
Por: Dr. Obispo. Ynocencio Vargas Encarnación
Autor del libro el cristianismo vs el Feminismo Radicar
La violencia de género constituye uno de los grandes desafíos sociales. familiares y espirituales de nuestro tiempo. No se trata únicamente de un problema que ocurre dentro de las paredes de una casa, sus consecuencias alcanzan a las familias, las iglesias, las comunidades y a toda la sociedad.
Frente a esta realidad, la Iglesia cristiana no puede permanecer indiferente. El mensaje del Evangelio llama a reconocer la dignidad de cada persona, denunciar toda forma de violencia y promover relaciones fundamentadas en el amor, el respeto, la justicia y la responsabilidad.
Hablar de una mayor consciencia de la violencia de género implica aprender a reconocer sus diferentes manifestaciones. La violencia no siempre deja marcas visibles en el cuerpo. Puede presentarse mediante golpes, amenazas humillaciones, control económico, aislamiento, manipulación emocional, violencia sexual, intimidación, insultos o constantes descalificaciones.
En ocasiones, incluso puede esconderse detrás de expresiones aparentemente religiosas que justifican el sometimiento, el miedo o el silencio.
Desde una perspectiva cristiana, ninguna de estas prácticas debe considerarse normal ni puede justificarse utilizando la Biblia. La dignidad humana nace en Dios. Uno de los fundamentos más importantes para comprender la violencia de género se encuentra en el relato de la creación.
Génesis 1:27 declara:
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Esta afirmación establece un principio fundamental: la dignidad humana no depende del género, la posición social, la capacidad económica ni el poder que una persona posea sobre otra. Hombre y mujer han sido creados a imagen de Dios.
Cuando una persona es golpeada, humillada, amenazada, abusada o sometida mediante el miedo, se está vulnerando algo profundamente valioso: la dignidad que Dios otorgó a ese ser humano. La fe cristiana no puede reducirse a palabras de culto los domingos mientras se ignora el sufrimiento que alguien experimenta durante la semana. La espiritualidad bíblica debe traducirse en acciones concretas de amor y protección.
Santiago 2:17 recuerda que “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”. En consecuencia, una Iglesia consciente de la violencia debe ser una Iglesia que escucha, acompaña, orienta, educa y actúa responsablemente.
Jesús dignificó a las personas. En los Evangelios presentan a Jesús acercándose a personas que habían sido marginadas, rechazadas o heridas. Su ministerio estuvo marcado por la compasión y la restauración. Jesús no construyó su ministerio sobre la humillación del otro, sino sobre la misericordia. Su manera de relacionarse con las mujeres resulta particularmente significativa dentro del contexto social de su época. Conversó públicamente con la mujer samaritana (Juan 4), permitió que mujeres participaran como discípulas y reconoció públicamente la fe y el valor de aquellas que se acercaban a Él.
El modelo de Cristo nos enseña que la autoridad nunca debe utilizarse para destruir al otro. dentro del matrimonio y de la familia cristiana, autoridad no significa dominación. Liderazgo no significa violencia. Corrección no significa humillación. Y sometimiento bíblico no puede utilizarse como argumento para justificar abuso.
Efesios 5:25 presenta un principio particularmente importante para los esposos: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. El modelo es Cristo: amor sacrificial, cuidado, entrega y protección; no miedo, abuso o control.
Cuando el silencio se convierte en complicidad. Uno de los mayores obstáculos para enfrentar la violencia de género es el silencio. Muchas personas permanecen en relaciones violentas por miedo, dependencia económica, amenazas, presión familiar, preocupación por los hijos o por una interpretación religiosa equivocada de lo que significa preservar el matrimonio.
En algunos contextos se ha dicho a una víctima: “Ora más”, “aguanta por tus hijos”, “Dios quiere que permanezcas en tu matrimonio” o “tienes que someterte”. Estas frases, cuando se utilizan para impedir que una persona busque ayuda frente a una situación de violencia, pueden profundizar su sufrimiento.
