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¿Quién está formando a nuestros jóvenes para la violencia?

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JOSSELIN RIVERA

La violencia se ha instalado de manera preocupante en la cotidianidad de la sociedad dominicana.

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Cada día despertamos con noticias de homicidios, feminicidios, atracos, enfrentamientos, jóvenes muertos, familias destruidas y comunidades que aprenden a vivir bajo el miedo.

Como cristianos debemos reflexionar sobre ese doloroso escenario, en el que la muerte, el luto, la cárcel y la orfandad se han convertido en parte habitual de nuestras conversaciones.

Sin embargo, quizás lo más grave no sea solamente la cantidad de víctimas, sino la posibilidad de acostumbrarnos a esta realidad.

Cuando la muerte deja de conmovernos, algo también empieza a morir en nosotros como sociedad.

Por eso necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿de dónde salen las personas violentas?

Nadie nace deseando destruir al otro. Los seres humanos somos formados.

Aprendemos a relacionarnos, manejar nuestras frustraciones, enfrentar los conflictos y valorar la vida a través de la familia, la escuela, la comunidad, los medios de comunicación, las iglesias y las instituciones que nos rodean.

Antes de preguntarnos únicamente qué les pasa a nuestros jóvenes, deberíamos preguntarnos también qué clase de sociedad estamos construyendo para ellos.

Las causas de la violencia son múltiples.

Influyen la desintegración familiar, el abandono escolar, las drogas, la falta de acompañamiento emocional, la normalización de la agresividad y el deterioro de la convivencia.

Pero también existe una realidad estructural que no podemos ignorar: vivimos en una sociedad profundamente desigual.

Mientras algunos jóvenes tienen acceso a educación de calidad, empleos dignos, contactos y oportunidades de crecimiento, otros crecen en comunidades donde estudiar, conseguir el primer empleo o imaginar una vida diferente parece una carrera llena de obstáculos.

Esto no significa que la pobreza produzca delincuentes.

Miles de familias pobres viven con dignidad, honradez y solidaridad.

Sin embargo, una sociedad marcada por la desigualdad, la injusticia y la escasa movilidad social puede convertirse en terreno fértil para la frustración, la exclusión y el resentimiento.

A esto se suma una contradicción particularmente peligrosa.

Mientras a muchos jóvenes les cerramos caminos de progreso, al mismo tiempo les repetimos que valen por lo que poseen.

Les mostramos como símbolos de éxito los vehículos, las cadenas, la ropa costosa, los celulares de última generación y el dinero fácil.

Las redes sociales muchas veces amplifican este mensaje: pareciera que quien no exhibe algo, no existe.

Así vamos sembrando una idea destructiva: “eres lo que tienes”.

Entonces no debería sorprendernos que algunos jóvenes, sintiéndose invisibles y sin oportunidades, encuentren en la delincuencia un falso camino hacia el dinero, el poder y el reconocimiento.

No estamos solamente ante una crisis de seguridad; estamos también ante una profunda crisis de sentido.

Es fácil mirar desde lejos a quienes han cometido delitos y llamarlos “delincuentes”, “antisociales” o “irrecuperables”.

Pero ¿qué ocurriría si uno de esos jóvenes abatidos por la Policía fuera nuestro hijo, nuestro hermano, nuestro sobrino o nuestro nieto?

Probablemente recordaríamos al niño que un día cargamos en brazos, al adolescente que tuvo sueños, al muchacho que quizás tomó decisiones equivocadas, pero que seguía siendo parte de nuestra familia.

Seguramente exigiríamos que respondiera por sus actos, pero también querríamos que tuviera la oportunidad de ser juzgado, corregirse y reconstruir su vida.

Ese ejercicio de ponernos en el lugar del otro no busca justificar el delito ni minimizar el dolor de las víctimas.

La sociedad necesita autoridades capaces de proteger, investigar y hacer cumplir la ley.

Quien comete un delito debe asumir las consecuencias.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre exigir justicia y celebrar la muerte.

Desde la fe cristiana, esa diferencia es fundamental.

Jesús nunca llamó a sus seguidores a aplaudir la destrucción del otro.

Por el contrario, afirmó: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

Seguir a Jesús implica aprender a mirar incluso a quien ha fallado desde la posibilidad de la restauración.

Cada joven muerto representa una tragedia, sea ciudadano, policía, militar o una persona vinculada a la delincuencia.

Detrás de cada cuerpo existe una madre, un padre, unos hermanos, unos hijos o una familia que llorará su ausencia.

Por eso, quizás la pregunta cristiana no debería ser únicamente: “¿Qué hizo ese joven para terminar así?”, sino también: “¿Qué pudimos haber hecho como sociedad muchos años antes para evitar que aquel niño llegara hasta allí?”

Jesús vivió también en una sociedad marcada por injusticias, exclusión y violencia.

Sin embargo, eligió otro camino.

Se acercó al marginado, defendió al vulnerable, restauró al caído, confrontó la injusticia y ofreció misericordia sin negar la responsabilidad.

Ese debería ser también el camino de la Iglesia. Nuestras congregaciones pueden convertirse en verdaderos espacios.