
Por Samuel Guzmán B.
Hay algo que me preocupa y que creo que debemos conversar con madurez dentro de la comunidad evangélica dominicana: la manera en que algunos hermanos reaccionan cuando el presidente de la República se acerca a la Iglesia, participa en una actividad cristiana o convoca a una jornada de oración.
En lugar de ver estos encuentros como una oportunidad para orar por el país, conversar con las autoridades o plantear las inquietudes de nuestras iglesias, algunos los interpretan de inmediato como una estrategia política. Incluso llegan a decir que el presidente está tratando de engañar a los evangélicos, especialmente cuando se habla de una disminución de su popularidad y de su posible respaldo electoral, según algunas encuestas.
Recordemos que esta actitud no es nueva ni exclusiva del gobierno actual. Recuerdo que durante el pasado gobierno, cuando el entonces presidente convocaba a pastores y líderes evangélicos a reuniones, también aparecían voces que cuestionaban esos encuentros y atacaban a quienes asistían en representación de la comunidad cristiana.
Y aquí es donde creo que debemos detenernos a pensar. ¿Desde cuándo sentarse a conversar con un presidente se ha convertido en una traición a la fe? ¿En qué momento permitimos que nuestras preferencias políticas determinen cómo juzgamos a nuestros propios hermanos?
No estoy diciendo que debamos aplaudir todo lo que haga un gobernante, ni que los líderes religiosos tengan que aceptar cualquier invitación sin hacer preguntas. Todo lo contrario. La Iglesia debe mantener su independencia, tener criterio propio y levantar su voz cuando sea necesario. Pero una cosa es cuestionar una gestión gubernamental y otra muy distinta es descalificar a un pastor simplemente porque decidió participar en una reunión oficial.
El problema no es tener una posición política, sino permitir que esa posición esté por encima de nuestra condición de hermanos en la fe.
A veces tengo la impresión de que algunos sectores han terminado viendo la política como si fuera una religión. Si el presidente es de su simpatía, cualquier acercamiento con la comunidad cristiana puede ser bien recibido. Pero si pertenece a un partido contrario, entonces todo se interpreta como una manipulación, una burla o un intento de conseguir votos.
Esa doble manera de medir las cosas no nos hace bien como Iglesia.
Es perfectamente válido que un evangélico tenga simpatía por un partido, apoye a un candidato o critique las decisiones del Gobierno. Todos tenemos derecho a nuestras opiniones y preferencias. Lo que no me parece correcto es que pretendamos que los demás tengan que pensar igual que nosotros para ser considerados cristianos comprometidos.
Tampoco podemos olvidar que la comunidad evangélica dominicana está formada por personas de diferentes partidos, con distintas maneras de pensar y diversas realidades sociales. Ningún partido es dueño de la Iglesia y ningún grupo puede atribuirse el derecho de decidir quién es un verdadero cristiano a partir de sus preferencias electorales.
Si queremos que las autoridades respeten nuestra diversidad, también tenemos que aprender a respetarnos entre nosotros.
Hay algo que me parece importante recordar. La Biblia nos enseña en 1 Timoteo 2:1-2 a orar por todos, incluyendo a quienes tienen responsabilidades de gobierno. No dice que debemos hacerlo solamente cuando el gobernante nos agrada, cuando pertenece a nuestro partido favorito o cuando tiene buenos números en las encuestas.
Orar por el presidente no significa estar de acuerdo con todas sus decisiones. Tampoco significa respaldar su partido, hacer campaña a su favor o renunciar a nuestra responsabilidad de fiscalizar sus actuaciones.
La oración es una responsabilidad espiritual, no una estrategia electoral.
Por eso, cuando el presidente convoca a una jornada de oración o participa en una actividad de la comunidad cristiana, creo que debemos mirar las cosas con equilibrio. Si hay razones para cuestionar el encuentro, hagámoslo con argumentos. Si hay compromisos que deben cumplirse, exijamos que se cumplan. Pero no partamos de la idea de que todo es una burla o una maniobra política sin tener pruebas de ello.
No quiero que se malinterprete lo que planteo. No todo el que critica un encuentro entre el presidente y los evangélicos es un fanático político. Hay preguntas legítimas que debemos hacernos: ¿cuál es el propósito de la reunión?, ¿qué se está tratando?, ¿qué compromisos se están asumiendo?, ¿se está utilizando la fe con fines electorales?
Son preguntas necesarias. Lo que no podemos hacer es responderlas anticipadamente con acusaciones que no hemos demostrado.
El fanatismo comienza cuando dejamos de escuchar, cuando interpretamos todo desde nuestra preferencia política y cuando ya no somos capaces de reconocer que un hermano puede pensar diferente sin que eso signifique que está actuando de mala fe.
Y lo más preocupante es que, en ocasiones, esa actitud termina dividiendo a la propia Iglesia. En lugar de concentrarnos en nuestra misión, nos enfrascamos en discusiones sobre quién asistió a una reunión, quién se tomó una fotografía con el presidente o quién aceptó una invitación.
La Iglesia tiene que conservar su voz y su independencia. No debe convertirse en una plataforma electoral, pero tampoco debe tener miedo de participar en los asuntos que afectan al país.
Podemos orar por el presidente y, al mismo tiempo, cuestionar sus decisiones. Podemos reunirnos con las autoridades y mantener nuestras convicciones. Podemos reconocer una buena iniciativa gubernamental sin que eso signifique que estamos respaldando a un partido.
Al final, los presidentes pasan, los partidos cambian y las elecciones terminan. Pero la Iglesia permanece, con la responsabilidad de seguir sirviendo a Dios y a la sociedad.
Que nunca lleguemos al extremo de confundir la fidelidad a un partido con la fidelidad a Cristo, ni de tratar como enemigos a nuestros propios hermanos por el simple hecho de que no compartan nuestras opiniones políticas.





