
Por Dra. Claudia Hernández
Vivimos en un mundo donde casi todo parece tener fecha de vencimiento. Las noticias pasan rápidamente, las tendencias cambian, las generaciones se suceden y aquello que hoy parece importante mañana puede ser olvidado.
Sin embargo, hay una pregunta que permanece vigente para todos: ¿qué queda cuando todo lo demás pasa?
La Biblia nos conduce hacia una respuesta que trasciende el tiempo: la Palabra de Dios permanece.
Jesucristo declaró: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35, RVR1960).
No se trata solamente de que sus palabras sean recordadas. Es una afirmación sobre su permanencia frente a todo aquello que conocemos como temporal.
La Biblia fue escrita en épocas muy diferentes a la nuestra. Sus protagonistas vivieron sin las tecnologías actuales, sin nuestras ciudades, nuestros medios de comunicación ni nuestra forma acelerada de relacionarnos.
Y, sin embargo, sus páginas continúan hablando al ser humano contemporáneo. ¿Por qué?
Porque las circunstancias cambian, pero muchas de las preguntas fundamentales permanecen: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿qué sentido tiene mi existencia?, ¿qué ocurre después de esta vida?, ¿qué valor tienen mis decisiones?
Eclesiastés 3:11 declara que Dios “ha puesto eternidad en el corazón de ellos”.
Hay en el ser humano una búsqueda que no se satisface completamente con lo material. Podemos alcanzar bienes, reconocimiento y conocimientos, pero seguimos preguntándonos qué significa realmente nuestra existencia.
Aquí aparece una de las grandes particularidades de la Biblia: no solamente habla de la eternidad; nos enseña a vivir a la luz de ella.
Jesús definió la vida eterna de una manera profunda: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).
La eternidad, entonces, no debe ser contemplada únicamente como un futuro lejano después de la muerte. También comienza en la relación con Dios. Conocerle transforma la manera en que vivimos el presente.
El Salmo 90:12 expresa una petición que conserva toda su actualidad: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”.
Contar nuestros días significa reconocer que el tiempo es un regalo limitado. Significa aprender a perdonar, amar, servir, reconciliarnos y utilizar correctamente las oportunidades que tenemos.
La Biblia también nos confronta con una pregunta que nuestra sociedad muchas veces evita: ¿qué estamos construyendo que tenga valor eterno?
Jesús preguntó: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36).
Podemos dedicar años a construir un nombre, una carrera, un patrimonio o una posición social. Todo ello puede tener valor, pero la Biblia nos invita a mirar más allá de lo visible.
Isaías 40:8 declara: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.
Quizás ahí se encuentre uno de los mensajes más necesarios para nuestro tiempo: no debemos vivir solamente para lo que pasa.
La Biblia comienza con “En el principio creó Dios” (Génesis 1:1) y termina con una promesa de esperanza: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos” (Apocalipsis 21:3).
Entre ese principio y ese destino se desarrolla una historia de creación, caída, redención, misericordia y esperanza.
Por eso, la Biblia no es simplemente un libro antiguo. Es una voz que atraviesa generaciones y continúa preguntándonos qué hacemos con nuestra vida mientras tenemos tiempo.
El mundo cambia. Las generaciones pasan. Pero la Palabra permanece.
Y quizá la pregunta más importante no sea cuánto tiempo viviremos, sino para qué estamos viviendo.
“La palabra del Dios nuestro permanece para siempre.” Isaías 40:8