La oración es fundamental para la vida cristiana, pero la oración nunca debe utilizarse como sustituto de la protección, la orientación profesional o la intervención ante una situación de peligro. La Iglesia debe crear espacios seguros donde las personas puedan hablar sin ser culpabilizadas.
Proverbios 31:8-9 presenta una responsabilidad moral: “Abre tu boca por el mudo… juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso”.
Este principio puede aplicarse también a quienes sufren violencia. Defender al vulnerable no es atacar a la familia; es trabajar por una familia verdaderamente saludable.
Una mayor consciencia no significa solamente reaccionar cuando ocurre una tragedia. Significa aprender a prevenir. La educación sobre violencia de género debe comenzar desde la familia, continuar en las escuelas y fortalecerse en las iglesias y comunidades.
Los niños y jóvenes necesitan aprender que amar no significa controlar; que los celos no son una prueba de amor; que nadie tiene derecho a obligar, humillar o amenazar a otra persona.
También debemos enseñar a los hombres una masculinidad basada en la responsabilidad, el dominio propio, la ternura y el respeto. La Biblia presenta el dominio propio como parte del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). Por tanto, la incapacidad para controlar la ira no puede presentarse como una característica inevitable de la masculinidad.
Un hombre puede estar enojado sin ser violento. Una mujer puede estar en desacuerdo sin ser humillada. Un matrimonio puede atravesar conflictos sin convertirse en un campo de batalla.
La Iglesia como espacio de prevención y restauración. Las congregaciones cristianas poseen una enorme oportunidad para convertirse en agentes de prevención. Pastores, líderes, maestros y consejeros pueden contribuir mediante talleres, predicaciones, consejería responsable y programas educativos dirigidos a matrimonios, jóvenes y familias.
La consejería pastoral debe reconocer sus propios límites. Hay situaciones que requieren la participación de profesionales especializados, servicios de protección y autoridades competentes. La intervención pastoral puede acompañar espiritualmente, pero no debe sustituir los recursos profesionales o legales necesarios.
También es importante desarrollar protocolos claros para atender denuncias de violencia. La confidencialidad pastoral debe manejarse con responsabilidad, especialmente cuando existen menores de edad, amenazas graves o situaciones que puedan poner en riesgo la vida.
Una iglesia saludable no pregunta primero: “¿Qué hiciste para provocar esa situación?”. Pregunta: “¿Cómo podemos ayudarte y cómo podemos mantenerte seguro?” Restaurar no significa encubrir. El Evangelio habla de perdón, reconciliación y restauración. Sin embargo, estos conceptos deben manejarse con sabiduría.
Perdonar no significa negar lo sucedido. Restaurar no significa regresar inmediatamente a una relación peligrosa. Reconciliar no significa eliminar las consecuencias de una conducta violenta.
Cuando existe violencia, la persona agresora debe asumir responsabilidad, reconocer el daño y buscar ayuda. La transformación cristiana implica arrepentimiento verdadero, cambio de conducta y responsabilidad.
El mensaje de Cristo no es un permiso para continuar haciendo daño; es una invitación a una vida transformada.
Una responsabilidad de todos. La violencia de género no es únicamente “un asunto de mujeres”. Es una responsabilidad social que involucra a hombres y mujeres, padres, madres, líderes, profesionales, iglesias, instituciones y comunidades.
Necesitamos hombres que levanten su voz contra la violencia, mujeres que sepan que no están solas, familias que aprendan formas saludables de resolver conflictos y comunidades que no normalicen el abuso. Necesitamos también una Iglesia que predique el amor de Cristo con palabras y acciones.
Romanos 12:18 dice: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. La paz bíblica no consiste en esconder los conflictos debajo de la alfombra. La verdadera paz requiere verdad, justicia, responsabilidad y transformación.
Una mayor consciencia de la violencia de género comienza cuando dejamos de considerar normales aquellas conductas que Dios nunca llamó buenas.
El Evangelio nos recuerda que cada persona posee dignidad. La cruz nos habla del valor que Dios otorga al ser humano. El ministerio de Jesús nos muestra compasión hacia quienes sufren. Y la enseñanza bíblica nos llama a practicar la justicia, defender al vulnerable y vivir en amor.





