Un pastor influye en su congregación. Un periodista influye en sus lectores. Un amigo influye en otro amigo.
Incluso una persona que publica algo en sus redes puede estar influyendo en alguien que nunca imaginó que la estaba observando. Por eso, la pregunta no debería ser solamente: ¿quiénes son los influencers? También deberíamos preguntarnos: ¿Qué clase de influencia estoy ejerciendo yo?
Tal vez nunca tengamos un millón de seguidores. Tal vez nuestros videos nunca se hagan virales. Tal vez nuestro nombre jamás aparezca entre los más conocidos de las redes, pero podemos dejar una huella positiva en las personas que tenemos cerca, porque al final, la verdadera influencia no se mide solamente por la cantidad de personas que te siguen, se mide por lo que queda en ellas después de haberte escuchado, visto o conocido.
Y en un mundo donde todos quieren influir, quizás lo que más necesitamos son personas dispuestas a preguntarse primero: ¿Estoy influyendo para bien o me estoy convirtiendo en una mala influencia?





