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Cambiar la narrativa también es una responsabilidad cristiana

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Josselin Rivera

El feminicidio ocurrido el 22 de mayo en Villa Altagracia no puede ser visto solamente como una tragedia más. Debe ser leído como una señal dolorosa de una sociedad que todavía necesita aprender a proteger mejor la vida, la dignidad y el futuro de sus niñas. Cada vez que una adolescente muere en medio de una relación marcada por desigualdad, vulnerabilidad y violencia, no solo falla una familia o una comunidad; fallamos como país.

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Desde una cosmovisión cristiana, toda vida humana posee un valor sagrado porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Por eso, la vida de una niña, adolescente o mujer nunca puede ser reducida a una nota roja, a un titular sensacionalista o a una historia contada desde la mirada del agresor. La víctima no es responsable de la violencia que sufrió. Su vida tenía dignidad, propósito y valor delante de Dios.

Uno de los aspectos más preocupantes de este caso es la forma en que muchas veces los medios de comunicación narran estas realidades. Cuando una adolescente está vinculada a un adulto, no podemos seguir hablando de “relación sentimental” o de “pareja” como si se tratara de una relación normal entre iguales. Ese lenguaje suaviza la gravedad del hecho y contribuye a normalizar una cultura que ha permitido que niñas y adolescentes sean vistas como mujeres adultas antes de tiempo.

La ley dominicana es clara. La Ley 136-03, Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes, establece el deber de protegerles contra toda forma de abuso, maltrato y explotación. Además, tipifica como abuso sexual la práctica sexual de un adulto con una persona menor de edad. También la Ley 1-21 prohibió el matrimonio infantil en República Dominicana, reconociendo que las uniones tempranas afectan especialmente a niñas y adolescentes, limitan su desarrollo y las exponen a violencia, abuso y pobreza.

Pero más allá de la ley, la fe cristiana también nos llama a mirar esta realidad con verdad, justicia y misericordia. Jesús nunca normalizó el abuso de poder. Nunca justificó al fuerte que oprimía al vulnerable. Al contrario, colocó en el centro a quienes la sociedad marginaba, defendió la dignidad de los pequeños y advirtió con severidad contra quienes hacen tropezar a uno de ellos.

Por eso, los medios de comunicación, incluyendo los medios cristianos, tienen una responsabilidad profética: llamar las cosas por su nombre. No es “drama pasional”. No es “problema de pareja”. No es “amor entre un adulto y una menor”. Cuando un adulto se vincula con una adolescente en una relación marital, sexual o sentimental, estamos frente a una situación de abuso, desigualdad y vulneración de derechos.

Cambiar la narrativa es parte del cambio cultural que necesitamos. Las palabras educan. Los titulares forman conciencia. La manera en que contamos una tragedia puede ayudar a proteger a otras niñas o puede seguir alimentando la confusión. Si seguimos presentando estas relaciones como normales, estaremos contribuyendo a que muchas familias, comunidades e incluso iglesias no identifiquen a tiempo las señales de peligro.

Este caso también nos obliga a hablar de pobreza, desigualdad y abandono. Muchas niñas y adolescentes crecen en contextos donde la falta de oportunidades, la precariedad económica y la ausencia de protección familiar las hacen más vulnerables ante adultos que aparentan ofrecer estabilidad, ayuda o seguridad. La pobreza no hace culpables a las niñas, pero sí crea escenarios donde personas irresponsables pueden aprovecharse de su necesidad emocional y material.

Aquí la iglesia tiene una tarea impostergable. No basta con lamentar los feminicidios cuando ya han ocurrido. Las comunidades cristianas deben convertirse en espacios seguros para la niñez y la adolescencia. Deben educar a las familias, acompañar a las madres y padres, formar a los hombres en una masculinidad conforme al carácter de Cristo, enseñar a las niñas su valor delante de Dios y denunciar toda forma de abuso, manipulación y violencia.

También debemos revisar nuestros modelos de crianza. No podemos seguir criando niños con sentido de superioridad sobre las niñas, ni niñas enseñadas a depender emocional o económicamente de un hombre para sentirse valiosas. El Evangelio nos llama a formar seres humanos libres, responsables, compasivos y justos. La ternura, lejos de ser debilidad, es una respuesta profundamente cristiana frente a una cultura de violencia.

El feminicidio de Villa Altagracia debe movernos al duelo, pero también a la acción. Como país, necesitamos leyes aplicadas con firmeza, medios más responsables, familias más conscientes, iglesias más comprometidas y comunidades que no guarden silencio ante señales de abuso.

Avril no debe ser recordada como “pareja sentimental” de un adulto. Debe ser recordada como una adolescente cuya vida tenía valor sagrado y cuyo futuro fue arrebatado por la violencia. Honrar su memoria implica cambiar la narrativa, proteger a nuestras niñas y asumir, desde la fe, que la justicia también es una expresión del amor de Dios.