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La Biblia: el libro que ayudó a construir Occidente

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Samuel Reyes Raposo (samuelreyes7@hotmail.com)

Durante la década de 1960, miles de jóvenes occidentales viajaron hacia la India y otros países de Oriente buscando aquello que creían haber perdido en sus propias sociedades: espiritualidad, sabiduría y sentido de trascendencia. Décadas después, un pensador nacido precisamente en la India decidió realizar intelectualmente el viaje contrario. En lugar de preguntarse qué podía aprender Occidente de Oriente, Vishal Mangalwadi se preguntó qué había hecho diferente a Occidente.

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El resultado de esa reflexión es El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental, una obra cuya tesis merece ser considerada durante septiembre, mes en que los cristianos dedican especial atención a las Sagradas Escrituras y en que los dominicanos celebramos, el día 27, el Día Nacional de la Biblia.

La propuesta de Mangalwadi es atrevida: para comprender el desarrollo de la civilización occidental no basta estudiar sus guerras, revoluciones, descubrimientos científicos o transformaciones económicas. Hay que mirar también un libro que durante siglos estuvo presente en iglesias, universidades, hogares, tribunales y debates políticos: la Biblia.

Esto no significa afirmar que todo lo producido por Occidente procede exclusivamente del cristianismo. La civilización occidental también recibió la filosofía griega, el derecho romano y posteriormente las contribuciones de la Ilustración, la ciencia moderna y numerosas corrientes intelectuales. Pero Mangalwadi sostiene que la Biblia proporcionó un marco moral y espiritual que influyó profundamente en la manera occidental de entender al ser humano, el conocimiento, la educación, la libertad y la responsabilidad.

Uno de los ejemplos más interesantes es la educación. Si cada persona posee dignidad y debe tener acceso a la verdad, entonces enseñar a leer deja de ser un privilegio reservado para determinadas élites. La expansión de las traducciones bíblicas impulsó la necesidad de alfabetizar a poblaciones enteras. Traductores como John Wycliffe, Martín Lutero y William Tyndale no estaban simplemente trasladando palabras de una lengua a otra. Al colocar las Escrituras al alcance de las personas comunes, contribuyeron también a democratizar el conocimiento.

Algo semejante ocurrió con la autoridad. La Biblia contiene reyes, pero ninguno aparece como dueño absoluto de la verdad o de la moral. David puede ser confrontado por Natán. Acab puede ser enfrentado por Elías. El poder político, por elevado que sea, permanece sujeto a una autoridad moral superior. Con el paso de los siglos, esta idea contribuiría, junto con otros factores históricos, al desarrollo de una cultura en la cual comenzó a cuestionarse que gobernantes y monarcas pudieran ejercer un poder sin límites.

También resulta significativa la concepción bíblica del ser humano. La afirmación de que hombres y mujeres poseen una dignidad derivada de haber sido creados a imagen de Dios introdujo una idea extraordinariamente poderosa en la historia. Su aplicación fue muchas veces contradictoria (incluyendo sociedades cristianas que toleraron injusticias evidentes), pero el principio proporcionó también argumentos para quienes posteriormente combatieron prácticas como la esclavitud y defendieron la dignidad de los marginados.

Mangalwadi dedica igualmente atención al surgimiento de la ciencia. La idea de un universo ordenado, inteligible y sujeto a leyes podía estimular la convicción de que la naturaleza era susceptible de ser estudiada. La fe y la razón, desde esta perspectiva, no tenían necesariamente que presentarse como enemigas. Numerosos protagonistas de la revolución científica entendieron su investigación de la naturaleza dentro de una visión teísta del universo.

Pero quizá la pregunta más importante que plantea el libro no se refiere al pasado sino al presente.

¿Qué ocurre cuando una civilización conserva los frutos de determinados principios, pero olvida las raíces que ayudaron a producirlos?

Podemos defender la dignidad humana, la libertad, la justicia, la educación universal, la honestidad y la responsabilidad individual. Pero cada generación tendrá que explicar por qué esos valores merecen ser preservados. Las sociedades no viven solamente de tecnología, crecimiento económico y progreso material. Necesitan también fundamentos morales capaces de orientar el uso que hacemos de todo aquello que conseguimos.

Por eso celebrar el Mes de la Biblia no debería limitarse a colocar una Biblia abierta sobre una mesa, organizar una actividad religiosa o repetir algunos versículos conocidos. Es también una oportunidad para volver a leerla, estudiarla y comprender la extraordinaria huella que ha dejado en la historia.

En la República Dominicana esta reflexión posee un significado particular. Cada 27 de septiembre conmemoramos oficialmente el Día Nacional de la Biblia. Pero el verdadero homenaje a un libro no consiste simplemente en dedicarle un día del calendario. Consiste en conocerlo.

Tal vez uno de los problemas de nuestro tiempo sea que poseemos más Biblias que muchas generaciones anteriores, pero conocemos menos profundamente el contenido de los libros que afirmamos valorar.

Mangalwadi, desde la India, nos obliga a mirar hacia Occidente con otros ojos. Nos recuerda que detrás de muchos edificios de nuestra civilización existen fundamentos intelectuales y espirituales que fácilmente podemos pasar por alto. Podemos discutir hasta dónde llega la influencia de la Biblia y cuánto corresponde a otras tradiciones. Ese debate es legítimo y necesario. Lo que resulta mucho más difícil es estudiar seriamente la historia occidental y sostener que la Biblia fue irrelevante.

Quizás por eso, en este Mes de la Biblia, la mejor manera de honrarla no sea simplemente hablar de ella. Tal vez sea volver a abrirla.