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La oveja que no se dejó quitar su lana: un llamado a la honestidad en las finanzas de la iglesia

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Reflexiones bíblicas sobre el diezmo, la ofrenda y la mayordomía cristiana, a partir del libro de Víctor Manuel Almánzar Estévez

Hablar de dinero dentro de la iglesia ha sido, durante generaciones, un tema incómodo. En algunos templos se ha convertido en motivo de escándalo; en otros, se evade por temor a la crítica. Sin embargo, las Escrituras no rehúyen el asunto: Jesús habló del dinero más que del cielo o del infierno, consciente de que el corazón humano se inclina con facilidad a servir a las riquezas antes que a Dios (Mateo 6:24). El libro La oveja que no se dejó quitar su lana, del pastor y escritor Víctor Manuel Almánzar Estévez, recorre esa tensión a través de testimonios personales y un estudio extenso de las Sagradas Escrituras, con un propósito claro: enseñar que cuando el dinero se administra con integridad y sabiduría espiritual, se convierte en herramienta para la expansión del reino de Dios y el alivio del necesitado; cuando se administra mal, se convierte en instrumento de manipulación y engaño.

Ovejas, pastores y lana: la metáfora que atraviesa el libro

El autor recurre a la imagen bíblica de las ovejas y el pastor —una de las más usadas en toda la Escritura para describir la relación entre Dios y su pueblo, desde Ezequiel 34 hasta Juan 10, donde Jesús se presenta como el buen pastor— para plantear una pregunta incómoda: ¿se está cuidando al rebaño o solamente esquilándolo? La “lana” del título representa los recursos, el dinero y los bienes que los creyentes entregan por fe, y el relato documenta cómo ciertos liderazgos religiosos, en nombre de “visiones” y “encuentros” pagados, terminan convirtiendo la casa de oración en casa de mercado, tal como Jesús denunció al expulsar a los cambistas del templo (Mateo 21:12).

A partir de experiencias vividas por el autor en distintas congregaciones, el libro documenta un patrón que se repite: templos que necesitan reparaciones urgentes, hermanos enfermos sin ayuda económica y, al mismo tiempo, actividades costosas que generan ingresos considerables sin que ese bienestar se refleje ni en el templo ni en las personas. Esa contradicción es, según el autor, la raíz del problema: no la existencia del diezmo o la ofrenda, sino la falta de transparencia en su administración.

El origen bíblico del diezmo

Uno de los aportes más documentados del libro es su recorrido histórico por el origen del diezmo en las Escrituras. La primera mención aparece en Génesis 14, cuando Abraham, tras una victoria militar, entrega la décima parte del botín a Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo. El libro subraya un detalle interesante: la bendición llegó antes que el diezmo, y este se dio como un acto voluntario de fe y gratitud, no como una exigencia. Hebreos 7 retoma ese episodio para explicar la superioridad del sacerdocio de Melquisedec sobre el de Leví.

La segunda gran referencia es Jacob, nieto de Abraham, quien en Betel hace un voto personal a Dios: de todo lo que Dios le diera, apartaría el diezmo (Génesis 28:20-22). Ambos casos —Abraham y Jacob— ocurren antes de que existiera la nación de Israel y antes de cualquier mandamiento formal: el diezmo nace como respuesta de fe, no como ley.

La institución del diezmo como mandamiento llega después, con Moisés en el Sinaí. Levítico 27:30 lo declara “cosa consagrada a Jehová”, y Números 18 designa a los levitas como sus administradores, ya que esta tribu no recibió herencia de tierra. El libro señala también un dato que muchos pasan por alto: el diezmo bíblico del Antiguo Testamento tenía, en ocasiones, un carácter trienal y no mensual —Deuteronomio 14:28-29 y 26:12-13 describen un diezmo cada tres años destinado expresamente al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, para que “coman y se sacien” en las propias ciudades del pueblo. Es decir, una parte sustancial del sistema estaba diseñada como asistencia social directa, no como sostenimiento exclusivo de un liderazgo.

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos.” — Malaquías 3:10

Ese pasaje de Malaquías es, según el libro, uno de los más citados y también uno de los más manipulados por líderes religiosos para presionar económicamente a las congregaciones. El autor insiste en leerlo en su contexto: Dios reclama a un pueblo que había abandonado sus mandamientos, y el propósito declarado del diezmo era que “haya alimento en mi casa”, es decir, sustento para los necesitados, no enriquecimiento personal de quien lo administra.

La ofrenda: un acto voluntario, no una transacción

Junto al diezmo, el libro dedica amplio espacio a la ofrenda, cuyo origen sitúa en Génesis 4, con Caín y Abel. A diferencia del diezmo, la ofrenda bíblica es presentada de manera insistente como un acto libre y voluntario: en Éxodo 25 y 36, Dios pide a Moisés tomar ofrenda “de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón”, y cuando el pueblo trajo más de lo necesario para el santuario, Moisés mandó detener la recolección porque ya sobraba material (Éxodo 36:5-7).

El Nuevo Testamento profundiza este principio. La ofrenda de la viuda pobre en Lucas 21:1-4, que dio “de su pobreza todo el sustento que tenía”, contrasta con quienes ofrendaban de lo que les sobraba. Los primeros cristianos, según Hechos 2 y 4, vendían sus bienes para socorrer a los más pobres de la congregación, y el apóstol Pablo organizó una colecta voluntaria para los hermanos necesitados de Jerusalén (1 Corintios 16:1-4), prefiriendo trabajar con sus propias manos antes que depender económicamente de las iglesias que servía (Hechos 20:33-35).

El libro es enfático en que ni Jesús, en el Sermón del Monte, habla directamente de diezmo u ofrenda como obligación económica, sino de la limosna hecha en secreto (Mateo 6:1-4) y de la justicia, la misericordia y la fe como “lo más importante de la ley”, sin dejar de hacer lo demás (Mateo 23:23).

Cuando la administración se corrompe

La parte más dura del libro no es doctrinal, sino testimonial: relatos de “encuentros” pagados, presiones para “sembrar” dinero a cambio de bendición, pastores que reclaman el diezmo como salario personal, y estructuras que el autor compara con esquemas de mercadeo multinivel disfrazados de vida congregacional. Frente a esto, el libro recuerda el ejemplo de Nehemías, quien, al encontrar que las porciones de los levitas no se estaban entregando y que el lugar destinado a guardar diezmos y ofrendas había sido corrompido, reprendió a los oficiales, restauró el orden y —el detalle es clave— puso al frente de la administración a “hombres que eran tenidos por fieles”, encargados de repartir con justicia lo que correspondía a cada quien (Nehemías 13:10-13).

Ese es, según el autor, el modelo a seguir: no la ausencia de estructura financiera en la iglesia, sino la presencia de mayordomos fieles, supervisión clara y un uso de los recursos que efectivamente llegue al necesitado, al templo y a la obra, y no solo al bolsillo de quien administra.

Honestidad y honradez: la conclusión que atraviesa todo el libro

Al cerrar su recorrido bíblico y testimonial, el mensaje de La oveja que no se dejó quitar su lana se resume en una idea central: el problema nunca fue el dinero, sino el corazón de quien lo administra. Dios, según subraya el autor, no necesita las riquezas de los hombres —le pertenece todo lo que existe—; lo que pide es fidelidad en el manejo de lo que ya le ha sido confiado. Por eso la iglesia necesita hoy, más que reglamentos nuevos, un regreso a los fundamentos: transparencia en las cuentas, rendición de cuentas ante la congregación, y liderazgos que administren los diezmos y las ofrendas pensando primero en el huérfano, la viuda y el necesitado, tal como lo establecía el propio diseño bíblico del diezmo.

Ser honestos en la administración eclesiástica no es, entonces, un ideal opcional ni un gesto de buena voluntad: es, según el testimonio de este libro, la prueba real de que el dinero está sirviendo a Dios y no al revés. Una iglesia que administra con integridad no teme mostrar en qué se usan los recursos, no confunde bendición con presión económica, y no permite que la fe de sus miembros se convierta en negocio. Como recuerda el propio libro, aunque a la oveja quieran quitarle su lana, lo que nunca deberían poder quitarle —ni deberían arriesgar quienes la pastorean— es la confianza y la integridad que sostienen a toda la congregación.